La cueva de Ikim-tzotz

“Ikim tzotz, ikim tzotz.” Aquellas palabras mayas no dejaban de dar vuelta en mi mente mientras nos preparábamos para otro día de trabajo de campo en las cuevas de Yucatán. “Estaba loco el viejito, ¿no?”, comentó Graciela mientras preparábamos el equipo para entrar a la gruta de Tecoh en busca de murciélagos. Al recordar los pormenores de la tarde anterior con Don Margarito, no pudimos sino sonreír. Aquel anciano realmente nos había entretenido con sus inacabables anécdotas salpicadas con chistes de doble sentido y sus fantásticas historias sobre animales.

Chrotopterus auritus. Ilustración de G. H. Ford (1861) en Proceedings of the Zoological Society of London.

La narración de su encuentro cercano con un jaguar en las selvas de Campeche nos había parecido realmente fantasiosa, pero por otro lado su vívida y detallada descripción del felino no dejaba duda de que nuestro locuaz interlocutor realmente conocía estos animales. Haciendo un recuento de sus historias, me percaté de que en todas ellas, sin importar el grado de exageración, el animal protagonista podía ser identificado con alguna especie real de la zona maya. Pero Ikim tzotz, el rey de los murciélagos, no parecía corresponder con la realidad.

Ikim tzotz, de acuerdo con Don Margarito, era un murciélago enorme, que volaba lenta y silenciosamente y que acostumbraba “llevarse” a los pájaros. Sabíamos que tzotz es la palabra maya para murciélago, pero ¿qué significaba ikim?

—Es el pájaro de la noche que se come a los otros animales —nos explicó Don Margarito.

— ¿La lechuza? —se atrevió a preguntar Pablo.

—Sí, pero es el ave de la mala suerte —sentenció el anciano, susurrando con aire misterioso mientras una sonrisa traviesa se dibujaba en su arrugado rostro.

—Pero, a ver, a ver —interrumpió Pablo, echando a perder el místico momento—Los murciélagos más grandes comen fruta, no parecen lechuzas.

—Tst, tst, no, no —respondió el sabio maya con infinita paciencia. —No son los tzots de los amates; esos hacen mucho ruido. Ikim Tzotz es el rey de los murciélagos y vuela despacito y nadie lo oye.

—No es el vampiro, ¿verdad? —insistió Pablo, el pragmático.  Don Margarito sólo negó con la cabeza. ¿Qué clase de necios éramos nosotros que no entendíamos nada de lo que nos quería decir?

Ikim tzotz, Ikim tzotz, el murciélago lechuza, seguían las palabras revoloteando en mi cabeza mientras comenzamos a descender hacia las entrañas de la tierra.  Eran apenas las nueve treinta, pero el calor de aquella mañana de agosto presagiaba otro día seco y caliente en la tierra maya. Esa es una ventaja del trabajo en las cuevas: Las grutas como las de Tecoh son siempre más frescas que el exterior durante el día. Comenzamos a avanzar lentamente, apuntando la luz de nuestras lámparas hacia los lados para no asustar a los murciélagos.

“Yo creo que el viejecillo se inventa todas sus historias”, comentó Pablo.  “¡Shhh!, vas a espantar a los murciélagos”, le recriminó Susana, “y, por cierto, yo sí le creo”.  “Ah, ¿sí?, y entonces, ¿qué especie crees que sea el tal Ikiiiiiiiim tzotz?”, atacó Pablo con tono de burla.  “Chrotopterus auritus”, contestó en voz baja Susana; y todos nos quedamos callados.

Efectivamente, Chrotopterus, el falso vampiro lanudo, podía corresponder con la descripción del murciélago lechuza.  Es un murciélago muy grande, vuela silenciosamente y de hecho se alimenta de pájaros que captura en sus perchas durante la noche. Además, la distribución de la especie incluye la península de Yucatán. Sólo había un pequeño problema con esta hipótesis: La última vez que se había encontrado este murciélago en el estado de Yucatán había sido a principios de los años 60s y casi treinta años después, durante el año y medio que llevábamos explorando las cuevas de la región no habíamos encontrado ningún indicio de su presencia.

Peropteryx macrotis

“¡Eh, chicos!”, advirtió Graciela, “ahí están los ‘peros’”. Se refería a los Peropteryx macrotis, los simpáticos murcielaguitos de saco que se encuentran cerca de las entradas de casi cualquier cueva en Yucatán. En esta gruta habíamos encontrado ocho especies de murciélagos, y de hecho sabíamos ya la localización aproximada de cada una de ellas a lo largo de la cueva. Mientras examinábamos el grupo de los Peropteryx, Pablo regresó al tema del Ikim tzotz. “¿Y de veras crees que el ruco haya visto un Chrotopterus?”, preguntó burlonamente dirigiéndose a Susana. “Y ¿de dónde se sacó esas historias de que se lleva a los pájaros?” Susana musitó alguna maldición y optó por mantener silencio.

Mientras los demás terminaban de realizar las observaciones del grupo de los Peropteryx, me adelanté en busca de los murciélagos bigotudos (Pteronotus) que normalmente se refugiaban en los hoyos de disolución del techo de la cueva. Extrañamente, esta vez no había uno solo, aunque las pequeñas pilas de guano en el suelo, justo abajo de los huecos del techo, hacían evidente que los murciélagos habían estado ahí recientemente.  “Qué raro está esto”, pensé.

De pronto, en un hueco somero en el techo, a unos diez metros más adelante, alcancé a ver una sombra.  Me acerqué con sigilo y pude ver tres murciélagos de gran tamaño agazapados en el hueco.  Comprendiendo que se trataba de algo que no habíamos registrado hasta ese momento, sentí que mi pulso se aceleraba al acercarme más. Con mucho cuidado, pero velozmente, alcancé a colocar mi red de mano sobre el hueco. Sentí de inmediato un gran peso en el fondo de la red y alcancé a ver un murciélago de considerable tamaño huyendo hacia la parte interior de la cueva. Me llamó la atención que, a pesar de lo voluminoso del animal y de lo intempestivo de su movimiento, su vuelo era increíblemente silencioso.

Controlando el temblor de mis manos, abrí un pequeño hueco en la malla de la red hasta poder ver el interior. Y lo que vi me dejó helado. Asomándose por el hueco observé el robusto hocico de un murciélago con una hoja nasal de gran tamaño. Pude observar también unas enormes orejas y, parcialmente ocultos en un pelaje largo y suave, un par de ojos vivaces, muy grandes y redondeados que le daban al animal un aire de sapiencia. “No puede ser”, pensé, “¡es un Chrotopterus!”. En la red tenía yo una hembra adulta y un macho joven. El individuo que había escapado seguramente era un macho adulto, porque estos murciélagos suelen refugiarse formando parejas o pequeñas familias durante la época de reproducción.

Tratando de ocultar mi emoción, regresé a donde estaban los demás. “¿Qué pasó?”, preguntó Pablo. “Nada”, le contesté, “los Pteronotus”, y puse en sus manos el saco de lona en el que había colocado los murciélagos. Pablo sintió el peso del saquito, pero no mostró sorpresa en el rostro hasta que abrió la bolsa y vio su contenido. “¡Aaaay, güero!, no manches, ¿qué es esto?” Con extremo cuidado, sacó de la bolsa a la hembra, un hermoso murciélago con un cuerpo de casi un palmo de largo, con abundante pelaje café grisáceo. Lo más impresionante del animal era su poderoso hocico armado con afilados dientes capaces de atravesar el cráneo de pequeñas aves, ratones o murciélagos. Susana, una vez repuesta de su propia sorpresa, rió a carcajadas al ver reflejadas las dulces mieles de la revancha en el azorado rostro de Pablo. Regresamos todos al lugar donde había capturado los murciélagos y examinamos el piso. Regados en un corto radio había pedazos de huesos pequeños, algunas plumas y el esqueleto casi completo de un murciélago pequeño semidevorado. Eran los restos de la comida de los Chrotopterus.

Toma de datos en la cueva de Tecoh

Aquella tarde, mientras registrábamos en nuestras libretas de campo los datos recopilados durante el día, pudimos finalmente poner en contexto nuestro hallazgo de la mañana. Se trataba del primer reporte de un falso vampiro lanudo en el estado de Yucatán desde que el equipo de J. K. Jones, entonces profesor de la Universidad de Kansas, lo había encontrado hacia 1962. Su presencia en Tecoh, en una zona altamente perturbada por la actividad humana resultaba inusitada, pero recalcaba la posibilidad de que muchas especies raras pueden seguir existiendo en pequeños fragmentos de ecosistemas embebidos en ambientes dominados por el ser humano.

Además de todo ello, nuestro hallazgo daba crédito a las historias de Don Margarito. Tiempo después pudimos constatar en el diccionario maya que efectivamente ikim se refiere a la lechuza o a alguna “ave nocturna agorera a la que le temen los indios”, aunque la entrada para ikim tzotz dice solamente “murciélago muy grande” ¿Realmente conocía el anciano los hábitos del falso vampiro? ¿O la concordancia de su historia con la realidad era pura coincidencia?

Estuvimos otros diez días recorriendo otras cuevas en el sur de Yucatán, pero tuvimos oportunidad de pasar por Tecoh en nuestro regreso rumbo a Mérida. Quisimos visitar a Don Margarito para compartirle nuestra experiencia y tal vez aprender algo más de él. “Don Margarito ya no está aquí”, nos dijo la señora que atendió nuestro llamado a la puerta de la casa. ¿Cómo que ya no está?, ¿se mudó?, ¿murió?  “Él está bien, pero ya no está aquí”, fue lo único que acertó a decir la señora antes de cerrar la puerta.

Nunca supimos más del sabio informante que nos hizo saber de la existencia de Ikim tzotz, el murciélago lechuza de los mayas.

La hacienda de Xcanchakan, cerca de Tecoh. viaje de Stephens y Catherwood 1842.

Nota
Los eventos de esta narración tienen lugar en agosto de 1990. Los datos científicos, incluyendo la presencia de Chrotopterus en la gruta de Tecoh, son verídicos. Los detalles de los eventos descritos son ficticios, pero basados en acontecimientos reales.

Referencias 
Arita, H. T. & J. A. Vargas.  1995.  Natural history, interspecific association, and incidence of the cave bats of Yucatan, Mexico.  Southwestern Naturalist 40:29-37.
Arita, H. T.  1996.  The conservation of the cave bats of Yucatan, Mexico. Biological Conservation 76:177-185.

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Sirenas míticas, vivas y extintas

Sirenas y el arca de Noé. Biblia de Nurenberg 1483. Nótese el perro sirena.

Si en tierra firme los unicornios son los seres míticos por excelencia, en los mares ese papel sin duda pertenece a las sirenas. En las mitologías de todo el mundo aparecen criaturas parcialmente humanas que son capaces de vivir bajo el agua y que generalmente libran extraordinarias aventuras submarinas.

Curiosamente, las sirenas de la mitología griega, como las que asediaron a los hombres de Ulises en su viaje de retorno de Troya, se representaban más bien con forma humana pero con alas y su atributo principal era su irresistible canto. En inglés y otros idiomas se distingue entre este tipo de sirenas (sirens) y las más conocidas que son mitad mujer y mitad pez (mermaids). Existen historias de sirenas o seres similares en relatos asirios de casi tres mil años de antigüedad, en algunos cuentos de Las mil y una noches, en escritos chinos e indios, en leyendas medievales europeas y en las tradiciones de varias culturas de América y de África.

"Manatus latirostris" Johann Andreas Fleischmann

Cuando los viajeros europeos comenzaron a explorar los mares tropicales de África y de Asia, se toparon con animales reales que les recordaban en todos sentidos a las sirenas sobre las que habían escuchado en los relatos de la época. Se trataba de los dugongos de los océanos Índico y Pacífico y de los manatíes del Atlántico africano. Estos mamíferos marinos son clasificados en el orden Sirenia, un nombre que hace alusión a su semejanza con las sirenas de las leyendas. Los sirenios tienen un cuerpo rechoncho de varios cientos de kilogramos, carecen de extremidades posteriores y su cola está transformada en una poderosa aleta. Se trata de mamíferos que se alimentan exclusivamente de pastos marinos, por lo que están restringidos a las aguas someras cercanas a los continentes en donde pueden encontrar alimento. No es difícil imaginar la sorpresa con la que los marinos del siglo XV habrían observado a estos dóciles animales, tomándolos sin la menor duda como auténticas sirenas.

Después del descubrimiento de América, los viajeros europeos se toparon con una tercera especie de sirenio, el manatí del Caribe, que se distribuye en la costa atlántica de América, desde Brasil hasta el sur de los Estados Unidos. De hecho, Cristóbal Colón observó tres de estos animales en enero de 1493 cuando navegaba en las cercanías de la isla Española. El almirante genovés describió los animales como sirenas, aunque comentó que “no eran ni la mitad de bellas de lo que las pintan.” Los exploradores portugueses descubrieron posteriormente otra especie de manatí habitando las aguas del río Amazonas.

En 1741, la expedición de Vitus Bering a los mares del Ártico descubrió –para la ciencia europea– un tipo de sirenio muy especial. La vaca marina de Steller, llamada así en honor del naturalista que acompañó a Bering en sus viajes, era un gigante entre los sirenios pues llegaba a medir hasta nueve metros y pesar más de seis toneladas. La docilidad de este animal y la ferocidad con la que fue cazado por los viajeros europeos llevaron a la especie a la extinción menos de 27 años después de su descubrimiento para la ciencia.

 Aunque los sirenios como grupo tienen una distribución amplia en los mares tropicales, en un lugar particular nunca se puede encontrar más de una especie. Los manatíes se encuentran en las costas del Atlántico (dos especies en América, una en África), mientras que el dugongo es característico del océano Índico del Pacífico de Asia y Oceanía. La vaca marina de Steller, por su parte, se restringía a los mares fríos del Pacífico norte. Sin embargo, un estudio reciente ha recalcado el hecho de que en el registro fósil existe evidencia de que en el pasado los sirenios eran más diversos.

La diversidad de sirenios en el pasado. Ilustración de Carl Buell (http://carlbuell.com)

Jorge Vélez-Juarbe y sus colaboradores examinaron el registro fósil de los dugóngidos en los últimos 26 millones de años y analizaron tres casos en los que se puede documentar la co-existencia de especies bien diferenciadas de sirenios. En cada uno de los sitios,  uno del Oligoceno de Florida, uno del Mioceno en la India y otro del Plioceno de México habitaban al menos tres especies de dugongos de diferentes tamaños. El análisis morfológico sugiere que las especies se diferenciaban no sólo por el tamaño sino por la especialización en su alimentación. Estos datos corroboran cómo la baja diversidad de sirenios que vemos en la actualidad en realidad es una excepción en la historia evolutiva del grupo. Las sirenas reales, o mejor dicho los animales del orden Sirenia, fueron mucho más diversos en el pasado.

Referencias
Velez-Juarbe J , Domning DP , Pyenson ND. 2012. Iterative evolution of sympatric seacow (Dugongidae, Sirenia) assemblages during the past ∼26 million yearsPLoS ONE 7(2): e31294.
La página de Carl Buell en Facebook contiene bellas ilustraciones científicas, incluyendo la de los sirenios fósiles.

Los elefantes del Sultán de Sulu

Elefantes en la corte del rajá de Travancore, India, 1841

A principios de julio de 1521 la expedición originalmente liderada por Fernando de Magallanes arribó a la isla de Borneo. Apenas unas semanas antes, el 27 de abril, el capitán Magallanes había muerto durante una desafortunada escaramuza con los Lapu-Lapu, los habitantes indígenas de la isla de Mactán, que hoy en día es parte de la Filipinas. El 15 de julio, una delegación de los visitantes fue recibida en el palacio de Siripada, el rajá de Burné (Borneo). La corte del rajá, pletórica de oro, perlas, seda y porcelana, llenó de asombro a los europeos que por primera vez llegaban a esas tierras. Se hablaba de la existencia de un par de perlas del tamaño de un huevo y de otras riquezas inimaginables. Antonio Pigafetta, cronista de la expedición, narra la extraordinaria experiencia en su libro Primer viaje en torno del Globo:

Al llegar a la ciudad tuvimos que esperar dos horas en la piragua a que vinieran dos elefantes cubiertos con gualdrapas de seda y doce hombres con sendos vasos de porcelana cubiertos de seda para colocar en ellos los regalos.

La de Pigafetta es la primera mención por un europeo de los elefantes de la isla de Borneo. Resulta un misterio que cronistas posteriores de expediciones europeas no mencionan para nada a los paquidermos de la isla, dado que existe una pequeña población de un poco más de un millar de estos animales en las tierras bajas del noreste de la isla, principalmente en la región malaya de Sabah y en las zonas adyacentes de la región de Kalimantán, Indonesia.

Distribución del elefante asiático. Mapa: IUCN

El elefante asiático se distribuye actualmente en poblaciones aisladas en India, el sureste del continente y en las islas de Sri Lanka, Sumatra y Borneo. Los elefantes de esta última población, por su lejanía del resto de los grupos, ha llamado siempre la atención de los esfuerzos de conservación. Hace unos años, un estudio comparativo de DNA (Fernando et al. 2003) demostró que los elefantes de Borneo representan una línea que se separó de las poblaciones del sureste de Asia y de Sumatra hace unos 300,000 años. Ante esta evidencia, los esfuerzos de conservación en Borneo se incrementaron.

Años más tarde, en 2008, el Conde de Cranbrook, quien es curador honorario en el museo de Historia Natural de Sarawak, Malasia, y sus colaboradores, propusieron una interpretación alternativa a los resultados del estudio molecular. Cranbrook et al. señalaron que en Borneo no hay rastros de elefantes en sitios arqueológicos y que el reporte de material encontrado en una cueva con depósitos de 45,000 años de antigüedad es dudoso. Por el contrario, en la isla de Java, en donde los elefantes desaparecieron poco después de la llegada de los europeos, hay evidencias de la existencia de estos animales tanto en sitios arqueológicos como en depósitos de decenas de miles de años de antigüedad.

Elefante de Borneo. Fernando et al. 2003

Cranbrook y sus colegas proponen que los elefantes de Borneo son descendientes de la población de Java. Según esta hipótesis, los elefantes de Borneo habrían sido importados por los diferentes rajás de Sulu durante el siglo XV, o incluso podrían haber sido parte de ostentosos obsequios por parte del rajá de Java a su contraparte en Sulu. El sultanato de Sulu prosperó en las islas del sur de lo que hoy en día son las Filipinas y en el norte de Borneo. Se sabe por registros históricos como el de Pigafetta que los elefantes eran elementos comunes en las cortes de la región, aunque es claro que este animal no es natural en las islas de Filipinas. De acuerdo con la hipótesis de Cranbrook y sus colegas, los elefantes de Borneo serían descendientes de animales que habrían escapado del cautiverio y serían en realidad descendientes de animales provenientes de Java. Esta explicación es consistente con los resultados del estudio molecular, ya que los elefantes en Java podrían haber evolucionado independientemente de las poblaciones del Asia continental, generando un patrón como el encontrado por ese estudio.

Si Cranbrook y sus colaboradores están en lo correcto, los elefantes de Borneo serían un ejemplo muy curioso de supervivencia de un animal muy particular, el elefante de Java, en un sitio lejano al de su origen. El movimiento habría resultado además como consecuencia de la vanidad de los sultanes de Sulu por poseer estos animales en sus cortes.

Referencias
Cranbrook, Earl of, J. Payne, C. M. U. Leh.. 2008. Origin of the elephants Elephas maximus L. of Borneo. Sarawak Museum Journal.
Fernando P., et al. 2003. DNA Analysis Indicates That Asian Elephants Are Native to Borneo and Are Therefore a High Priority for ConservationPLoS Biol 1 (1): e6.
International Union for Conservation of Nature (IUCN). http://www.iucnredlist.org/. Mapa obtenido el 4 de febrero de 2012.
Pigafetta, A. (1922) Primer viaje en torno del Globo. Traducción de Federico Ruiz Morcuende. Madrid, Calpe. (Edición del cuarto centenario del viaje de Magallanes).

Los cuernos del rinoceronte y la medicina tradicional china

Cacería de rinocerontes de Java, W.F.A. Zimmermann, 1861

Uno de los íconos de los programas internacionales de conservación de la diversidad biológica es el rinoceronte, o mejor dicho, el conjunto de las cinco especies vivientes de la familia Rhinocerotidae.  Dos de ellas son nativas de África (el rinoceronte negro y el blanco) y las otras tres subsisten en el sureste asiático (los rinocerontes de la India, de Sumatra y de Java).

Los últimos años han sido críticos para las poblaciones tanto asiáticas como africanas de rinocerontes. Las poblaciones del rinoceronte negro africano alcanzaron un mínimo a mediados de la década de los noventas cuando había solamente 2,500 individuos de esta especie.  Se estima que actualmente quedan cerca de 5,000 individuos en el este y en el sur del continente, pero la subespecie del oeste (Diceros bicornis longipes) se declaró recientemente extinta en un informe de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (IUCN). [Más información en el blog “Crónicas de la Biodiversidad“]

En Asia, la subespecie no insular del rinoceronte de Java (Rhinoceros sondaicus annamiticus) también fue declarada extinta con base en un estudio del Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF). En abril del 2010 fue hallado el cuerpo de un rinoceronte en el parque nacional Cat Tien de Vietnam. El animal había sido muerto por cazadores furtivos, quienes sustrajeron su cuerno y abandonaron el resto del cuerpo. Un análisis genético reveló que el rinoceronte había sido hembra y, con base en un muestreo de excretas en la zona, se determinó también que era el único (y por tanto el último) individuo en la reserva.  En octubre de 2011, la WWF emitió un comunicado de prensa en el que se informó de la extinción del rinoceronte de Java en Vietnam.  Con esto, la única población remanente del rinoceronte de Java, también en riesgo extremo de extinción con menos de cuarenta individuos, se encuentra en parque nacional Ujung Kulon de Indonesia, en la isla de Java.

El Bencao Gangmu, siglo XVI

El hecho de que lo único que se llevaron los cazadores furtivos del último de los rinocerontes de Vietnam haya sido el cuerno fue un claro recordatorio de un problema mayúsculo que enfrentan los programas de conservación. En muchos países del este de Asia se atribuyen propiedades medicinales al cuerno de los rinocerontes. En el Bencao Gangmu (Compendio de Materia Médica) del sabio chino Li Shizhen, escrito a finales del siglo XVI, se da cuenta de las supuestas propiedades medicinales del polvo de cuerno de rinoceronte para tratar desde fiebres hasta alucinaciones y pesadillas, pasando por vómitos, artritis, malestares de la garganta y sangrado rectal. Se recomienda también para prevenir y controlar envenenamientos, aunque se advierte que las mujeres embarazadas no deben usarlo, pues puede matar al feto. Más recientemente, al parecer debido a los relatos de viajeros europeos del siglo XIX, se le ha atribuido también al cuerno de rinoceronte propiedades afrodisíacas.

Cuerno de rinoceronte. Tibet, 1938. Archivo Federal Alemán

El reciente crecimiento de la economía china ha aumentado la demanda mundial por productos derivados de la fauna silvestre. El cuerno de rinoceronte y el marfil de los colmillos de elefante son de los productos que más preocupan a los grupos de conservación. En África, la cacería de elefantes y otros animales se ha incrementado notablemente, muchas veces asociada a la entrada de compañías de construcción chinas, según un reportaje del periodista Alex Shoumatoff. La reciente presión sobre las poblaciones de rinocerontes negros y la desaparición de la subespecie occidental sin duda son consecuencias directas de la demanda de cuernos de rinoceronte en los mercados asiáticos.

La parte más triste de esta historia es que las supuestas propiedades medicinales del cuerno de rinocerontes son seguramente falsas. Los cuernos de los rinocerontes están formados por queratina, el mismo tipo de proteína estructural que constituye las uñas y los pelos de los mamíferos. Aunque hay pequeñas diferencias en la composición química de las queratinas que provienen de diferentes partes del cuerpo o de diferentes poblaciones, la estructura básica es la misma, y a la fecha no se ha demostrado que la queratina sea eficaz en el tratamiento de ninguna enfermedad. Como los conservacionistas gustan de decir, en lugar de consumir polvo de cuerno de rinoceronte, uno podría simplemente masticar sus propias uñas y el efecto curativo sería exactamente el mismo: ninguno.

El Bencao Gangmu contiene remedios basados en hierbas y otros productos naturales cuya efectividad ha sido demostrada con estudios modernos. Sin embargo, el Compendio incluye también muchos errores, como el afirmar que el plomo no tiene ningún efecto negativo. Otro de sus errores, el del cuerno de rinoceronte, afecta no solamente a cientos de miles o millones de usuarios que creen encontrar en el polvo de queratina una cura para sus males, sino también a las cinco especies de rinocerontes. En este caso, la aplicación de un supuesto conocimiento tradicional acarrea gravísimas consecuencias para las poblaciones humanas y las animales.

Rinoceronte negro africano