Categoría: Astrobiología

  • AGUA EN LA LUNA

    AGUA EN LA LUNA

    Para el guion de 2001 Una odisea espacial, la espectacular producción fílmica de Stanley Kubrick de 1968, Arthur C. Clarke imaginó una estación lunar estadounidense en el cráter Clavius, cercano al polo sur de nuestro satélite natural.[1] En el sitio de aterrizaje de la estación, los visitantes podían ver un cartel de bienvenida:

    WELCOME TO CLAVIUS BASE
    U.S. ASTRONAUTICAL ENGINEERING CORPS
    1994

    La estación podía ser totalmente autosuficiente en caso de emergencia. «Se podían producir todas las necesidades vitales a partir de las rocas del lugar», explica Clarke en la novela que escribió en paralelo con la producción de la película. «El hidrógeno, el oxígeno, el carbono, el nitrógeno, el fósforo, todos los elementos básicos para la vida podían hallarse en la Luna…si uno sabía en donde buscarlos».

    En la vida real no existen todavía estaciones en la Luna, ni necesidad urgente de hallar fuentes de elementos químicos o moléculas vitales en el satélite. De todas maneras, un par de artículos publicados en Nature Astronomy el 26 de octubre sugieren que la molécula de la vida por excelencia, la del agua, podría existir en cantidades suficientes en la superficie lunar como para hacer realidad la fantasía de Clarke de una estación autosuficiente en nuestro satélite.

    En el primero de los artículos[2], un equipo encabezado por Casey I. Honniball, hoy en día investigadora posdoctoral en el Centro de Vuelo Espacial Goddard de la NASA, examinó la luz solar reflejada en la superficie lunar y encontró un patrón en el espectro de rayos infrarrojos en una longitud de onda particular (6 micrómetros) que se puede interpretar como evidencia de la presencia de agua en la Luna, porque la molécula de H2O absorbe la luz infrarroja precisamente en esa longitud de onda.

    Este procedimiento, que suena muy sencillo, requirió en realidad de instrumentos y análisis muy sofisticados, además del uso del Observatorio Estratosférico para la Astronomía en Infrarrojo (conocido como SOFIA por sus siglas en inglés). SOFIA es un enorme telescopio que capta energía en las longitudes de onda de la luz infrarroja; para poder hacerlo, el instrumento tiene que montarse en un avión Boeing 747 y volar a más de 13,000 metros de altitud para evitar la interferencia de la atmósfera terrestre.

    El Boeing 747 del observatorio SOFIA de la NASA

    Los datos compilados por los investigadores permitieron confirmar la presencia de agua precisamente en el cráter Clavius, donde Clarke imaginó la estación lunar, pero no en otros sitios más cercanos al ecuador de la Luna. El agua en Clavius podría estar atrapada en pequeños cristales, explica la Dra. Honniball[3], porque de otra manera se evaporaría y escaparía al espacio en las condiciones que prevalecen en la Luna. En lugares más ecuatoriales, la exposición más continua a los rayos solares habría ya evaporado cualquier rastro de agua hace ya mucho tiempo, tal vez incluso millones de años.

    El segundo artículo[4] es un análisis de imágenes de orbitadores lunares en el que se modela la distribución en la superficie del satélite de «trampas de frío» que permitirían la existencia de agua congelada en grandes porciones de la Luna. Estas trampas de frío no son otra cosa que zonas de sombra que, al tener relativamente poca exposición a la luz solar, permanecen a temperaturas que evitan la pérdida del agua atrapada en las rocas. Las simulaciones mostraron la existencia de numerosas, aunque pequeñas trampas de frío principalmente en el hemisferio sur, en donde se encuentra Clavius.

    Desde los tiempos de las misiones Apolo en los años sesenta y setenta se tenían indicios de la presencia de agua en la Luna, pero los análisis de Honniball y colaboradores son la primera prueba aparentemente irrefutable de la presencia de la molécula de H2O en la Luna. En 2009 ya se había detectado absorción de luz infrarroja en la longitud de onda de 3 micrómetros, lo que sugería la presencia de agua, pero que podía deberse también a la presencia del grupo hidroxilo (un átomo de hidrógeno y uno de oxígeno unidos a otros átomos) y no necesariamente de agua (dos átomos de hidrógeno y uno de oxígeno unidos en una molécula).[5]

    Localización aproximada del cráter Clavius, cerca del polo sur lunar

    Es importante recalcar que la detección de H2O en la Luna no implica depósitos extensos de agua en nuestro satélite. La concentración probable, según explica la Dra. Honniball, sería equivalente a dispersar unas doce onzas de líquido en un metro cúbico de material de la superficie lunar. (Esto es como derramar el contenido de una lata estándar de cerveza o refresco, unos 350 mililitros, en un tinaco común de mil litros de capacidad).

    Los exploradores que vivían en la Estación Clavius podían hallar en las rocas lunares todos los elementos naturales necesarios para la vida, según el relato imaginario de A. C. Clarke, «si sabían en donde buscar». Hoy, gracias al trabajo de Honniball y otros científicos, los colonizadores lunares del futuro sabrán «en donde buscar» agua: justo en Clavius, en donde Clarke lo imaginó hace más de cincuenta años.

    NOTAS Y REFERENCIAS

    [1] Kubrick y Clarke escribieron juntos el guion de 2001 Una odisea espacial, inspirados por el relato El centinela que el propio Clarke había escrito en 1951. En paralelo a la producción de la película, Clarke escribió la novela del mismo nombre, de donde se tomaron las citas para esta nota (edición 2006 de la serie Penguin Galaxy, Penguin Random House LLC, Nueva York.

    [2] Honniball, C.I., Lucey, P.G., Li, S. et al. (2020) Molecular water detected on the sunlit Moon by SOFIA. Nature Astronomy. https://doi.org/10.1038/s41550-020-01222-x

    [3] Las declaraciones de C. I. Honniball aparecen en la nota de Kenneth Chang en la edición en línea de la sección de ciencia del New York Times (26 de octubre de 2020).

    [4] Hayne, P.O., Aharonson, O. & Schörghofer, N. (2020) Micro cold traps on the Moon. Nature Astronomy  https://doi.org/10.1038/s41550-020-1198-9

    [5] Pieters, C. M., Goswami, J. N., Clark, R. N., Annadurai, M., Boardman, J., Buratti, B. & Hibbitts, C. (2009). Character and spatial distribution of OH/H2O on the surface of the Moon seen by M3 on Chandrayaan-1. Science326(5952): 568-572.

  • Hachimoji: Las ocho letras del ADN artificial

    Hachimoji («ocho letras» en japonés) es un término que en pocas horas ha dado la vuelta al mundo a través de artículos y notas periodísticas que se refieren a un artículo publicado hoy (22 de febrero de 2019) en la revista Science [1]. Un equipo encabezado por Steven A. Benner, de la Fundación para la Evolución Molecular Aplicada, en Florida, Estados Unidos, reporta haber sintetizado moléculas de ADN con nucleobases no naturales, es decir, diferentes a las cuatro que existen en el ADN de los organismos vivos.

    Las nucleobases (o simplemente bases) son los compuestos químicos que, en parejas,  forman los «peldaños» de la gigantesca «escalera» en forma de hélice que es una molécula de ADN.  El orden en el que aparecen las bases en la secuencia de piezas que forman el ADN es lo que determina la información genética contenida en la molécula. Por analogía se puede decir que el código genético consiste en una serie de «palabras» formadas por diferentes combinaciones de cuatro «letras» —una por cada tipo de nucleobase.

    El equipo de Benner ha logrado crear moléculas de ADN sintético —con cuatro nucleobases artificiales además de las cuatro naturales—  que es capaz de replicarse y de transferir información a secuencias de ARN formadas también con ocho tipos de bases.  Floyd Romesberg, un pionero en el desarrollo de organismos sintéticos [2], afirma que el desarrollo de hachimoji abre la posibilidad de crear organismos vivientes completamente diferentes de los naturales. Asimismo, científicos de la NASA han señalado que el nuevo desarrollo demuestra la posibilidad de que existan formas de vida extraterrestre con códigos genéticos diferentes a los que conocemos en nuestro planeta [3].

    Una de las características del nuevo ADN, al contar con ocho tipos de nucleobases en lugar de cuatro, es que es capaz de almacenar una mayor cantidad de información en menos espacio que el ADN natural. Para entender este punto, veamos primero cómo funciona el lenguaje molecular de la vida.

    El código natural

    La información en la molécula de ADN está codificada con cuatro «letras», cuyo orden en una secuencia dada determina las «palabras» que el ADN puede transferir para dar las instrucciones de ensamblaje de las proteínas. Esas cuatro letras son las bases adenina (A), citosina (C), guanina (G) y timina (T). En el ARN, que es la molécula que transfiere la información del ADN a los centros de síntesis de las proteínas, el uracilo (U) sustituye a la timina, pero la información sigue codificada en cuatro «letras».

    dna seq
    Secuencia de las letras ACGT. Parque jurásico (1993)

    Las «palabras» que se pueden crear con las cuatro bases son los llamados codones, que son grupos de tres bases que determinan la adición de un aminoácido en particular para formar una proteína (las proteínas son largas moléculas formadas por cadenas de aminoácidos). Así, por ejemplo, la secuencia AAA corresponde con el aminoácido lisina y CGC  con la argininaEs fácil constatar que con cuatro elementos es posible producir sesenta y cuatro palabras diferentes de tres letras. Para empezar, veamos cuántas palabras de dos letras podemos crear con las cuatro bases del ADN:

    AA AC AG AT CA CC CG CT GA GC GG GT TA TC TG TT

    Existen 16 (4×4) posibles pares formados a partir de cuatro elementos. Como a cada uno de estos pares le podemos añadir uno de cuatro posibles elementos para crear una palabra con tres letras, vemos que existen 4×4×4 = 64 posibles tríos:

    AAA
    ACA
    AGA
    ATA
    CAA
    CCA
    CGA
    CTA
    GAA
    GCA
    GGA
    GTA
    TAA
    TCA
    TGA
    TTA
    AAC
    ACC
    AGC
    ATC
    CAC
    CCC
    CGC
    CTC
    GAC
    GCC
    GGC
    GTC
    TAC
    TCC
    TGC
    TTC
    AAG
    ACG
    AGG
    ATG
    CAG
    CCG
    CGG
    CTG
    GAG
    GCG
    GGG
    GTG
    TAG
    TCG
    TGG
    TTG
    AAT
    ACT
    AGT
    ATT
    CAT
    CCT
    CGT
    CTT
    GAT
    GCT
    GGT
    GTT
    TAT
    TCT
    TGT
    TTT

    Existe una veintena de aminoácidos fundamentales, de manera que con un código formado por cuatro letras en grupos de tres tenemos información de sobra para usar una o más palabras para cada aminoácido. Por el contrario, con las dieciséis palabras de dos letras no tendríamos suficiente capacidad para hacerlo [4]. De hecho, existen codones que dan instrucciones especiales, como «iniciar» o «terminar», y el código genético es redundante en el sentido de que dos secuencias diferentes pueden determinar el mismo aminoácido. Por ejemplo, cualquiera de las secuencias que empiezan con CG, independientemente de la base que se encuentre en la tercera posición, produce arginina.

    Un código sintético con ocho letras

    Al sintetizar cuatro tipos de bases que no existen en forma natural e incorporarlos a moléculas de ADN, Benner y su equipo han añadido cuatro nuevas letras al abecedario genético y de esa manera han creado un sistema de almacenamiento y transmisión de información de mayor capacidad, que es justo a lo que han llamado hachimoji. Han llamado a las nuevas bases S, B, P y Z. ¿Cuántos posible tríos podemos formar con ocho letras? Como existen ocho alternativas para llenar cada uno de los tres espacios, el total de combinaciones es de 8×8×8 = 512, que es mucho más de lo que necesitamos para nombrar e identificar veinte aminoácidos. De hecho, nos bastaría con usar pares de esas ocho letras, pues es posible formar 64  (8×8) de ellos:

    AA AC AG AT AS AB AP AZ
    CA CC CG CT CS CB CP CZ
    GA GC GG GT GS GB GP GZ
    TA TC TG TT TS TB TP TZ
    SA SC SG ST SS SB SP SZ
    BA BC BG BT BS BB BP BZ
    PA PC PG PT PS PB PP PZ
    ZA ZC ZG ZT ZS ZB ZP ZZ

     Vemos que con ocho letras se puede construir un sistema de palabras de dos elementos que tendría la misma capacidad de información que el código natural, basado en tríos de cuatro posibles letras. Planteado de otra manera, con tríos de ocho posibles letras es en teoría posible codificar muchos más aminoácidos que los que existen en forma natural, o que existen pero que no son utilizados por los seres vivos. Además del ADN sintético podríamos imaginar un gran conjunto de aminoácidos artificiales que podrían formar tipos de proteínas que no existen, por lo pronto, mas que en teoría.

    Más allá de la capacidad para codificar aminoácidos, hachimoji tiene horizontes de aplicación mucho más amplios en tecnologías futurísticas, como la de usar ADN sintético como medio de almacenamiento de información. Es posible que en el futuro resguardemos nuestra información no en chips de silicio o en medios electromagnéticos, como lo hacemos actualmente, sino en aparatos que almacenen y transmitan información a través de cadenas de ADN sintético. El año pasado se anunció que un grupo de investigación había logrado no solo almacenar información —imágenes, videos y otros documentos— en cadenas de ADN, sino que había sido capaz de copiar y acceder a esa información en puntos particulares de la secuencia, sin necesidad de leer toda la secuencia cada vez. En otras palabras, se logró emular la función de memoria de acceso aleatorio (RAM) que es la base del funcionamiento de los dispositivos de almacenamiento de información actuales. [5]

    DNA

    Si a estos avances tecnológicos le añadimos ahora el hachimoji, un lenguaje con una mucho mayor capacidad de almacenamiento de información, vemos que no es tan descabellada la idea de ver pronto centros de almacenamiento e intercambio de información guardada en moléculas de ADN.

    Por supuesto, como sucede con casi cualquier avance tecnológico, hachimoji abre al mismo tiempo ventanas de oportunidad y grandes portales de grave riesgo. Los propios investigadores se pusieron un límite ético al no intentar poner a prueba la capacidad del ADN sintético de ocho bases de replicarse en células vivas. Es difícil predecir las posibles consecuencias de incorporar  moléculas sintéticas en seres vivos fuera del laboratorio. Este es un tema que habrá de discutirse a profundidad antes de explorar todo el nuevo mundo de información que promete el hachimoji.

    Notas y referencias

    [1] Hoshika, S. et al. (2019). Hachimoji DNA and RNA: A genetic system with eight building blocksScience, 363:884-887.

    [2] El equipo de Romesberg logró en 2014 insertar ADN sintético, con dos bases no naturales, en células vivas.
    Malyshev, D. A., et al. (2014). A semi-synthetic organism with an expanded genetic alphabetNature509(7500), 385-388.

    [3] Curiosamente, la entrada Hachimoji en la Wikipedia recalca que el financiamiento para el estudio provino de la NASA y ni siquiera menciona a los investigadores involucrados (excepto en las referencias).  [consultado el 22 de febrero de 2019 a las 18:00, tiempo del centro de México].

    [4] Poco después del descubrimiento de la estructura del ADN en 1953, el físico George Gamow estableció que se necesitaban grupos de al menos tres bases para poder codificar los veinte aminoácidos fundamentales. Francis Crick y sus colaboradores siguieron la sugerencia de Gamov y dieron los primeros pasos para descifrar el lenguaje molecular de la vida.

    [5] El reporte del logro tecnológico se publicó en
    Organick, L., et al. (2018). Random access in large-scale DNA data storageNature Biotechnology36(3):242-248

  • Relatos del vanadio. La búsqueda de vida en Marte y la historia de un doble descubrimiento

    Relatos del vanadio. La búsqueda de vida en Marte y la historia de un doble descubrimiento

    Ford T
    Un Ford T de 1910

    El elemento 23 de la tabla periódica es el vanadio, un metal de transición usado en aleaciones para fortalecer el acero y aligerar piezas de algunas máquinas; de hecho, el primer uso sustancial del vanadio fue como parte del chasis de los automóviles Ford T de la década de 1910. Un compuesto de vanadio, el pentóxido vanádico (V2O5) se emplea como catalizador en la producción de ácido sulfúrico. En la mayoría de los seres vivos, el vanadio se encuentra en proporciones minúsculas, pero parece participar en las enzimas de algunos microorganismos, los cuales concentran el elemento para realizar sus funciones vitales.

    Esta capacidad de algunos microorganismos de concentrar vanadio ha llevado al desarrollo de una técnica que permitiría demostrar la presencia de vida (actual o en el pasado) en el planeta Marte.

    ¿Vanadio en microfósiles marcianos?

    Cuando se encuentre evidencia de vida en Marte, si es que se llega a encontrar, no será por el descubrimiento de restos de una civilización perdida o a través del contacto con «hombrecillos verdes». La búsqueda seria de vida en Marte involucra el estudio de posibles rastros de microorganismos que pudieron haber habitado el planeta rojo en tiempos remotos.

    Uno de los grandes retos en esta búsqueda de microorganismos fósiles es el de encontrar una serie de criterios que permitan distinguir sin sombra de duda entre un auténtico resto de microorganismo y una formación similar a un ser vivo pero generado por un proceso abiótico (físico o químico). Ya en pasadas misiones a Marte se han hallado impresiones semejantes en forma y tamaño a huellas de organismos que vivieron en el planeta Tierra hace millones de años. Sin embargo, aún no ha sido posible demostrar que tales muestras realmente provienen de seres vivos que en alguna época hayan habitado nuestro planeta vecino.

    Un equipo de geólogos y químicos encabezado por Craig P. Marshall,  de la Universidad de Kansas, ha propuesto recientemente tres procedimientos que podrían zanjar las dudas sobre la identidad de posibles restos de microorganismos. Primero, la muestra debe tener el aspecto, forma y tamaño que tienen los microfósiles conocidos de la tierra. Segundo, se debe demostrar la presencia de carbono. Finalmente, propone el equipo, se debería demostrar una concentración comparativamente alta de vanadio en las supuestas células fósiles. Por separado, o de dos en dos, estos criterios no son suficientes para demostrar la identidad de los microfósiles, pero si una muestra presenta las tres condiciones, la probabilidad de que su origen sea orgánico es muy alta.

    Los dos primeros criterios no requieren mayor explicación (todos los seres vivos forman células y están construidos con moléculas de carbono), pero ¿por qué el vanadio tendría algo que ver con la detección de microfósiles? Resulta que algunos organismos en la tierra, particularmente seres unicelulares fotosintéticos (las antes llamadas microalgas) tienden a concentrar vanadio en sus células, y hasta se ha sugerido que este elemento químico podría jugar un papel importante como componente de algunas enzimas o incluso como sustituto del magnesio en las moléculas de clorofila. Aún después de la muerte de los organismos se da un proceso de sustitución de magnesio por vanadio, lo que causa una acumulación de este metal en cantidades detectables para los modernos equipos de fluorescencia de rayos X.

    Marshall y su equipo ya han encontrado cantidades mensurables de vanadio en muestras fósiles que se han asignado sin duda a seres unicelulares similares a los dinoflagelados llamados acritarcos, que vivieron en el Devónico, hace unos cuatrocientos millones de años. Con estos resultados, ahora proponen incorporar una prueba de vanadio en los experimentos de detección de microfósiles planeados por la NASA para sus vehículos de exploración de Marte de la misión Mars 20/20,  que está en la agenda de la agencia espacial para partir de la tierra en el año 2020.

    mars rover
    Prototipo virtual del explorador Mars 20/20. NASA 2017, dominio público

    En el siglo XXI el vanadio podría ser un auxiliar indispensable en la búsqueda de vida extraterrestre. Hace doscientos años, en los albores del siglo XIX, los sabios de la época contaban apenas con herramientas rudimentarias para la identificación de los elementos químicos, entre ellos el vanadio. La historia del descubrimiento del vanadio comienza en un pintoresco pueblo del centro de México llamado Zimapán.

    El descubrimiento del vanadio

    El 11 de octubre de 2018 se anunció que Zimapán, un pequeño poblado del estado mexicano de Hidalgo, había sido integrado a la lista de «pueblos mágicos» de la Secretaría de Turismo. Los principales atractivos del municipio de Zimapán, según los comunicados de promoción, son sus escenarios naturales, su gastronomía tradicional y los vestigios históricos dejados por la centenaria actividad minera y metalúrgica de la región.

    Tal actividad comenzó pocos años después de la conquista de México, cuando los exploradores enviados por Hernán Cortés hallaron abundante plata en la región. Zimapán se convirtió pronto en uno de los más ricos veneros de metales preciosos de la Nueva España. Una de las primeras minas de la zona fue La Purísima, localizada en una localidad llamada El Cardonal. Durante siglos, de las vetas argentíferas de La Purísma se extrajeron cantidades ingentes de ricos minerales que abultaron significativamente las arcas españolas. Ya en los últimos años del virreinato, una muestra extraída de esta mina fue protagonista de una historia científica de la mayor importancia: el descubrimiento de un nuevo elemento químico.

    Del_Rio (1)

    En 1801 llegó al Real Seminario de Minería de la ciudad de México un espécimen proveniente de La Purísima, que fue prontamente examinado por Andrés del Río, el joven pero experimentado catedrático de geología y mineralogía del Seminario. Andrés Manuel del Río y Fernández había nacido en Madrid en 1764 y desde muy joven había mostrado dotes intelectuales excepcionales, lo que le permitió graduarse de bachiller de la Universidad de Alcalá de Henares a los 18 años. Posteriormente realizó estudios con los mejores químicos e ingenieros de minas de la época en París, en la Academia de Minas de Frieberg (en Sajonia, hoy parte de Alemania), en Schemnitz (actualmente en Hungría)  y en Londres. A raíz de la revolución francesa, y tras la ejecución de su mentor Antoine Lavoisier en 1794, del Río regresó brevemente a España. para después trasladarse a la Nueva España, en donde se incorporó al recién creado Real Seminario de Minería por invitación del primer director del colegio, Fausto Elhúyar, el co-descubridor del tungsteno o wolframio. 

    Del Río procedió a aplicar en la muestra de La Purísima (aquel «plomo pardo de Zimapán») las pruebas para separar metales que había aprendido en la academia de  química analítica de Schemnitz y no tardó mucho en darse cuenta de que el mineral contenía, además de plomo, algún otro tipo de componente cuyos compuestos presentaban variados colores, por lo que llamó pancromo («todos los colores») al misterioso metal y zimapanio al mineral del que lo había extraído. Semanas después, al obtener cristales de un color rojo muy vivo, del Río llamó eritrono (del griego erythró, rojo) a lo que, cada vez con mayor certeza, parecía ser un elemento químico desconocido.

    Andrés del Río detalló sus observaciones en una carta enviada a sus colegas franceses, pero la misiva se perdió en el naufragio del navío que la transportaba a Europa. La única descripción original del descubrimiento del nuevo elemento que sobrevive hasta nuestros días está escrita como notas en la traducción que del Río hizo de un texto alemán de geología, las Tablas de Kersten.

    HumboldtEn 1803, el barón Alexander von Humboldt arribó a la Nueva España para emprender un viaje de exploración y aprovechó la ocasión para visitar a su amigo Andrés del Río, a quien había conocido en la Academia de Minas de Frieberg.  Cuando del Río comentó a Humboldt sobre sus experimentos con el plomo pardo de Zimapán, el sabio germano replicó que el misterioso componente del zimapanio podría ser el cromo, un elemento descubierto en 1797 por Nicolas-Louis Vauquelin. Del Río se convenció de que el barón tenía razón, y por mucho tiempo pensó que su eritrono no era otra cosa que el cromo. De todas maneras, cuando Humboldt regresó a Europa llevó consigo un manuscrito de del Río en el que se detallaban sus observaciones y  una muestra del «plomo pardo de Zimapán» para que la analizaran los expertos franceses y germanos de la época.

    En 1830, el químico sueco Nils Gabriel Sefström, al estudiar muestras de hierro, logró aislar el cloruro de un metal desconocido, al que llamó vanadio en honor de Vanadis, una deidad escandinava de la belleza y la fertilidad. Sefström envió muestras de pentóxido de vanadio a su compatriota Jöns Jacob Berzelius, quien demostró que el vanadio era diferente del uranio. A su vez, Berzelius envió las muestras de vanadio a Friedrich Wohler, quien estaba reanalizando las muestras de plomo de Zimapán que el barón von Humboldt había llevado a Europa. Wohler mostró sin sombra de duda que el vanadio de Sefström era exactamente el mismo elemento que el eritrono de Andrés del Río. Berzelius escribió en 1831:

    This metal, recently discovered by Professor Sefström…has also been found in a mineral of Zimapán, in Mexico… Del Río had already analyzed this mineral in the year 1801… *

    zimapanioGeorge William Featherstonhaugh, el geólogo inglés considerado el padre de esa disciplina en los Estados Unidos, invitó en 1832 a del Río a publicar en el Monthly American Journal of Geology and Natural Sciences un recuento de su descubrimiento de 1801. En su contribución al Journal, del Río incluyó una traducción al inglés de las notas publicadas en su traducción de las Tablas de Kersten, así como su malestar por la manera en la que Humboldt y otros eruditos europeos parecían menospreciar su trabajo. La respuesta de Featherstonhaugh es una encendida defensa de la prioridad de del Río en el descubrimiento del nuevo elemento y una propuesta para honrar el nombre del mexicano y llamar rionium (rionio) al metal, en lugar del nombre de «una ridícula deidad escandinava que ni siquiera existe».

    A pesar de la demostración de que Andrés del Río era el verdadero descubridor del «vanadio», el nombre propuesto por Sefström se impuso y es con el que se conoce actualmente al elemento 23. Asimismo, el zimapanio se conoce oficialmente como vanadinita, y ahora se sabe que es un clorovanadato de plomo, Pb2Cl(VO4).

    Hoy en día se reconoce universalmente a Andrés Manuel del Río como el descubridor del vanadio, aunque es una lástima que los nombres que él propuso hayan quedado en el olvido. De todas formas, aunque su nombre no haya quedado grabado en la nomenclatura química oficial, Zimapán siempre será recordado, además de por ser un pueblo mágico, por ser el lugar de origen de las muestras que llevaron al descubrimiento del elemento 23.

    Nota

    * La cita es a una traducción al inglés del texto de Berzelius, tal como aparece en Caswell (2003), p. 38.

    Referencias

    Caswell, L. R. 2003. Andrés del Río, Alexander von Humboldt, and the twice-discovered element. Bulletin History Chemistry 28:35-41.

    Cintas, P. 2004. The road to chemical names and eponyms: Discovery, priority, and credit. Angewandte Chemie International Edition 43:5888-5894.

    del Río, A. M. 1832. The Brown lead ore of Zimapan. Monthly Journal of Geology and Natural Sciences, marzo de 1832:438-440.

    Del Río, A. M. 1835. Del zimapanio. Revista Mexicana, Periódico Científico y Literario 2(tomo I): 83-85 [Consultado en Trabulse 1985, pp. 181-184]

    Featherstonhaugh, G. F. 1832. Remarks [respuesta al comunicado de Andrés del Río]. Monthly Journal of Geology and Natural Sciences, marzo de 1832:440-444.

    Marshall, C..P. 2017. Imaging of vanadium in microfossils: A new potential biosignature. Astrobiology 17:1069-1076.

    Trabulse, E. (ed.). 1985. Historia de la ciencia en México. Cuarta Parte. Siglo XIX. Fondo de Cultura Económica. México.

    Uribe Salas, J. A. 2006. Labor de Andrés Manuel del Río en México: Profesor en el Real Seminario de Minería e innovador tecnológico en minas y ferrerías. Asclepio, Revista de Historia de la Medicina y de la Ciencia 58:231-260.