Categoría: Historia y prehistoria

  • Los naranjos de Bernal y el «intercambio colombino»

    Los naranjos de Bernal y el «intercambio colombino»

    En julio de 1518, la expedición de Juan de Grijalva iba de regreso hacia Cuba luego de explorar las costas del Golfo de México. La flota hizo una parada cerca del río Coatzacoalcos, en el sureste del actual estado mexicano de Veracruz. Ahí, según relata Bernal Díaz del Castillo en su Historia verdadera de la conquista de la Nueva España,

    [c]omo había muchos mosquitos […], fuémonos diez soldados a dormir a una casa alta de ídolos. [a un templo de la población nativa].
    […]
    Y junto aquella casa sembré siete u ocho pepitas de naranjas que había traído de Cuba. Y nacieron muy bien: parece ser que los papas de aquellos ídolos [los sacerdotes del templo] les pusieron defensa para que no las comiesen hormigas, e las regaban e limpiaban desque vieron que eran plantas diferentes de las suyas.  He traído aquí esto a la memoria para que se sepa que estos fueron los primeros naranjos que se plantaron en la Nueva España […].

    Años después, cuando Bernal regresó a la región para establecerse ahí por un tiempo,  fue en busca de sus naranjos, los cuales trasplantó a su finca, «e salieron muy buenos». [1]

    Es muy probable que los naranjos de Bernal hayan sido las primeras plantas exóticas (no nativas) cultivadas en territorio de lo que hoy en día es México. [2] La historia de las naranjas y otros cítricos es un buen ejemplo de lo que el historiador Alfred Crosby llamó el intercambio colombino. [3] Con ese término, Crosby se refería a la transferencia entre continentes de productos naturales, costumbres, aspectos culturales, tecnologías y enfermedades que se dio a raíz de la llegada de los europeos al continente americano. 

    Naranjas

    Las naranjas

    Las naranjas de Bernal muy probablemente eran de la variedad agria o amarga, que era la más común en España, aunque no es originaria de ahí. El propio nombre de la planta permite rastrear el origen y periplo intercontinental de este cítrico. La palabra naranja proviene del sánscrito nāraŋga (que se refiere al naranjo, el árbol que produce las naranjas), lo que permite suponer que la planta es originaria del Asia oriental. La planta llegó a España pasando primero por Persia (donde se conoce como nārang) y los países árabes (donde existen las palabras nāranğ para el árbol y nāranğa para la fruta), para finalmente llegar a Europa desde el norte de África. De España, la naranja llegó a Portugal (donde es llamada laranja) y a los ducados italianos, donde se conoció como [la] arancia.

    En algún momento de la Edad Media se asoció la naranja con el oro (tal vez por los destellos de apariencia dorada de su cáscara) y la fruta se llamó aurantium en latín medieval (apelativo que conserva en su nombre científico, Citrus aurantium).  De esta palabra deriva el nombre en francés, inglés y neerlandés (orange, con distintas pronunciaciones en cada idioma).

    En los albores del siglo XVI los portugueses llevaron desde el lejano oriente dos nuevos tipos de cítrico, la naranja dulce o china (Citrus sinensis) y la naranja mandarina —es decir, de los mandarines (Citrus reticulata)—. Como esta última se cultivó primero en Tánger, en el norte de la actual Marruecos, la fruta se conoció en Europa como mandarina o tangerina. En la actualidad, la naranja dulce o china y la mandarina son las variedades más comunes, aunque la original variedad agria se cultiva en algunas regiones, principalmente para consumo local.

    El intercambio colombino y las naranjas

    Se puede decir que el intercambio colombino comenzó con el segundo viaje de Cristóbal Colón en 1494. En esta segunda expedición, el Almirante de la Mar Océano llevó a «las Indias» una gran variedad de plantas y animales para establecerlos en las colonias que había planeado establecer. Así, las embarcaciones del explorador venían colmadas con ovejas, cerdos, caballos, así como semillas y plántulas de numerosas especies vegetales.

    Algunas de estas plantas nunca se dieron en los ambientes de extremo calor y humedad de las islas caribeñas —en los primeros años de las colonias no hubo pan (no se dio el trigo), ni vino (la vid no prosperó), ni aceite de olivo. Otras plantas, por el contrario, prosperaron de inmediato y suplantaron a las especies nativas; pronto el paisaje de las islas colonizadas se transformó en extensos plantíos de caña de azúcar (importada de África), plátanos (traídos de Asia tropical), naranjas y otros cítricos.  «De árboles —escribió el padre Joseph de Acosta—, los que más generalmente se han dado allá [en las Indias] , y con más abundancia, son naranjos y limas, y cidras y fruta de este linaje […] Hay ya en algunas partes, montañas y bosques de naranjales». [4]

    Mercado_de_Naranjas
    Naranjas en el mercado de Sevilla, ca. 1891.  Xilografía de E. Buckman en The graphic. 2 de mayo de 1891. [Wikimedia Commons] . Nótese en primer plano los nopales (cactus introducidos desde el Nuevo Mundo).  De hecho, ni los animales de tiro, ni las telas y pigmentos de las vestimentas, ni los productos que se ofrecen son nativos de España.

    El éxito de estas primeras introducciones de plantas exóticas se vio nublado pronto por otro aspecto del intercambio colombino: el transporte de plagas y enfermedades. Justo cuando Bernal Díaz sembraba sus naranjos en Coatzacoalcos en 1518, comenzó en la isla Española un cataclismo ecológico de proporciones bíblicas, de acuerdo con las crónicas de la época. Bartolomé de las Casas reseña, por ejemplo, que todas las plantaciones de naranjas, granadas y otros cultivos fueron destruidos «de la raíz  para arriba» por lo que parecía una plaga de hormigas que al morder «causaban más dolor que las avispas cuando pican e hieren a los hombres». [5]

    ¿Realmente fueron las hormigas las causantes de la destrucción de los naranjales de la Española? En 2005, Edward O. Wilson propuso una explicación diferente.  [6] Con base en las crónicas de la época, y aplicando su amplio conocimiento sobre la fauna de artrópodos de las islas antillanas, Wilson especula que la introducción de plátanos africanos en 1516 trajo consigo una plaga para el resto de las plantas: los cocoideos o insectos escama, que son diminutos hemípteros que se alimentan de la savia de las plantas. La explosión en las poblaciones de hormigas que los colonizadores observaron se debió, de acuerdo con Wilson, a una respuesta a la superabundancia de los insectos escama. Este es probablemente el ejemplo más antiguo —apenas un par de décadas después de la llegada del explorador genovés— de un desastre ecológico provocado por el intercambio colombino.

    Las naranjas como símbolo del mestizaje

    Los naranjos que sembró Bernal, parte del intercambio colombino, han representado una metáfora de un proceso más general: el mestizaje y la fusión de dos culturas. «[E]l tiempo dejó que las dos sangres se fueran mezclando entre las mil peripecias que constituyen la historia —comenta Alfonso Reyes—, y el destino se sentó a esperar los resultados. Bernal Díaz del Castillo, ya gobernante en Guatemala, corta gozosamente los frutos de los siete naranjos cuyas semillas trajo de España (sic). Sobre la lenta embriología de las nuevas naciones, silencio y esperanza.» [7]

    El naranjoEn forma similar, en la serie de cuentos de El naranjo (1992), Carlos Fuentes usa la omnipresencia de la planta en diferentes regiones del orbe y a través de los siglos como un hilo conductor entre sus historias, todas ellas relacionadas con el aniversario quinientos de la llegada de los europeos al continente americano y del inicio del intercambio colombino y de la mezcla de culturas.

    Hoy en día, el estado de Veracruz es el principal productor de naranja en México. En 2017 había en el estado alrededor de ciento sesenta y ocho mil hectáreas cultivadas con naranjos, que produjeron más de dos millones de toneladas del cítrico. Un progreso notable a partir de los siete humildes naranjos sembrados por Bernal hace quinientos años en una oscura localidad de Coatzacoalcos.

    Referencias

    [1] El relato de Bernal Díaz del Castillo aparece en el capítulo XVI de la edición príncipe de la Historia verdadera (de aquí tomé el primer párrafo de la cita). En el llamado manuscrito de Guatemala, este pasaje está tachado, aunque es perfectamente legible (de aquí se toma el resto de la cita).  Las dos versiones han sido copiadas de la nota en la página 67 de la edición de la Historia verdadera, Academia Mexicana de la Lengua, 2014.

    [2] refiriéndonos, claro, a plantas ajenas al continente americano. Algunas plantas que se cultivaban en Mesoamérica provienen originalmente de otros lugares del continente, como el cacao, las guanábanas, algunos tubérculos, etc.

    [3] Crosby, A. W., Jr. 2003 [1973]. The Columbian exchange. Biological and cultural consequences of 1492. Praeger Publishers, Westport, Connecticut.
    Mann, C. C. 2011. 1493. Uncovering the New World Columbus created. Alfred A. Knopf, Random House.

    [4] Joseph de Acosta.

    [5] Bartolomé de las Casas.

    [6] Wilson, E. O. 2005. Early ant plagues in the New World. Nature 433:32.

    [7] Alfonso Reyes. 1957. Moctezuma y la «Eneida mexicana«. En «A campo traviesa», en la edición de las obras completas de Alfonso Reyes, Fondo de Cultura Económica, XXI: p. 457.

     

  • Se cumplen 500 años del regreso de los caballos a América del Norte

    Hace exactamente quinientos años, el 24 de marzo de 1519, los caballos regresaron a México.

    Ese día se produjo la primera escaramuza a gran escala entre la armada comandada por Hernán Cortés y un grupo militar del territorio de lo que hoy en día es México. La expedición de Cortés había llegado a  los humedales de la desembocadura del río Grijalva, cerca de donde hoy se encuentra el poblado de Frontera, Tabasco, y había encontrado resistencia por parte de un numeroso ejército de mayas chontales. El conquistador mandó preparar el armamento para una posible batalla, la que efectivamente se dio al otro día en la región de los pantanos de Centla.

    caballo conquista

    Entre las armas más poderosas de los invasores se encontraban dieciséis caballos, los primeros animales de su tipo que llegaban a la América continental. O, sería más preciso decirlo así, los primeros de su estirpe que regresaban al continente americano

    El grupo biológico de los caballos se originó en América del Norte hace 55 millones de años, y su evolución se dio prácticamente confinada a ese continente. Hace unos pocos millones de años un pequeño grupo de estos animales emigró al Viejo Mundo y originó todas las especies de caballos, cebras y asnos que sobreviven actualmente (que son seis o siete, dependiendo de la taxonomía que se acepte). Mientras tanto, en Norteamérica los caballos se extinguieron hace unos once mil años, al mismo tiempo que los mamuts y otros representantes de la fauna del Pleistoceno.

    el regreso del caballo

    De esta manera, cuando Cortés y su armada desembarcaron en Tabasco, no había habido caballos vivos en Norteamérica desde hacía once mil años. Los corceles del conquistador eran descendientes de caballos domesticados en el Viejo Mundo. En particular, los caballos españoles provenían de un stock del norte de África, introducido a España por los moros a partir de siglo VIII.

    En 2010 publiqué en la revista Ciencias [1] un ensayo sobre la historia evolutiva de los caballos. Reproduzco aquí un fragmento con la historia de los caballos de Cortés y su papel en la batalla de Centla. [2]

    Fragmento de El regreso del caballo: lo macro y lo micro en la evolución

    La Rabona vaciló al sentir el suave piso de los arenales de Centla. El confinamiento y falta de ejercicio habían hecho mella en aquella yegua rucia y el resto de los caballos que venían en la nave. Después de todo, el viaje por mar desde Cuba había sido largo, especialmente para esos nerviosos animales de guerra. Finalmente, luego de acostumbrarse de nuevo al terreno firme, la Rabona y sus compañeros corrían ágilmente por las extensas planicies de la desembocadura del río Grijalva. Era la tarde del 24 de marzo de 1519 y por primera vez en más de diez mil años la tierra mexicana se cubría con huellas de caballo.

    Al día siguiente, los dieciséis caballos que formaban parte del ejército de Hernán Cortés jugaron un papel central en la batalla de Centla, la primera escaramuza que el extremeño enfrentó en su extraordinaria aventura militar que culminó un par de años después con la caída del Imperio Mexica. Las huestes de Cortés, en número de unos quinientos, enfrentaron a un contingente de más de diez mil mayas chontales. Cuando la batalla parecía perdida apareció la caballería “y aquí — relata Bernal Díaz del Castillo— creyeron los indios que el caballo y el caballero eran todo uno, como jamás habían visto caballos”. El efecto fue espectacular y dramático. Los dieciséis jinetes causaron tal daño al ejército local que algunos soldados juraron haber visto al propio Apóstol Santiago comandando la caballería. “Lo que yo entonces vi y conocí — escribe en cambio el realista Díaz del Castillo— fue a Francisco de Morla en un caballo castaño, y venía juntamente con Cortés”. En poco tiempo, los guerreros indios huyeron despavoridos y Cortés había ganado la primera de muchas batallas en las que los caballos fueron protagonistas.

    Los primeros corceles españoles llegaron al Nuevo Mundo en el segundo viaje de Cristóbal Colón y todavía en el momento de la expedición de Cortés estaban confinados a La Española y Cuba y se contaban entre los bienes más caros en las incipientes colonias españolas. “En aquella sazón […] no se podía hallar caballos ni negros si no era a peso de oro”, explica Díaz del Castillo. En la Probanza de Villa Segura se asienta que Cortés había comprado una yegua por 70 pesos de oro y 150 puercos a un peso y dos reales cada uno. Otras partes del documento afirman que Cortés había desembolsado entre 450 y 500 pesos por cada uno del resto de los caballos, pero solo había gastado 600 pesos para el sueldo de todos los marineros y 200 para el del piloto mayor, Antón de Alaminos. ¿Por qué eran los caballos tan apreciados?

    Para contestar la pregunta basta leer las crónicas de la conquista de América. En cualquier batalla en terreno abierto la presencia de unos pocos soldados a caballo era suficiente para derrotar contingentes de miles de guerreros nativos. En México, Cortés y sus quinientos españoles lograron vencer a un ejército de veinte mil tlaxcaltecas, quienes posteriormente resultaron invaluables aliados del conquistador. En Perú, Pizarro logró la captura de Atahualpa en Cajamarca con un puñado de españoles y en contra de treinta mil elementos de la crema y nata del ejército inca.  Sin duda los españoles tuvieron una ventaja tecnológica con sus espadas y armaduras de hierro y con sus primitivas armas de fuego, pero es innegable el papel protagónico del caballo en la conquista de América.

    Gracias a la meticulosidad de Bernal Díaz del Castillo sabemos que además de la Rabona venían con Cortés otros quince caballos, desde el corcel de Cristóbal de Olid, castaño oscuro y “harto bueno”, hasta el de Baena, un ejemplar overo que “no salió bueno para cosa alguna” y el de Cortés, un castaño zaino que posteriormente murió en San Juan de Ulúa. Esta variedad en la complexión, la capa —color de pelaje— y temperamento de los caballos es un reflejo de la diversidad de formas comprendidas dentro de la categoría genérica de “caballo ibérico”, que incluye una gran variedad de formas, entre las que se encuentran las famosas razas lusitana y andaluza.

    Tanto entre las especies silvestres como entre las domesticadas, la única manera de entender la diversidad presente es estudiando el pasado. […] La historia evolutiva de los caballos, incluyendo la de los dieciseis corceles de Cortés comienza, irónicamente, en Norteamérica hace 55 millones de años.

    […]

     

    [1Arita, H. T. 2010. El regreso del caballo: lo macro y lo micro en la evolución. Revista Ciencias 97:46-55.

    [2] En 2019, el congreso del estado de Tabasco declaró oficialmente la conmemoración del Día de la Batalla de Centla el 25 de marzo de cada año.

  • Relatos del vanadio. La búsqueda de vida en Marte y la historia de un doble descubrimiento

    Relatos del vanadio. La búsqueda de vida en Marte y la historia de un doble descubrimiento

    Ford T
    Un Ford T de 1910

    El elemento 23 de la tabla periódica es el vanadio, un metal de transición usado en aleaciones para fortalecer el acero y aligerar piezas de algunas máquinas; de hecho, el primer uso sustancial del vanadio fue como parte del chasis de los automóviles Ford T de la década de 1910. Un compuesto de vanadio, el pentóxido vanádico (V2O5) se emplea como catalizador en la producción de ácido sulfúrico. En la mayoría de los seres vivos, el vanadio se encuentra en proporciones minúsculas, pero parece participar en las enzimas de algunos microorganismos, los cuales concentran el elemento para realizar sus funciones vitales.

    Esta capacidad de algunos microorganismos de concentrar vanadio ha llevado al desarrollo de una técnica que permitiría demostrar la presencia de vida (actual o en el pasado) en el planeta Marte.

    ¿Vanadio en microfósiles marcianos?

    Cuando se encuentre evidencia de vida en Marte, si es que se llega a encontrar, no será por el descubrimiento de restos de una civilización perdida o a través del contacto con «hombrecillos verdes». La búsqueda seria de vida en Marte involucra el estudio de posibles rastros de microorganismos que pudieron haber habitado el planeta rojo en tiempos remotos.

    Uno de los grandes retos en esta búsqueda de microorganismos fósiles es el de encontrar una serie de criterios que permitan distinguir sin sombra de duda entre un auténtico resto de microorganismo y una formación similar a un ser vivo pero generado por un proceso abiótico (físico o químico). Ya en pasadas misiones a Marte se han hallado impresiones semejantes en forma y tamaño a huellas de organismos que vivieron en el planeta Tierra hace millones de años. Sin embargo, aún no ha sido posible demostrar que tales muestras realmente provienen de seres vivos que en alguna época hayan habitado nuestro planeta vecino.

    Un equipo de geólogos y químicos encabezado por Craig P. Marshall,  de la Universidad de Kansas, ha propuesto recientemente tres procedimientos que podrían zanjar las dudas sobre la identidad de posibles restos de microorganismos. Primero, la muestra debe tener el aspecto, forma y tamaño que tienen los microfósiles conocidos de la tierra. Segundo, se debe demostrar la presencia de carbono. Finalmente, propone el equipo, se debería demostrar una concentración comparativamente alta de vanadio en las supuestas células fósiles. Por separado, o de dos en dos, estos criterios no son suficientes para demostrar la identidad de los microfósiles, pero si una muestra presenta las tres condiciones, la probabilidad de que su origen sea orgánico es muy alta.

    Los dos primeros criterios no requieren mayor explicación (todos los seres vivos forman células y están construidos con moléculas de carbono), pero ¿por qué el vanadio tendría algo que ver con la detección de microfósiles? Resulta que algunos organismos en la tierra, particularmente seres unicelulares fotosintéticos (las antes llamadas microalgas) tienden a concentrar vanadio en sus células, y hasta se ha sugerido que este elemento químico podría jugar un papel importante como componente de algunas enzimas o incluso como sustituto del magnesio en las moléculas de clorofila. Aún después de la muerte de los organismos se da un proceso de sustitución de magnesio por vanadio, lo que causa una acumulación de este metal en cantidades detectables para los modernos equipos de fluorescencia de rayos X.

    Marshall y su equipo ya han encontrado cantidades mensurables de vanadio en muestras fósiles que se han asignado sin duda a seres unicelulares similares a los dinoflagelados llamados acritarcos, que vivieron en el Devónico, hace unos cuatrocientos millones de años. Con estos resultados, ahora proponen incorporar una prueba de vanadio en los experimentos de detección de microfósiles planeados por la NASA para sus vehículos de exploración de Marte de la misión Mars 20/20,  que está en la agenda de la agencia espacial para partir de la tierra en el año 2020.

    mars rover
    Prototipo virtual del explorador Mars 20/20. NASA 2017, dominio público

    En el siglo XXI el vanadio podría ser un auxiliar indispensable en la búsqueda de vida extraterrestre. Hace doscientos años, en los albores del siglo XIX, los sabios de la época contaban apenas con herramientas rudimentarias para la identificación de los elementos químicos, entre ellos el vanadio. La historia del descubrimiento del vanadio comienza en un pintoresco pueblo del centro de México llamado Zimapán.

    El descubrimiento del vanadio

    El 11 de octubre de 2018 se anunció que Zimapán, un pequeño poblado del estado mexicano de Hidalgo, había sido integrado a la lista de «pueblos mágicos» de la Secretaría de Turismo. Los principales atractivos del municipio de Zimapán, según los comunicados de promoción, son sus escenarios naturales, su gastronomía tradicional y los vestigios históricos dejados por la centenaria actividad minera y metalúrgica de la región.

    Tal actividad comenzó pocos años después de la conquista de México, cuando los exploradores enviados por Hernán Cortés hallaron abundante plata en la región. Zimapán se convirtió pronto en uno de los más ricos veneros de metales preciosos de la Nueva España. Una de las primeras minas de la zona fue La Purísima, localizada en una localidad llamada El Cardonal. Durante siglos, de las vetas argentíferas de La Purísma se extrajeron cantidades ingentes de ricos minerales que abultaron significativamente las arcas españolas. Ya en los últimos años del virreinato, una muestra extraída de esta mina fue protagonista de una historia científica de la mayor importancia: el descubrimiento de un nuevo elemento químico.

    Del_Rio (1)

    En 1801 llegó al Real Seminario de Minería de la ciudad de México un espécimen proveniente de La Purísima, que fue prontamente examinado por Andrés del Río, el joven pero experimentado catedrático de geología y mineralogía del Seminario. Andrés Manuel del Río y Fernández había nacido en Madrid en 1764 y desde muy joven había mostrado dotes intelectuales excepcionales, lo que le permitió graduarse de bachiller de la Universidad de Alcalá de Henares a los 18 años. Posteriormente realizó estudios con los mejores químicos e ingenieros de minas de la época en París, en la Academia de Minas de Frieberg (en Sajonia, hoy parte de Alemania), en Schemnitz (actualmente en Hungría)  y en Londres. A raíz de la revolución francesa, y tras la ejecución de su mentor Antoine Lavoisier en 1794, del Río regresó brevemente a España. para después trasladarse a la Nueva España, en donde se incorporó al recién creado Real Seminario de Minería por invitación del primer director del colegio, Fausto Elhúyar, el co-descubridor del tungsteno o wolframio. 

    Del Río procedió a aplicar en la muestra de La Purísima (aquel «plomo pardo de Zimapán») las pruebas para separar metales que había aprendido en la academia de  química analítica de Schemnitz y no tardó mucho en darse cuenta de que el mineral contenía, además de plomo, algún otro tipo de componente cuyos compuestos presentaban variados colores, por lo que llamó pancromo («todos los colores») al misterioso metal y zimapanio al mineral del que lo había extraído. Semanas después, al obtener cristales de un color rojo muy vivo, del Río llamó eritrono (del griego erythró, rojo) a lo que, cada vez con mayor certeza, parecía ser un elemento químico desconocido.

    Andrés del Río detalló sus observaciones en una carta enviada a sus colegas franceses, pero la misiva se perdió en el naufragio del navío que la transportaba a Europa. La única descripción original del descubrimiento del nuevo elemento que sobrevive hasta nuestros días está escrita como notas en la traducción que del Río hizo de un texto alemán de geología, las Tablas de Kersten.

    HumboldtEn 1803, el barón Alexander von Humboldt arribó a la Nueva España para emprender un viaje de exploración y aprovechó la ocasión para visitar a su amigo Andrés del Río, a quien había conocido en la Academia de Minas de Frieberg.  Cuando del Río comentó a Humboldt sobre sus experimentos con el plomo pardo de Zimapán, el sabio germano replicó que el misterioso componente del zimapanio podría ser el cromo, un elemento descubierto en 1797 por Nicolas-Louis Vauquelin. Del Río se convenció de que el barón tenía razón, y por mucho tiempo pensó que su eritrono no era otra cosa que el cromo. De todas maneras, cuando Humboldt regresó a Europa llevó consigo un manuscrito de del Río en el que se detallaban sus observaciones y  una muestra del «plomo pardo de Zimapán» para que la analizaran los expertos franceses y germanos de la época.

    En 1830, el químico sueco Nils Gabriel Sefström, al estudiar muestras de hierro, logró aislar el cloruro de un metal desconocido, al que llamó vanadio en honor de Vanadis, una deidad escandinava de la belleza y la fertilidad. Sefström envió muestras de pentóxido de vanadio a su compatriota Jöns Jacob Berzelius, quien demostró que el vanadio era diferente del uranio. A su vez, Berzelius envió las muestras de vanadio a Friedrich Wohler, quien estaba reanalizando las muestras de plomo de Zimapán que el barón von Humboldt había llevado a Europa. Wohler mostró sin sombra de duda que el vanadio de Sefström era exactamente el mismo elemento que el eritrono de Andrés del Río. Berzelius escribió en 1831:

    This metal, recently discovered by Professor Sefström…has also been found in a mineral of Zimapán, in Mexico… Del Río had already analyzed this mineral in the year 1801… *

    zimapanioGeorge William Featherstonhaugh, el geólogo inglés considerado el padre de esa disciplina en los Estados Unidos, invitó en 1832 a del Río a publicar en el Monthly American Journal of Geology and Natural Sciences un recuento de su descubrimiento de 1801. En su contribución al Journal, del Río incluyó una traducción al inglés de las notas publicadas en su traducción de las Tablas de Kersten, así como su malestar por la manera en la que Humboldt y otros eruditos europeos parecían menospreciar su trabajo. La respuesta de Featherstonhaugh es una encendida defensa de la prioridad de del Río en el descubrimiento del nuevo elemento y una propuesta para honrar el nombre del mexicano y llamar rionium (rionio) al metal, en lugar del nombre de «una ridícula deidad escandinava que ni siquiera existe».

    A pesar de la demostración de que Andrés del Río era el verdadero descubridor del «vanadio», el nombre propuesto por Sefström se impuso y es con el que se conoce actualmente al elemento 23. Asimismo, el zimapanio se conoce oficialmente como vanadinita, y ahora se sabe que es un clorovanadato de plomo, Pb2Cl(VO4).

    Hoy en día se reconoce universalmente a Andrés Manuel del Río como el descubridor del vanadio, aunque es una lástima que los nombres que él propuso hayan quedado en el olvido. De todas formas, aunque su nombre no haya quedado grabado en la nomenclatura química oficial, Zimapán siempre será recordado, además de por ser un pueblo mágico, por ser el lugar de origen de las muestras que llevaron al descubrimiento del elemento 23.

    Nota

    * La cita es a una traducción al inglés del texto de Berzelius, tal como aparece en Caswell (2003), p. 38.

    Referencias

    Caswell, L. R. 2003. Andrés del Río, Alexander von Humboldt, and the twice-discovered element. Bulletin History Chemistry 28:35-41.

    Cintas, P. 2004. The road to chemical names and eponyms: Discovery, priority, and credit. Angewandte Chemie International Edition 43:5888-5894.

    del Río, A. M. 1832. The Brown lead ore of Zimapan. Monthly Journal of Geology and Natural Sciences, marzo de 1832:438-440.

    Del Río, A. M. 1835. Del zimapanio. Revista Mexicana, Periódico Científico y Literario 2(tomo I): 83-85 [Consultado en Trabulse 1985, pp. 181-184]

    Featherstonhaugh, G. F. 1832. Remarks [respuesta al comunicado de Andrés del Río]. Monthly Journal of Geology and Natural Sciences, marzo de 1832:440-444.

    Marshall, C..P. 2017. Imaging of vanadium in microfossils: A new potential biosignature. Astrobiology 17:1069-1076.

    Trabulse, E. (ed.). 1985. Historia de la ciencia en México. Cuarta Parte. Siglo XIX. Fondo de Cultura Económica. México.

    Uribe Salas, J. A. 2006. Labor de Andrés Manuel del Río en México: Profesor en el Real Seminario de Minería e innovador tecnológico en minas y ferrerías. Asclepio, Revista de Historia de la Medicina y de la Ciencia 58:231-260.