Sirenas míticas, vivas y extintas

Sirenas y el arca de Noé. Biblia de Nurenberg 1483. Nótese el perro sirena.

Si en tierra firme los unicornios son los seres míticos por excelencia, en los mares ese papel sin duda pertenece a las sirenas. En las mitologías de todo el mundo aparecen criaturas parcialmente humanas que son capaces de vivir bajo el agua y que generalmente libran extraordinarias aventuras submarinas.

Curiosamente, las sirenas de la mitología griega, como las que asediaron a los hombres de Ulises en su viaje de retorno de Troya, se representaban más bien con forma humana pero con alas y su atributo principal era su irresistible canto. En inglés y otros idiomas se distingue entre este tipo de sirenas (sirens) y las más conocidas que son mitad mujer y mitad pez (mermaids). Existen historias de sirenas o seres similares en relatos asirios de casi tres mil años de antigüedad, en algunos cuentos de Las mil y una noches, en escritos chinos e indios, en leyendas medievales europeas y en las tradiciones de varias culturas de América y de África.

"Manatus latirostris" Johann Andreas Fleischmann

Cuando los viajeros europeos comenzaron a explorar los mares tropicales de África y de Asia, se toparon con animales reales que les recordaban en todos sentidos a las sirenas sobre las que habían escuchado en los relatos de la época. Se trataba de los dugongos de los océanos Índico y Pacífico y de los manatíes del Atlántico africano. Estos mamíferos marinos son clasificados en el orden Sirenia, un nombre que hace alusión a su semejanza con las sirenas de las leyendas. Los sirenios tienen un cuerpo rechoncho de varios cientos de kilogramos, carecen de extremidades posteriores y su cola está transformada en una poderosa aleta. Se trata de mamíferos que se alimentan exclusivamente de pastos marinos, por lo que están restringidos a las aguas someras cercanas a los continentes en donde pueden encontrar alimento. No es difícil imaginar la sorpresa con la que los marinos del siglo XV habrían observado a estos dóciles animales, tomándolos sin la menor duda como auténticas sirenas.

Después del descubrimiento de América, los viajeros europeos se toparon con una tercera especie de sirenio, el manatí del Caribe, que se distribuye en la costa atlántica de América, desde Brasil hasta el sur de los Estados Unidos. De hecho, Cristóbal Colón observó tres de estos animales en enero de 1493 cuando navegaba en las cercanías de la isla Española. El almirante genovés describió los animales como sirenas, aunque comentó que “no eran ni la mitad de bellas de lo que las pintan.” Los exploradores portugueses descubrieron posteriormente otra especie de manatí habitando las aguas del río Amazonas.

En 1741, la expedición de Vitus Bering a los mares del Ártico descubrió –para la ciencia europea– un tipo de sirenio muy especial. La vaca marina de Steller, llamada así en honor del naturalista que acompañó a Bering en sus viajes, era un gigante entre los sirenios pues llegaba a medir hasta nueve metros y pesar más de seis toneladas. La docilidad de este animal y la ferocidad con la que fue cazado por los viajeros europeos llevaron a la especie a la extinción menos de 27 años después de su descubrimiento para la ciencia.

 Aunque los sirenios como grupo tienen una distribución amplia en los mares tropicales, en un lugar particular nunca se puede encontrar más de una especie. Los manatíes se encuentran en las costas del Atlántico (dos especies en América, una en África), mientras que el dugongo es característico del océano Índico del Pacífico de Asia y Oceanía. La vaca marina de Steller, por su parte, se restringía a los mares fríos del Pacífico norte. Sin embargo, un estudio reciente ha recalcado el hecho de que en el registro fósil existe evidencia de que en el pasado los sirenios eran más diversos.

La diversidad de sirenios en el pasado. Ilustración de Carl Buell (http://carlbuell.com)

Jorge Vélez-Juarbe y sus colaboradores examinaron el registro fósil de los dugóngidos en los últimos 26 millones de años y analizaron tres casos en los que se puede documentar la co-existencia de especies bien diferenciadas de sirenios. En cada uno de los sitios,  uno del Oligoceno de Florida, uno del Mioceno en la India y otro del Plioceno de México habitaban al menos tres especies de dugongos de diferentes tamaños. El análisis morfológico sugiere que las especies se diferenciaban no sólo por el tamaño sino por la especialización en su alimentación. Estos datos corroboran cómo la baja diversidad de sirenios que vemos en la actualidad en realidad es una excepción en la historia evolutiva del grupo. Las sirenas reales, o mejor dicho los animales del orden Sirenia, fueron mucho más diversos en el pasado.

Referencias
Velez-Juarbe J , Domning DP , Pyenson ND. 2012. Iterative evolution of sympatric seacow (Dugongidae, Sirenia) assemblages during the past ∼26 million yearsPLoS ONE 7(2): e31294.
La página de Carl Buell en Facebook contiene bellas ilustraciones científicas, incluyendo la de los sirenios fósiles.

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Los elefantes del Sultán de Sulu

Elefantes en la corte del rajá de Travancore, India, 1841

A principios de julio de 1521 la expedición originalmente liderada por Fernando de Magallanes arribó a la isla de Borneo. Apenas unas semanas antes, el 27 de abril, el capitán Magallanes había muerto durante una desafortunada escaramuza con los Lapu-Lapu, los habitantes indígenas de la isla de Mactán, que hoy en día es parte de la Filipinas. El 15 de julio, una delegación de los visitantes fue recibida en el palacio de Siripada, el rajá de Burné (Borneo). La corte del rajá, pletórica de oro, perlas, seda y porcelana, llenó de asombro a los europeos que por primera vez llegaban a esas tierras. Se hablaba de la existencia de un par de perlas del tamaño de un huevo y de otras riquezas inimaginables. Antonio Pigafetta, cronista de la expedición, narra la extraordinaria experiencia en su libro Primer viaje en torno del Globo:

Al llegar a la ciudad tuvimos que esperar dos horas en la piragua a que vinieran dos elefantes cubiertos con gualdrapas de seda y doce hombres con sendos vasos de porcelana cubiertos de seda para colocar en ellos los regalos.

La de Pigafetta es la primera mención por un europeo de los elefantes de la isla de Borneo. Resulta un misterio que cronistas posteriores de expediciones europeas no mencionan para nada a los paquidermos de la isla, dado que existe una pequeña población de un poco más de un millar de estos animales en las tierras bajas del noreste de la isla, principalmente en la región malaya de Sabah y en las zonas adyacentes de la región de Kalimantán, Indonesia.

Distribución del elefante asiático. Mapa: IUCN

El elefante asiático se distribuye actualmente en poblaciones aisladas en India, el sureste del continente y en las islas de Sri Lanka, Sumatra y Borneo. Los elefantes de esta última población, por su lejanía del resto de los grupos, ha llamado siempre la atención de los esfuerzos de conservación. Hace unos años, un estudio comparativo de DNA (Fernando et al. 2003) demostró que los elefantes de Borneo representan una línea que se separó de las poblaciones del sureste de Asia y de Sumatra hace unos 300,000 años. Ante esta evidencia, los esfuerzos de conservación en Borneo se incrementaron.

Años más tarde, en 2008, el Conde de Cranbrook, quien es curador honorario en el museo de Historia Natural de Sarawak, Malasia, y sus colaboradores, propusieron una interpretación alternativa a los resultados del estudio molecular. Cranbrook et al. señalaron que en Borneo no hay rastros de elefantes en sitios arqueológicos y que el reporte de material encontrado en una cueva con depósitos de 45,000 años de antigüedad es dudoso. Por el contrario, en la isla de Java, en donde los elefantes desaparecieron poco después de la llegada de los europeos, hay evidencias de la existencia de estos animales tanto en sitios arqueológicos como en depósitos de decenas de miles de años de antigüedad.

Elefante de Borneo. Fernando et al. 2003

Cranbrook y sus colegas proponen que los elefantes de Borneo son descendientes de la población de Java. Según esta hipótesis, los elefantes de Borneo habrían sido importados por los diferentes rajás de Sulu durante el siglo XV, o incluso podrían haber sido parte de ostentosos obsequios por parte del rajá de Java a su contraparte en Sulu. El sultanato de Sulu prosperó en las islas del sur de lo que hoy en día son las Filipinas y en el norte de Borneo. Se sabe por registros históricos como el de Pigafetta que los elefantes eran elementos comunes en las cortes de la región, aunque es claro que este animal no es natural en las islas de Filipinas. De acuerdo con la hipótesis de Cranbrook y sus colegas, los elefantes de Borneo serían descendientes de animales que habrían escapado del cautiverio y serían en realidad descendientes de animales provenientes de Java. Esta explicación es consistente con los resultados del estudio molecular, ya que los elefantes en Java podrían haber evolucionado independientemente de las poblaciones del Asia continental, generando un patrón como el encontrado por ese estudio.

Si Cranbrook y sus colaboradores están en lo correcto, los elefantes de Borneo serían un ejemplo muy curioso de supervivencia de un animal muy particular, el elefante de Java, en un sitio lejano al de su origen. El movimiento habría resultado además como consecuencia de la vanidad de los sultanes de Sulu por poseer estos animales en sus cortes.

Referencias
Cranbrook, Earl of, J. Payne, C. M. U. Leh.. 2008. Origin of the elephants Elephas maximus L. of Borneo. Sarawak Museum Journal.
Fernando P., et al. 2003. DNA Analysis Indicates That Asian Elephants Are Native to Borneo and Are Therefore a High Priority for ConservationPLoS Biol 1 (1): e6.
International Union for Conservation of Nature (IUCN). http://www.iucnredlist.org/. Mapa obtenido el 4 de febrero de 2012.
Pigafetta, A. (1922) Primer viaje en torno del Globo. Traducción de Federico Ruiz Morcuende. Madrid, Calpe. (Edición del cuarto centenario del viaje de Magallanes).

La rata de Américo Vespucio

Américo Vespucio

Una de las figuras más controvertidas en la historia de la exploración del mundo es sin duda la de Américo Vespucio, navegante florentino que trabajó al servicio de las cortes portuguesa y española durante los años del descubrimiento de las tierras del Nuevo Mundo. En 1507, el geógrafo y cartógrafo alemán Martin Waldseemüller publicó un mapa en el que las nuevas tierras localizadas al oeste del Océano Atlántico eran llamadas “América”, haciendo honor a Vespucio, quien supuestamente había sido la primera persona en percatarse de la existencia de un nuevo continente.

La figura de Vespucio se ha visto desde entonces rodeada de dudas sobre la verosimilitud de los relatos que han exaltado su contribución al conocimiento de la geografía del continente que lleva su nombre. Los escritos atribuidos a Vespucio que sobreviven hasta nuestros días no hacen sino alimentar la controversia, ya que están plagados de contradicciones, descripciones confusas y fechas inverosímiles. En años recientes se ha sugerido que extensas secciones de esos escritos corresponden en realidad al trabajo de editores que añadieron material, en muchos casos ficticio, a los escritos originales de Vespucio.

Uno de esos controvertidos relatos corresponde con el llamado cuarto viaje de Vespucio, descrito en la Lettera di Amerigo Vespucci delle isole nuovamente trovate in quattro suoi viaggi o “Carta de Américo Vespucio sobre las nuevas islas descubiertas durante sus cuatro viajes”. El viaje, si es que realmente tuvo lugar, fue encomendado por Manuel I de Portugal y comandado por el capitán Gonzalo Coelho. Después de partir de Lisboa el 10 de mayo de 1503, la expedición pasó por Cabo Verde y por Sierra Leona en la costa Africana, para de ahí enfilar hacia las tierras recién descubiertas por Pedro Alvares Cabral en lo que hoy es Brasil. El 10 de agosto, día de San Lorenzo, estando a tres grados de latitud sur, los viajeros se encontraron con “una isla en la mitad del mar, muy alta y bella en su configuración”, según se narra en la Lettera, que continúa:

Encontramos que la isla estaba desierta, con abundancia de agua dulce, numerosos árboles y llena de aves terrestres y marinas en incontable cantidad. Eran tan mansas que las podíamos tomar con las manos. Cogimos tantas que pudimos llenar una de las lanchas con estos animales. No vimos otra cosa que ratas de gran tamaño, lagartijas con dos colas y algunas serpientes.

Probable ruta del cuarto viaje de A. Vespucio. Mapa Google Earth

La isla a la que se hace alusión es sin duda la mayor del archipiélago de Fernando de Noronha, localizado a unos 350 km de la costa brasileña y a poco menos de cuatro grados de latitud sur. El archipiélago y la isla más grande llevan el nombre de Fernão de Loronha, comerciante de la época que probablemente haya sido el patrocinador de la expedición. Loronha era el principal impulsor de la explotación del palo brasil (Caesalpinia echinata), un árbol del que se extraía una valiosa tintura roja y que dio posteriormente nombre al país.

Existen serias dudas sobre la veracidad del relato en la Lettera. Para empezar, en el mapa de Cantino de 1502 ya aparece la isla de Fernando de Noronha con el nombre Sāo Joāo da Quaresma. Resulta inverosímil que Vespucio, avezado navegante,  no hubiera conocido el dato cuando supuestamente arribó a la isla en 1503 o posteriormente cuando escribió la Lettera. Otro argumento que se esgrimió por mucho tiempo es que los exploradores de los siglos posteriores a Vespucio nunca encontraron señales de las ratas de gran tamaño (topi molti grandi) que menciona la Lettera.

Trachylepis atlantica. Foto: Jim Skea, Wikimedia

A finales del siglo XIX, cuando la isla funcionaba como prisión, los naturalistas John Branner y H. N. Ridley visitaron el archipiélago. Además de las aves, los únicos vertebrados nativos de la isla que se conocían eran una lagartija escíncida (Trachylepis atlantica) y una anfisbena (Amphisbaena ridleyi), que podrían corresponder con las lagartijas y las serpientes mencionadas en la Lettera. Las lagartijas de dos colas probablemente eran individuos que estaban en proceso de regenerar la cola luego de un percance y las anfisbenas tienen un aspecto que semeja a las serpientes, aunque no pertenecen a ese grupo de animales. Branner y Ridley encontraron las islas infestadas de ratas y ratones, pero claramente estas eran ratas comunes (género Rattus) y ratones domésticos (Mus musculus) que habían llegado junto con los primeros colonizadores. Los dos naturalistas mostraron su asombro ante la cantidad de roedores. “Es simplemente imposible visualizar, sin haberlo observado y experimentado, cómo  los ratones pueden existir en tales cantidades”, escribió Branner al describir la plaga de roedores en la isla Rapta. Las ratas de gran tamaño de Vespucio, en cambio, parecían haberse desvanecido sin dejar rastro.

En 1973, Storrs Olson, ornitólogo de la Institución Smithsoniana en Washington, encontró restos óseos de un roedor en la parte noreste de la isla de Fernando Noronha. Años más tarde, en 1999, Michael Carleton y Olson describieron formalmente los huesos como pertenecientes a una nueva especie de rata, a la que llamaron Noronhomys vespuccii (la rata de Noronha de Vespucio). Carleton y Olson ubicaron la nueva especie dentro de un grupo de roedores de Sudamérica que se caracterizan por su gran tamaño; se estima que Noronhomys tenía un peso de unos 250 gramos, siendo entonces bastante más robustas que las ratas comunes, que normalmente pesan unos 150 gramos.  Aunque Noronhomys ya no se encuentra en la isla, es muy probable que en el  momento de la llegada de los europeos existiera todavía una población numerosa que se habría extinguido posteriormente por la introducción de ratas comunes y animales domésticos. Es muy probable que las “ratas de gran tamaño” que observó Vespucio hayan sido, en efecto, de la especie que ahora lleva su nombre.

El re-descubrimiento de las ratas nativas de Fernando de Noronha aporta elementos tanto para el estudio histórico como natural de las islas. Por un lado, muestra que la persona que escribió la Lettera —haya sido éste el propio Vespucio o no– seguramente visitó la isla u obtuvo la información de un testigo de primera mano. Por el lado de las ciencias naturales, el archipiélago de Fernando Noronha sigue siendo una fuente de enigmas. Aunque los parientes más cercanos de las ratas nativas son roedores sudamericanos, los ancestros de las lagartijas parecen tener un origen africano, según estudios recientes. Tanto Vespucio como la isla que supuestamente visitó en 1503 permanecen envueltos en cierto aire de misterio y controversia.

Referencias
Branner JC
. 1888. Notes on the fauna of the islands of Fernando de Noronha. The American Naturalist 22:861-871.
Carleton, MD y SL Olson. 1999. Amerigo Vespucci and the rat of Fernando de Noronha: A new genus and species of Rodentia (Muridae: Sigmodontinae) from a volcanic island off Brazil’s continental shelf. American Museum Novitates 3256:1-59.
Ridley HN. 1890. Notes on the zoology of Fernando Noronha. Journal of the Linnean Society of London, Zoology 20:473-570. 


Santa Rosalía, la cabra siciliana y las hienas inglesas

Santa Rosalía, por Anton van Dick

En 1624 la peste azotó Palermo, causando miles de muertes.  Los agobiados habitantes de la ciudad siciliana encontraron un rayo de esperanza cuando se escucharon rumores de que un cazador había recibido en sueños la visita de una misteriosa mujer que había vivido en la zona casi 500 años atrás.  Rosalía de Palermo, supuesta descendiente de Carlomagno establecida en Palermo a mediados del siglo XII, decidió a temprana edad retirarse al monte Pellegrino de Sicilia para dedicarse a la adoración de Dios y morir en la soledad.   Nadie supo de ella hasta que el cazador afirmó en 1624 haber recibido instrucciones precisas para buscar los restos de Rosalía en una cueva y llevarlos a Palermo.  De hacerlo así, la peste cedería gracias a la interseción de la mujer ante Dios.

Según cuenta la tradición, el cazador en efecto halló los restos de Rosalía, los cuales fueron exhibidos en el pueblo.  Sin embargo, no fue hasta que se organizaron procesiones con aquellos vetustos huesos que, milagrosamente, la plaga terminó.  Los habitantes de la ciudad regresaron a la vida normal, no sin antes construir un santuario en Pellegrino para resguardar las reliquias de la prodigiosa mujer.  Hoy en día, Santa Rosalía de Palermo es venerada en todo el mundo católico y es invocada principalmente para la curación de enfermedades infecciosas.

Ya en el siglo XX, el nombre de Santa Rosalía entró al lexicón de la ecología y la biología evolutiva cuando G. E. Hutchinson publicó en 1959 su famoso ensayo titulado “Homenaje a Santa Rosalía o ¿Por qué hay tantas especies de animales?”  En él, Hutchinson propuso la existencia de una serie de mecanismos que permitían la convivencia de especies similares en el mismo ambiente, desencadenando así la evolución de numerosos tipos de animales.  En el ensayo, Hutchinson explica que la observación de dos especies de insectos en una poza cercana al santuario de Santa Rosalía lo inspiró para plantear su hipótesis, y propuso que Rosalía de Palermo fuese la santa patrona de los estudios ecológicos y evolutivos.

En los años 1980s, las ideas de Hutchinson sobre los mecanismos de coexistencia de las especies fueron sujeto de un escrutinio pocas veces visto.  En uno de los artículos publicados para refutar a Hutchinson, los autores Daniel Simberloff y William Boecklen incluyeron una referencia al descubrimiento en el siglo XIX de que las supuestas reliquias de Santa Rosalía no podían haber pertenecido a ella porque en realidad eran ¡huesos de cabra!  Un reportaje publicado en la revista Science en 1984 en el que se reseña la controversia entre la escuela de Hutchinson y la de Simberloff lleva el inusual título de “Santa Rosalía era una cabra”.  Por supuesto, la propuesta de adoptar a Santa Rosalía como santa patrona del oficio no ha encontrado eco entre los ecólogos y los biólogos evolucionistas.

William Buckland (1784 - 1856)

La historia de la cabra y Santa Rosalía es narrada en un libro de 1894 en el que se recopilan las cartas de William Buckland, un pastor protestante y renombrado naturalista inglés de la primera mitad del siglo XIX.  Buckland es recordado por haber escrito la primera descripción completa de un dinosaurio y por sus meticulosos estudios geológicos y paleontológicos.  En 1826, Buckland y su esposa se encontraban en Palermo a la mitad de su viaje de bodas.  Como todos los visitantes, los Buckland acudieron al santuario de Santa Rosalía, en donde los huesos de la santa se exhibían detrás de una reja.  Bastó una simple mirada del avezado naturalista para darse cuenta de la verdad: Aquellas supuestas reliquias de Rosalía no eran restos humanos sino huesos de cabra.  Se dice que los sacerdotes encargados del santuario intentaron descalificar las afirmaciones de Buckland, quien a final de cuentas no era católico.  De todas maneras, desde entonces las reliquias de Santa Rosalía permanecen en un cofre, escondidas de la vista de los visitantes.  Eso no obsta, sin embargo, para que cada 15 de julio se realice una procesión en la que miles de devotos recuerdan los eventos de 1624 y ruegan a Santa Rosalía protección contra las enfermedades.

El asunto de Santa Rosalía no fue el primer episodio, ni el último, en el que el Reverendo Buckland antepuso la evidencia empírica a las creencias religiosas.  En 1820, el naturalista publicó un libro sobre los métodos y alcances de la geología y sobre cómo esta naciente ciencia podía ayudar a demostrar los episodios bíblicos, como por ejemplo el diluvio universal narrado en el libro del Génesis.  Por aquella época se encontraron en la cueva de Kirkdale, en Yorkshire, numerosos restos óseos que fueron identificados como pertenecientes a animales no existentes en Inglaterra, como hienas, elefantes, hipopótamos, rinocerontes y ciervos gigantescos.  Para muchos, este hallazgo era una prueba de que el diluvio bíblico había llevado los restos de esos animales hasta Inglaterra desde sus hábitats naturales en los trópicos.

Buckland en la cueva de Kirkdale. Ilustración de W. Conybeare

Buckland, sin embargo, de inmediato se dio cuenta de un problema con la interpretación bíblica: Los restos óseos se encontraban en una cámara a la que sólo se podía acceder a través de un estrecho túnel.  Claramente, los animales no podían haber sido arrastrados por el agua.  Una observación más detallada mostró que muchos de los huesos mostraban señales de haber sido roídos.  En lo que probablemente haya sido la primera comparación empírica para poner a prueba una hipótesis paleobiológica, Buckland consiguió en el zoológico restos de alimentación de las hienas, y las marcas que encontró en los huesos coincidieron perfectamente con las de los huesos de la cueva de Kirkdale. Buckland llegó a la conclusión de que la cueva había sido en algún momento remoto una guarida de hienas, las cuales habían arrastrado hasta ahí los restos de los otros animales.  No se requería de una gran inundación para explicar la presencia de huesos en Kirkdale.

A pesar de haber descartado la cueva de Kirkdale como prueba del diluvio, el Reverendo Buckland siguió defendiendo la idea de que las estructuras geológicas podían aportar pruebas de la gran inundación.  Al final de su vida, sin embargo, convencido por el peso de la evidencia empírica, terminó por aceptar la hipótesis de que las glaciaciones del pasado eran las responsables de muchos de los patrones geológicos que una observación ligera podía llevar a interpretar como vestigios del diluvio universal.   Buckland de hecho fue uno de los primeros creyentes de los que hoy en día se llaman “creacionistas de la Tierra antigua” (old earth creationists), que no suscriben una interpretación literal del Génesis y piensan que los episodios bíblicos se refieren a un período de miles de años.  En todo caso, Buckland debe ser recordado por ser un auténtico científico convencido del poder de la evidencia empírica.

Referencias
Gordon, E. O. B. y W. Buckland. 1894. The life and correspondence of William Buckland, D.D., F. R. S., sometime Dean of Westminster, twice president of the Geological Society, and first president of the British Association. Cambridge University Press.  (Pp. 95-96).  http://www.archive.org/stream/lifecorresponden00gordrich#page/n13/mode/2up
Hutchinson, G. E. 1959. Homage to Santa Rosalia ir Why are there so many kinds of animals? The American Naturalist 93:145-159.

¿Es la ballena un pez?

“¿Es la ballena un pez?” se preguntaba retóricamente William Sampson en el título de su Reporte fidedigno sobre el caso de James Maurice contra Samuel Judd. El “reporte fidedigno” se refería a un sonado caso que se ventiló en una corte neoyorquina sobre un incidente aparentemente intrascendente. El inspector del muelle James Maurice había levantado una demanda en contra de Samuel Judd, dueño de la New-York Spermaceti Oil & Candle Factory, una fábrica de cera y velas, por haberse negado a pagar 75 dólares en comisiones por la revisión de tres barriles de aceite de ballena. Corría el año de 1818 y un reglamento del estado de Nueva York obligaba la inspección rutinaria de cualquier embarque de aceite de pescado. La razón aludida por Judd para no pagar la tarifa sonaría muy razonable hoy en día: Las ballenas no son peces, por lo tanto el aceite de ballena no puede considerarse como aceite de pescado.

El espermaceti, llamado también aceite de ballena, es en realidad una cera que utilizan algunas ballenas en los órganos asociados con la flotación. En particular, los cachalotes (Physeter macrocephalus) pueden acumular hasta tres toneladas de espermaceti en los enormes órganos especializados que poseen en sus cabezas. En el siglo XIX se empleaba regularmente el espermaceti en la industria cosmética, como lubricante o en la elaboración de velas. Judd estaba en lo correcto al negarse a pagar la tarifa pues la sustancia que había adquirido no era un “aceite” y mucho menos de pescado.

A principios del siglo XIX, sin embargo, la percepción del común de la gente sobre la taxonomía animal era muy distinta a la actual. Para la mayoría de las personas, incluyendo muchas mentes ilustradas, la división bíblica de los animales en tres categorías era clarísima e incuestionable. Existían criaturas del mar (peces), de la tierra (bestias) y del aire (aves). Claramente las ballenas debían clasificarse con los peces y no con las bestias de la tierra.

Ya Aristóteles había dejado en claro que las ballenas debían considerarse mamíferos. Sin embargo, naturalistas posteriores, como Plinio el Viejo, olvidaron las enseñanzas de Aristóteles y perpetuaron la imagen de los cetáceos como un tipo de pez, usada esta palabra en un sentido muy amplio que incluía todo tipo de vida marina. Incluso Carlos Linneo, el padre de la taxonomía, clasificó las ballenas con los peces en la primera edición de su Systema Naturae (1734), aunque para la décima edición de la obra (1758) incluyó ya los cetáceos dentro del grupo de los mamíferos.

La imagen generalizada de las ballenas como peces aparece magistralmente ilustrada en Moby Dick, la celebrada novela de Herman Melville (1851). En ella, en voz de Ismael, podemos darnos una idea de la percepción que tenían los balleneros del siglo XIX sobre los gigantescos seres que perseguían en sus frágiles embarcaciones. Aunque Melville cita a naturalistas como el propio Linneo y Cuvier (“la ballena es un animal mamífero carente de patas traseras”), nos presenta esta interpretación de Ismael:

Así que quede claro que, dejando a un lado toda discusión, parto de la antigua y buena base de que la ballena es un pez, y acudo al sagrado Jonás para que me respalde.

Y remata Ismael: “Para resumir, una ballena es un pez que lanza agua y que tiene una cola horizontal”.

El contexto y desarrollo del juicio Maurice v. Judd están vívidamente detallados en el libro de D. Graham Burnett Trying Leviathan: The Nineteenth-Century New York case that put a whale on trial and challenged the order of nature (Princeton University Press, 2007). No podemos confiar demasiado en la fidelidad del reporte de Sampson, pues fue él el abogado del demandante que usó como argumentos la percepción común del concepto de “pescado” y la visión bíblica de la naturaleza.

Por parte de la defensa, el testigo principal fue el naturalista Samuel Latham Mitchill, autor de una monografía sobre los peces de Nueva York y quien literalmente llevó lo último de la ciencia a la corte. Usando argumentos tomados de Linneo y de Cuvier, Mitchill defendió la postura de que las ballenas no son peces sino mamíferos y que por tanto el cobro de un impuesto sobre el aceite de pescado a un cargamento de espermaceti era injustificado. “Una ballena no es más pez que un hombre”, sentenció.

El veredicto final fue a favor del demandante. De acuerdo con la reglamentación vigente en el momento, cualquier “aceite” proveniente del mar debía considerarse “aceite de pescado” y pagar la tarifa establecida. Judd se vio obligado a pagar los 75 dólares que debía y otros $72.27 en multas. Sin embargo, a raíz del sonado caso, las autoridades se dieron cuenta del agujero legal que representaba el considerar la cera de ballena como aceite de pescado. Poco después el reglamento fue enmendado y el espermaceti fue eximido del pago de las tarifas correspondientes al aceite de pescado.

Muy pocas personas podrían dudar en el siglo XXI que las ballenas no son peces. En el contexto de Maurice v. Judd, sin embargo, desde un punto de vista estrictamente legal, el veredicto fue probablemente correcto. De todas maneras, con el paso del tiempo el uso de productos derivados de las ballenas cayó en desuso y la percepción actual sobre esos animales es completamente diferente a la del siglo XIX.

Años más tarde, en un caso similar, Nix v. Hedden (1883), la Suprema Corte de los Estados Unidos determinó que los tomates son verduras y no frutas para zanjar un caso en el que unos comerciantes de tomates se negaban a pagar un impuesto establecido para la importación de verduras, aduciendo que el tomate es, en el sentido botánico, una fruta. La corte determinó que los términos “fruta” y “verdura” debían entenderse en un sentido legal y gastronómico y no en términos botánicos.

¿Pez o mamífero?, ¿Fruta o verdura? La confrontación de los conceptos científicos con las ideas religiosas y con las definiciones legales será siempre un tema interesante y debatido. Las historias de la ballena y del tomate son sólo dos capítulos en esa inacabable saga de contradicciones.

Figuras
(1) Ilustración del siglo XIX de una edición de Moby Dick, de Herman Melville.
(2) Cacería de un cachalote, ilustración de Currier & Ives, ca. 1850.
(3) Rótulo de un producto del siglo XIX del espermaceti, el Jonah Sperm Oil .

Notas y referencias
Arita, H. T.  2000.  Moby Dick y sus ancestros. Ciencias 59:8-10.

Burnett, D. G. 2007. Trying Leviathan: The Nineteenth-Century New York case that put a whale on trial and challenged the order of nature. Princeton University Press.

Sampson, W. 1819. Is a whale a fish? An accurate report of the case of James Maurice against Samuel Judd. Van Winkle, Nueva York (citado y discutido por Burnett 2007).

 

NUESTROS ANTÍPODAS EXTINTOS

Antes de llegar al País de las Maravillas, mientras caía a través del hoyo del conejo, Alicia comenzó a imaginarse lo que sucedería si atravesara la Tierra y apareciera en el otro lado del planeta.  “¡Qué divertido sería salir entre esas gentes que andan con la cabeza abajo, y que son los antipatas, creo…!”  [antipathies en el original en inglés].  Antípodas son personas que habitan en lados opuestos de la Tierra, aunque el término también puede emplearse para referirse a dos sitios localizados en lugares opuestos del mundo.  Si imaginamos la Tierra como una esfera, la ruta imaginaria más corta entre un par de antípodas pasaría por el centro del planeta y la geodésica (la distancia más corta entre ellos sobre la superficie curva de la Tierra) mediría 20,000 kilómetros.

Alicia puede haber tenido mal el nombre de los antípodas, pero estaba en lo correcto cuando se imaginó emergiendo en algún lugar de Nueva Zelanda, ya que ese país está bastante cerca del lado opuesto del mundo desde Inglaterra, e incluso comprende el archipiélago de los Antípodas, localizado al sureste de las islas principales.  Más precisamente,  los antípodas de los neozelandeses son los españoles, como podemos ver en el mapa a la izquierda.  Para encontrar el lugar donde viven nuestros antípodas debemos cambiar el signo de la latitud (siendo la latitud sur negativa y la latitud norte positiva) y sumar o restar 180 grados a nuestra longitud.  De esta manera, podemos constatar que si cayéramos por el hoyo del conejo de Alicia desde la ciudad de México, apareceríamos en un lugar del Océano Índico localizado a 19° 25′ 48″ S y 80° 51′ 46″ E.  Desafortunadamente para nosotros, nos encontraríamos en la mitad del mar, sin tierra alguna a la vista.

El accidente geográfico más cercano a nosotros sería la depresión de Langseth (Langseth Trough), una especie de cañón submarino con una profundidad máxima de poco más de cinco kilómetros localizado a unos 100 kilómetros al noroeste de nuestro punto de emergencia.  Curiosamente, si iniciáramos nuestro viaje a través del centro de la Tierra en la depresión de Langseth, emergeríamos del otro lado de la Tierra a unos 34 kilómetros de Zihuatanejo, en el estado mexicano de Guerrero.

Sin contar algunos picos volcánicos que apenas asoman del mar, la tierra firme más cercana a la antípoda de la ciudad de México es la isla de Rodrigues, en el archipiélago de las Mascareñas que forman la nación de Mauricio.  Los antípodas de los mexicanos son, entonces, los 40,000 habitantes de Rodrigues, en su mayoría de ascendencia francesa y africana y que hablan un tipo de lengua criolla basada en el francés.  La isla toma su nombre de Diogo Rodrigues, un explorador portugués que avistó las islas Mascareñas a principios del siglo XVI.

Si por alguna razón nos interesaran nuestros antípodas no humanos, nos llevaríamos una enorme decepción.  La gran mayoría de las especies de animales nativos de la isla, todos ellos endémicos (es decir, que no se encontraban en ningún otro sitio) se extinguieron pocos años después de la colonización europea.  El más curioso de ellos era sin duda el solitario de Rodrigues, un ave no voladora cercanamente emparentada con el dodo de la isla Mauricio.  El solitario fue visto por primera vez por los europeos en 1691 y para 1755 había ya desaparecido de la isla.  Según los relatos de la época, los colonizadores gustaban de la carne de estas aves, particularmente la de los polluelos.

Junto con los solitarios desaparecieron varias otras especies de aves: palomas, lechuzas, pericos, gallaretas, etc.  Actualmente solo persisten dos especies de aves paseriformes.  También desaparecieron dos especies de lagartijas y dos de tortugas terrestres gigantes.  El único mamífero originario de la isla, el murciélago de la fruta de Rodrigues, aún existe pero se considera en peligro de extinción.

Este impresionante proceso de extinción es, desafortunadamente, típico de islas como la de Rodrigues.  La fragilidad de estos ecosistemas y la ausencia de adaptación de las especies nativas a depredadores tan feroces como el ser humano y sus animales domésticos hacen que la extirpación de faunas enteras en las islas sea la norma y no la excepción.  ¿Debemos lamentarnos o preocuparnos por los sucesos que han tenido lugar literalmente al otro lado del mundo?  Tal vez debemos aprender alguna lección en la historia de nuestros antípodas extintos y evitar en la medida de lo posible un futuro similar para nuestros propios animales.

 

Referencias y notas

Carroll, L. 2002. Aventuras de Alicia en el País de las Maravillas / Al otro lado del espejo. Valdemar. Madrid [Traducción de Mauro Armiño].
Day, D. 1989. Vanished species.  Gallery Books.  Nueva York.
Se puede encontrar fácilmente la antípoda de cualquier sitio de la Tierra usando wolframalpha.
Un mapa más detallado de los antípodas puede consultarse en el sitio de National Geographic.

Figuras

1. Ilustración de John Tenniel para Alicia en el País de las Maravillas.
2. Mapa de los antípodas.  Un habitante de un continente marcado en magenta debe buscar su antípoda en los continentes dibujados en azul y viceversa. El color oscuro denota pares de sitios en tierra firme que son antípodas.   Tomado de Wikipedia.
3. El solitario de la isla Rodrigues, ilustrado por Frederick William Frohawk.
4. La tortuga terrestre gigante de Rodrigues.

PANGLOSS, COLÓN Y LA SÍFILIS

Enfermo de sífilis. Atribuido a Durero

En Cándido, o el Optimismo, Voltaire[1] satiriza a los idealistas y nos presenta a Pangloss, un optimista empedernido que siempre encuentra una causa positiva a las peores desgracias.  Al hablar sobre la sífilis que lo aqueja, Pangloss empieza por describir cómo adquirió “los tormentos del infierno” por haber gustado “las delicias del paraíso” en brazos de una bella doncella y de cómo el germen a su vez provenía en sucesión de un franciscano, una condesa, un capitán, una marquesa, un paje, un jesuita y finalmente, “en línea directa, de uno de los compañeros de Cristóbal Colón.”  A pesar de su sufrimiento, Pangloss afirma que la enfermedad es un elemento indispensable en el mejor de los mundos, porque “si Colón no hubiera atrapado en una isla de América esa enfermedad que emponzoña la fuente de la generación, […] no tendríamos ni el chocolate ni la cochinilla.”

Tradicionalmente se ha atribuido a la sífilis un origen americano, porque la primera epidemia importante de la enfermedad en Europa se produjo poco después del regreso de Colón, en 1494 durante el sitio de Nápoles por las tropas francesas.  Debido a su naturaleza venérea y la propensión a aparecer en puertos y otros lugares llenos de viajeros, no tardó la enfermedad en ganar nombres peyorativos y llenos de xenofobia.  En Italia se le llamó “la enfermedad francesa”; en reciprocidad, los franceses la conocieron como “la enfermedad italiana”, pero era “la enfermedad española” en Holanda, “la enfermedad polaca” en Rusia y “la enfermedad cristiana” en Turquía.

Para apoyar la hipótesis de que Treponema pallidum, la bacteria de la sífilis, entró en Europa con los primeros viajeros al Nuevo Mundo, Jared Diamond[2] señala la agudeza con la que la enfermedad azotaba a los europeos a finales del siglo XV, cuando las pústulas los cubrían de cabeza a pies, la carne literalmente se caía a pedazos y la muerte sobrevenía en cosa de unos cuantos meses.  Ya a mediados del siglo XVI la enfermedad había evolucionado hacia una forma un poco más benigna, más parecida a la actual.

Tratamiento con mercurio (ca. 1496)

Sin embargo, desde hace mucho tiempo se ha remarcado también que algunos escritos europeos antiguos describen padecimientos con síntomas muy similares a los de la sífilis.  Algunos escritos de Hipócrates, por ejemplo, parecen describir los chancros genitales característicos de la infección por Treponema.  Se ha especulado también que “la lepra” que aparece innumerables veces en la Biblia podría en realidad corresponder a la sífilis.  Por ejemplo, uno de los suplicios que tuvo que soportar Job fue el quedar cubierto “con una úlcera maligna desde la planta de los pies hasta la coronilla de la cabeza.”  También algunos escritos medievales describen pústulas semejantes a las de la sífilis, y recomiendan el uso de mercurio para su tratamiento.

Dadas las evidencias a favor y en contra, y aunque la mayoría de los expertos considera que un origen americano de la enfermedad es el escenario más probable, no existe certeza completa al respecto.

Hace unos días circuló en los medios masivos de comunicación una nota en la que se anunció el descubrimiento de pruebas, en apariencia irrefutables, de la presencia de la sífilis en Europa antes de Colón[3].  Brian Connell y su equipo, del Museo de Londres analizaron más de cinco mil restos óseos de personas enterradas en el Hospital de Santa María, en Londres, en los siglos XIII y XIV.  De acuerdo con las notas periodísticas, en al menos 25 de los esqueletos se encontraron lesiones que inequívocamente se pueden identificar como signos de sífilis.

Si estos resultados se confirman, se refutaría la hipótesis del origen americano de la sífilis y de su introducción a Europa por los hombres de mar de Cristóbal Colón.  Sin embargo, es necesario aguardar a que Connell y su equipo sometan sus resultados al escrutinio de alguna revista científica antes de emitir un juicio a favor o en contra del almirante genovés.

La moral es una enfermedad venérea.  Su primera fase se llama virtud.  Su segunda fase aburrimiento y la tercera, sífilis.

Karl Kraus (1874-19 36).  Escritor y periodista austriaco.

Actualización, octubre de 2015. El artículo de B. Connell y sus colaboradores se publicó este año [4]. Las conclusiones de este artículo científico son más cautas que las noticias que aparecieron en 2010: se habla de que los datos sugieren la presencia de sífilis en Europa antes de 1492.

[1] Voltaire.  2006.  Cuentos completos en prosa y verso.  Traducción de M. Armiño y M. Domínguez.  Ediciones Siruela/Fondo de Cultura Económica, México.

[2] Diamond, J. D. 1997. Guns, germs, and steel. The fates of human societies. W. W. Norton, Nueva York.

[3] Por ejemplo, esta nota del Discovery Channel

[4] Walker, D., Powers, N., Connell, B. et al. (2015) Evidence of skeletal treponematosis from the medieval burial ground of St. Mary Spital, London, and implications for the origins of the disease in Europe. American Journal of Physical Anthropology, 156, 90-101.