El huracán Patricia, Bartolomé de las Casas y la ciencia de los ciclones tropicales

Trayectoria del huracán Patricia, octubre 2015. Imagen de Wikipedia
Trayectoria del huracán Patricia, octubre 2015. Imagen de Wikipedia

El fin de semana pasado, el huracán Patricia acaparó las noticias en México y en otras partes del mundo. El huracán más poderoso en la historia del hemisferio occidental tocó tierra el viernes 23 de octubre en la costa del Pacífico de México. Aunque los daños resultaron cuantiosos en algunas zonas, la afectación fue mucho menor de lo que se había anticipado. La predicción del surgimiento y efectos de los huracanes es un asunto complicado, incluso con el conocimiento y la tecnología disponibles ahora. La predicción de las grandes tormentas era aún más difícil en 1502, cuando Don Nicolás de Ovando, comendador de Lares y gobernador de la isla de la Española, recibió una carta de Cristóbal Colón, Almirante de la Mar Océano.

El Gobernador estalló en ira al recibir la carta de Colón. La misiva solicitaba autorización para fondear en el puerto de Santo Domingo y además advertía que Ovando debía detener la partida de su flota de regreso a España, ya que se avecinaba una gran tormenta que podría destruirla por completo. El mes de junio de 1502 llegaba a su fin y Colón, en su cuarto y último viaje al Nuevo Mundo, se había visto obligado a acercarse a Santo Domingo a pesar de la prohibición expresa de sus majestades los Reyes Católicos Isabel y Fernando. Una de las cuatro carabelas de su flota, la Santiago, resultó inadecuada para el viaje de exploración y el Almirante deseaba trocarla en Santo Domingo. Además, Colón lo sabía, se avecinaba una gran tormenta, uno de esos ciclones tropicales que hoy en día llamamos huracanes.

A sus 51 años, Colón era ya un avejentado explorador, y el dolor en sus articulaciones reumáticas era para él clara señal de la proximidad de una tormenta. Además, el cambio en la presión atmosférica, la marea inusitadamente alta, el viento ligero pero continuo y los cirros en lo alto del cielo eran todos ellos presagios de la borrasca. La impresionante puesta de sol, que cubrió de tonos rosados el firmamento entero, además de las decenas de delfines y focas monje que se pudieron ver en la superficie del mar confirmaron la sospecha: era inminente la llegada de una gran tormenta.

huracan 1502Colón conocía ya la devastadora potencia de los ciclones tropicales del Atlántico norte. En 1495, un huracán azotó La Isabela, la incipiente colonia que el Almirante había establecido en la costa norte de lo que hoy en día es la República Dominicana. En palabras de Pedro Mártir de Anglería, “hubo inaudito torbellino de Levante, que levantaba hasta el cielo rápidos remolinos, que conmovía las raíces de los más grandes árboles y los volcaba. […] y dicen que aquel año entró el mar tierra adentro más de lo acostumbrado, y que se levantó más de un codo.” Los edificios públicos y la residencia de Colón, edificados con piedra, sufrieron fuertes daños pero subsistieron al meteoro. El resto de las habitaciones, que cada poblador había tenido que construir con madera y hojas de palma, fueron destruidas por completo y La Isabela fue abandonada. Al año siguiente, Bartolomé Colón fundó Santo Domingo de Guzmán, asentamiento en la costa sur que se convirtió en la nueva capital de las Indias.

Ahora, a finales de junio de 1502, el gobernador Ovando leía en voz alta la carta de Colón a sus subalternos. Los marineros y pilotos de la flota de Ovando, según relata Fray Bartolomé de las Casas, “burlaron dello y quizá dél; otros lo tuvieron por advino; otros, mofando, por profeta, y así no curaron de se detener”. Ovando no solo negó a Colón el permiso para refugiar sus carabelas en Santo Domingo, sino que ordenó la inmediata partida de su flota de una treintena de naves colmadas con oro y otros tesoros rumbo a España. En los primeros días de julio, cuando apenas habían dejado atrás la punta oriental de La Española, los navíos de Ovando se toparon con los violentos vientos del noreste producidos por el movimiento del huracán. Más de una veintena de las naves se perdieron en el mar, otras encallaron en los bajos de la costa y apenas tres o cuatro pudieron regresar a salvo a Santo Domingo. Mientras tanto, Colón fondeó sus cuatro carabelas en una bahía cercana a Santo Domingo y logró salvarlas, a pesar de que los vientos del huracán rompieron las amarras de tres de ellas.

Bartolomé de las Casas
Bartolomé de las Casas

Con la flota de Ovando se perdieron los grandes tesoros que se habían enviado a España, incluyendo la pepita de oro más grande encontrada hasta esa fecha y el equivalente en oro de 200 000 castellanos. La única nave de Ovando que logró llegar a España, la Aguja, era la que transportaba el factor del Almirante, es decir, el porcentaje del tesoro que correspondía a Colón y su familia. Los 4 000 pesos en oro que iban en la Aguja fueron entregados en su totalidad a Diego Colón, el hijo del Almirante. Ante esto, los enemigos de Colón declararon que el Almirante, tal vez usando algún tipo de hechicería, había provocado el huracán.

Esta acusación, y la idea de fondo de que algunos fenómenos sobrenaturales pueden provocar o detener tormentas, fueron rebatidas unas décadas después por Fray Bartolomé de las Casas. Incluso hace 500 años no era necesario ser hechicero, adivino o profeta para prever la venida de un ciclón tropical o para predecir sus terribles efectos. Fray Bartolomé, comentando sobre el episodio del huracán de 1502, escribió:

Y para esto, es aquí de saber que no es menester ser el hombre profeta ni adivino para saber algunas cosas por venir, que son efectos de causas naturales, sino basta ser los hombres instruidos y doctos en filosofía natural o en las cosas que por la mayor parte suelen acaecer tener experiencia. De los primeros son los astrólogos, que dicen, antes muchos días que acaezcan, que ha de haber eclipses, porque teniendo ciencia de los cursos y movimientos de los cuerpos celestiales, que son causas naturales de los eclipses, conocen que, de necesidad, de aquellas causas han de proceder aquellos efectos. […] De los segundos son los marineros que han navegado muchas veces, por las señales naturales que por la mar en el ponerse o salir el sol de una o de otra color, en la mudanza de los vientos, en el aspecto de la luna, que vieron y experimentaron muchas veces. […] Y así, como el Almirante destas causas y efectos y señales, de haberlas visto infinitas veces, tuviese larguísima experiencia, pudo conocer y tener por cierta la tormenta.

Hoy en día, la ciencia y las tecnologías de detección y monitoreo nos permiten conocer con mucha anticipación la aparición y evolución de los ciclones tropicales, así como prever sus posibles efectos. El huracán Patricia fue el ciclón tropical más intenso en la historia del hemisferio occidental, esto basado en la máxima velocidad sostenida de sus vientos (325 kilómetros por hora) y en la muy baja presión barométrica en su ojo (879 milibares o hectopascales). Entró a tierra en Cuixmala, Jalisco, a las 18:15 horas del 23 de octubre de 2015. La población en la costa occidental de México tuvo oportunidad de prepararse gracias a que el fenómeno se monitoreó con gran detalle desde su formación como área de baja presión el 14 de octubre. El seguimiento se hizo más detallado a partir de la transformación del meteoro en tormenta tropical (y su bautizo como “Patricia”) el día 21 y especialmente desde su repentina intensificación en las últimas horas del día 22 hasta alcanzar la categoría 5 en la escala Saffir-Simpson, unas horas antes de su entrada en tierra.

El huracán Patricia. Imagen: NASA
El huracán Patricia. Imagen: NASA

A pesar de que entre el paso a categoría 5 del huracán y su entrada a tierra transcurrieron menos de 24 horas, se tomaron extensas medidas preventivas. Estas, y el hecho de que el ojo del huracán penetró a tierra en una zona comparativamente poco poblada hicieron que las afectaciones fueran muy bajas en comparación con las expectativas que se tenían sobre los posibles efectos catastróficos de un huracán categoría 5. El recuento de los daños está aún en proceso, pero se sabe ya que no hubo muertes directamente atribuibles al fenómeno y que los daños, que ciertamente en algunos casos fueron de gran magnitud, se restringieron a una pequeña área cercana al punto de entrada del huracán.

En contraste, el llamado “Gran Huracán” o “Huracán México” de 1959 que tomó desprevenida a la población cuando entró de lleno cerca de Manzanillo, Colima, causó alrededor de 1800 muertes y daños en las poblaciones y en las áreas de cultivo que tomaron años en repararse. Los periódicos de la época recalcaron el dato de que 800 de los 1000 habitantes del pequeño poblado de Minatitlán, en Colima, murieron o desaparecieron durante el paso del huracán. También se habló de comunidades que permanecieron semanas enteras completamente incomunicadas por la destrucción de los caminos y el colapso de los servicios de electricidad y comunicaciones. Por los daños ocasionados se piensa que el Gran Huracán de 1959 pudo haber tenido una intensidad equivalente a la de un huracán de categoría 5, pero en la época no existían los instrumentos necesarios para medir ni la velocidad máxima sostenida del viento ni la presión en el ojo del huracán.

El huracán Patricia es demasiado reciente como para entender todas las razones que hicieron que el fenómeno no tuviera el efecto catastrófico que se esperaba, similar o mayor al del huracán de 1959. La disponibilidad de información y la cultura de prevención de desastres que en años recientes se ha desarrollado en México fueron, sin duda, factores que contribuyeron en forma importante a disminuir los efectos negativos del huracán. Los avances en los estudios científicos sobre el origen y el comportamiento de los huracanes permiten hoy en día contar al menos con unas horas o unos pocos días para que la población pueda prepararse y así disminuir considerablemente la magnitud de las afectaciones y la tasa de pérdida de vidas humanas.

Hoy en día, igual que en los tiempos de Fray Bartolomé de las Casas, no necesitamos invocar fenómenos sobrenaturales para predecir o aminorar el efecto de los desastres naturales. Gracias a los “hombres [y mujeres] instruidos y doctos en filosofía natural”, es decir, gracias a los científicos, no necesitamos la intervención de adivinos, profetas, hechiceros u otros charlatanes para estar preparados ante los desastres naturales.

Referencias
Casas, fray Bartolomé de las. (1965) Historia de las Indias, libro II. México, D.F., Fondo de Cultura Económica.
Morison, S. E. (1991) El Almirante de la Mar Océano. Vida de Cristóbal Colón, 2 edn. México, D.F.: Fondo de Cultura Económica.

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Las extinciones pleistocénicas y el verdadero descubrimiento de América

Los libros de historia nos dan una fecha precisa para el descubrimiento de América. Es más, las narraciones de Cristóbal Colón recogen incluso el nombre del primer español en avistar tierra del Nuevo Mundo. En la madrugada del 12 de octubre de 1492, Rodrigo de Triana, desde el puesto de vigía de La Pinta, logró divisar la costa de una de las islas de las Bahamas a la que los exploradores llamaron San Salvador. Posteriormente, el propio almirante Colón se adjudicó la primicia del descubrimiento, argumentando que la noche anterior él había observado brillos en el horizonte que le sugirieron, según él mismo relata, la presencia de tierra. En realidad, ni Colón ni De Triana fueron los primeros europeos en observar América: siglos atrás, los vikingos ya habían construido colonias en Groenlandia y habían explorado las tierras de lo que ahora es el norte de Canadá.

En cualquier caso, si se trata de adjudicar a alguien el título de “descubridor de América”, la distinción tendría que ser otorgada a alguno de los inmigrantes provenientes de Asia que hace más de diez mil años comenzaron la colonización del Nuevo Mundo. Hay que recordar que buena parte de la evolución temprana del género Homo se dio en África y, posteriormente, en Asia y Europa. Los primeros seres humanos en Australia llegaron ahí hace unos 40,000 años, pero América fue un territorio inexplorado por varios miles de años más.

Punta tipo Clovis. Virginia Dept. of Historic Resources

Existe controversia respecto al tiempo en el que se produjo este auténtico descubrimiento de América. Según una de la hipótesis, los primeros pobladores humanos habrían sido los grupos que desarrollaron la llamada tecnología Clovis y que habrían llegado a América hace unos 13,000 años. Las herramientas Clovis son llamadas así por un sitio en Arizona en donde se encontraron las piezas usadas en la primera descripción. Se trata de puntas de piedra talladas siguiendo un patrón particular en el que se logra un instrumento puntiagudo y afilado en los lados que se podía colocar en el extremo de una lanza de madera. Estas piezas constituyen auténticos trabajos de alta tecnología si se les compara con las rudimentarias piezas de piedra o hueso talladas rústicamente que se encuentran en sitios arqueológicos más antiguos.

Según la hipótesis que propone a los Clovis como los primeros pobladores de América, estas puntas habrían dado a sus poseedores la capacidad de cazar animales de gran talla, incluyendo los mamuts. La extinción de la llamada megafauna (mamíferos con un peso superior a 50 kg) se habría dado en gran medida, según esta hipótesis, por la intensa cacería de los grupos humanos con la tecnología Clovis. La extinción de unos quince géneros de mamíferos de gran tamaño se produjo al final del Pleistoceno, unos cuantos cientos de años después de la aparición de la tecnología Clovis. Entre los mamíferos extintos en este periodo destacan los mamuts y mastodontes, varias especies de caballos, camellos, ciervos, antílopes y perezosos, además de diversos carnívoros como lobos, felinos dientes de sable y osos de rostro chato.

Cacería de mamut. Museo Nacional de Antropología, México

Otras hipótesis hablan de colonizaciones anteriores a la cultura clovis, hace 20, 30 o incluso 50 mil años. Un par de artículos en la revista Science en mayo de 2008 presentaron evidencia sólida de la presencia humana con anterioridad a la tecnología Clovis. Tom Dillehay, de la Universidad Vanderbilt, y sus colaboradores fecharon fragmentos de algas marinas halladas en Monte Verde, en el sur de Chile, en más de 14,500 años antes del presente. Esto no sólo demuestra la presencia humana a 15 mil km del estrecho de Bering mil quinientos años antes de la aparición de los Clovis, sino que sugiere que en la dieta de los grupos humanos que se asentaron ahí el alimento marino era un componente fundamental. En el otro artículo de Science, Thomas Gilbert, de la Universidad de Copenhage, y sus colaboradores, encontraron en un sitio en Oregon, Estados Unidos, heces fecales humanas con restos de semillas y otros productos vegetales para las que establecieron una antigüedad de 14,400 años.

Más recientemente, el grupo de investigación de Michael Waters de la Universidad de Texas A&M ha acumulado evidencia de grupos humanos que colonizaron la costa de lo que ahora es Estados Unidos hace más de 15 mil años. En un artículo publicado en octubre pasado, Waters y sus colegas presentaron evidencia de la cacería de un mastodonte por un grupo pre-Clovis hace 13,800 años. En el sitio denominado Manis, el grupo de Waters encontró un pedazo de hueso de mastodonte incrustado en la costilla de otro mastodonte. La única explicación plausible para este hallazgo es que el pedazo de hueso extraño haya sido parte de un proyectil fabricado por una cultura que antecedió a la Clovis.

Toda esta evidencia apoya la idea de una o más colonizaciones de América con anterioridad a la aparición de la tecnología Clovis. Más aún, se está acumulando cada vez más evidencia de una posible ruta marina que permitió a estos primeros colonizadores llegar hasta los confines de Sudamérica en relativamente poco tiempo, mucho antes de lo que hubiera sido posible mediante una dispersión por vía terrestre. Algunos investigadores han propuesto antigüedades de 30 mil o más años para algunos sitios en México y América del Sur, pero estos datos requieren aún de verificación.

Lo que sí es un hecho es que la teoría que afirma que la extinción masiva de la megafauna a finales del Pleistoceno coincidió con la aparición de la tecnología que permitió a los grupos humanos cazar los grandes herbívoros ha sufrido importantes reveses en los últimos años. Es más probable que la desaparición de los grandes mamíferos pleistocénicos se haya debido a una combinación de factores naturales (como cambios en el clima y fluctuaciones en la distribución de los glaciares) y causados por el ser humano (como la cacería y la modificación de microambientes).

Referencias
Dillehay, T. D. et al. 2008. Monte Verde: Seaweed, food, medicine, and the peopling of South America. Science 320:784-786.
Gilbert, M. T. P. et al. 2008. DNA from pre-Clovis human coprolites in Oregon, North America. Science 320:786-789.
Waters, M. R. et al. 2011. Pre-clovis mastodon hunting 13,800 years ago at the Manis Site, Washington. Science 33:351-353.

Nota agregada el 5 de marzo 2012. Un artículo de Isabel Israde-Alcántara, de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, y colaboradores presenta evidencia de la colisión de un objeto espacial contra la Tierra hace 12,900 años. Los investigadores encontraron en sedimentos del lago Cuitzeo, en Michoacán, México, una capa con estructuras minerales que sólo pueden ser explicadas como productos de una colisión espacial que dejó marcas similares en otras partes de la Tierra. Como la antigüedad de la capa coincide con las extinciones de la megafauna pleistocénica, los autores sugieren que sus datos apoyan la hipótesis de que el choque de un cuerpo espacial pudo haber desencadenado cambios en el clima que condujeron a la extinción de los grandes mamíferos de la época.

Israde-Alcántara, I. et al. 2012. Evidence from central Mexico supporting the Younger Dryas extraterrestrial impact hypothesis. Proceedings of the National Academy of Sciences of the US, early edition, 10 pp. (publicado en línea el 5 de marzo de 2012).


El bisabuelo del tatarabuelo de Dawkins

Richard Dawkins. Foto: Shane Pope, Wikimedia Commons

Richard Dawkins es una de las figuras más controvertidas en las ciencias biológicas y su intersección con las religiones. En biología evolutiva, Dawkins es conocido principalmente por su libro El gen egoísta (1976) en el que se propugna un papel preponderante de los genes, más que de los individuos, en los procesos evolutivos. Como consecuencia, según Dawkins, las relaciones entre los individuos estarían dictadas en gran medida por el grado de parentesco, y por ende la proporción de genes en común, entre ellos. Además de ser conocido por su labor en la comunicación y la comprensión de la ciencia, Dawkins es famoso por su extrema postura antirreligiosa, expresada claramente en su obra El espejismo de Dios (2006), en el que describe lo que él llama un delirio de la gente religiosa que se aferra a sus creencias a pesar de las múltiples facetas negativas de la religión que Dawkins se asegura de describir con profusión.

Debido a estos antecedentes llamó mucho la atención del público una nota periodística publicada en la edición dominical de The Telegraph en la que se habla de un ancestro de Dawkins. Según la nota de Adam Lusher, Henry Dawkins, el bisabuelo del tatarabuelo de Richard Dawkins, amasó una considerable fortuna aprovechándose del tráfico de esclavos en Jamaica durante la primera mitad del siglo XVIII. Según se insinúa en el artículo, el Dawkins de nuestra época debería sentirse culpable por el origen de su riqueza heredada. 

Según relata Dawkins en la página de la fundación que lleva su nombre, en algún momento de la entrevista Lusher le preguntó a Dawkins si pensaba que la selección darwiniana tenía mucho que ver con los genes. Al recibir una respuesta positiva, Lusher habría dicho “Bueno, algunas personas dirían que usted podría haber heredado un gen esclavista de Henry Dawkins.” La exasperada respuesta de Dawkins fue “Usted claramente necesita una clase de genética; Henry Dawkins fue el bisabuelo de mi tatarabuelo, de manera que solo uno de cada 128 de mis genes podría proceder de él.”

Aquí Dawkins aplica la conocida fórmula de genética de poblaciones que muestra que con nuestros parientes más cercanos (nuestros padres o nuestros hermanos) compartimos aproximadamente la mitad de nuestros genes. Con cada uno de nuestros abuelos compartimos una cuarta parte de los genes, con los bisabuelos una octava parte, etc. Así, Dawkins comparte aproximadamente 1/128 de sus genes con Henry, su ancestro de séptima generación.

Lo que no rebate Dawkins es la posibilidad de un supuesto “gen del esclavismo”, un pedazo de información genética que haría a Dawkins, según la insinuación del periodista,  propenso a practicar la esclavitud. En cambio, Dawkins señaló que entre sus ancestros directos también se pueden encontrar religiosos anglicanos de los que claramente no habría heredado ningún gen de propensión a la religión.

Para muchos biólogos evolucionistas, toda esta discusión sobre los genes del esclavismo o los genes de la religión sería absurda. Las facetas del comportamiento humano son tan complejas y dependen de tantos factores que es ocioso pensar que atributos particulares, y mucho menos las propensiones sociales, puedan estar determinadas por un gen en especial. Sin embargo, algunos practicantes de la llamada psicología evolutiva defienden la idea de que varios de nuestros comportamientos fundamentales están determinados directamente por genes, y que algunos de estos genes son copias de aquellos que fueron seleccionados desde la prehistoria. Pienso que ningún científico defendería en un debate académico la idea de un gen en particular que tuviera que ver con la propensión a dedicarse a la trata de esclavos, pero esa fue la línea de argumentación del propio Dawkins, al menos para defenderse de los ataques del periodista de The Telegraph.

Parece ser que Dawkins fue también el que sacó a colación una implicación religiosa de la acusación de Lusher. Dawkins citó uno de los libros del Antiguo Testamento (Números 14:18) para dar un ejemplo de lo que él llama la moral torcida de los libros bíblicos. La referencia aparece también en el Éxodo 20:5-6, de donde la reproduzco en la versión de Nácar y Colunga:

[…] yo soy Yavé, tu Dios, un Dios celoso, que castiga en los hijos las iniquidades de los padres hasta la tercera y cuarta generación de los que me odian, y hago misericordia hasta mil generaciones de los que me aman y guardan mis mandamientos.

Sello conmemorativo de la abolición de la esclavitud en Jamaica

¿Es Richard Dawkins responsable de las acciones de un ancestro de séptima generación? ¿O en general somos nosotros responsables por las acciones de nuestros abuelos o padres? Supongo que ningún abogado serio entablaría un juicio en contra del Dawkins de nuestra era por posibles crímenes de su ancestro cometidos hace 300 años, sobre todo considerando que tales acciones no eran consideradas inmorales ni ilegales en ese tiempo. Empero, el reportero parece sugerir que algunos pobladores de Jamaica merecerían algún tipo de retribución por el trato denigrante que sus antepasados pudieran haber sufrido a manos del Dawkins del siglo XVIII.

Una discusión más profunda de la responsabilidad que podemos tener por las acciones de nuestros parientes o ancestros tiene ramificaciones importantes para los cristianos. A final de cuentas, la manera en la que las diferentes escuelas filosóficas del cristianismo interpretan el pecado original tiene que ver con esa posible heredabilidad de las responsabilidades y las culpas. Según Agustín de Hipona (San Agustín), todos los seres humanos debemos responder por la caída en tentación de Adán y Eva y somos tan culpables de su desacato como ellos mismos. Varias de las sectas cristianas más conservadoras reconocen como cierta la interpretación de San Agustín. La Iglesia Católica ofrece una visión diferente en la que el pecado original es más bien un “estado” (un estado de pecado) y no tanto una acción que merezca castigo o genere responsabilidad a perpetuidad a todos los descendientes de Adán y Eva.

Por supuesto, para los seculares todo el debate cristiano acerca del pecado original es tan bizantino e irrelevante como la discusión bizantina primordial sobre el sexo de los ángeles. Lo interesante del caso de Henry Dawkins es el uso de supuestos argumentos genéticos del reportero para provocar a Dawkins y la utilización de argumentos religiosos de Dawkins para defenderse de Lusher. Usados fuera de contexto, los dos tipos de argumentos pueden convertirse en peligrosas falacias.

[Nota]
Henry Dawkins es tanto el bisabuelo del tatarabuelo de Richard Dawkins como el tatarabuelo de su bisabuelo, es decir, el ancestro de séptima generación del Dawkins actual. No parece haber en español una palabra para describir esa relación; rebisabuelo, transbisabuelo y tresabuelo son sinónimos de tatarabuelo (según María Moliner). El padre del tatarabuelo podría ser el transtatarabuelo, de manera que Henry podría ser descrito como el trans-trans-transtatarabuelo o trans-tatara-tatarabuelo de Richard.
Por cierto, contrariamente a lo que piensan algunos, un chozno no es el padre de un tatarabuelo, sino el hijo de un tataranieto.

Sirenas míticas, vivas y extintas

Sirenas y el arca de Noé. Biblia de Nurenberg 1483. Nótese el perro sirena.

Si en tierra firme los unicornios son los seres míticos por excelencia, en los mares ese papel sin duda pertenece a las sirenas. En las mitologías de todo el mundo aparecen criaturas parcialmente humanas que son capaces de vivir bajo el agua y que generalmente libran extraordinarias aventuras submarinas.

Curiosamente, las sirenas de la mitología griega, como las que asediaron a los hombres de Ulises en su viaje de retorno de Troya, se representaban más bien con forma humana pero con alas y su atributo principal era su irresistible canto. En inglés y otros idiomas se distingue entre este tipo de sirenas (sirens) y las más conocidas que son mitad mujer y mitad pez (mermaids). Existen historias de sirenas o seres similares en relatos asirios de casi tres mil años de antigüedad, en algunos cuentos de Las mil y una noches, en escritos chinos e indios, en leyendas medievales europeas y en las tradiciones de varias culturas de América y de África.

"Manatus latirostris" Johann Andreas Fleischmann

Cuando los viajeros europeos comenzaron a explorar los mares tropicales de África y de Asia, se toparon con animales reales que les recordaban en todos sentidos a las sirenas sobre las que habían escuchado en los relatos de la época. Se trataba de los dugongos de los océanos Índico y Pacífico y de los manatíes del Atlántico africano. Estos mamíferos marinos son clasificados en el orden Sirenia, un nombre que hace alusión a su semejanza con las sirenas de las leyendas. Los sirenios tienen un cuerpo rechoncho de varios cientos de kilogramos, carecen de extremidades posteriores y su cola está transformada en una poderosa aleta. Se trata de mamíferos que se alimentan exclusivamente de pastos marinos, por lo que están restringidos a las aguas someras cercanas a los continentes en donde pueden encontrar alimento. No es difícil imaginar la sorpresa con la que los marinos del siglo XV habrían observado a estos dóciles animales, tomándolos sin la menor duda como auténticas sirenas.

Después del descubrimiento de América, los viajeros europeos se toparon con una tercera especie de sirenio, el manatí del Caribe, que se distribuye en la costa atlántica de América, desde Brasil hasta el sur de los Estados Unidos. De hecho, Cristóbal Colón observó tres de estos animales en enero de 1493 cuando navegaba en las cercanías de la isla Española. El almirante genovés describió los animales como sirenas, aunque comentó que “no eran ni la mitad de bellas de lo que las pintan.” Los exploradores portugueses descubrieron posteriormente otra especie de manatí habitando las aguas del río Amazonas.

En 1741, la expedición de Vitus Bering a los mares del Ártico descubrió –para la ciencia europea– un tipo de sirenio muy especial. La vaca marina de Steller, llamada así en honor del naturalista que acompañó a Bering en sus viajes, era un gigante entre los sirenios pues llegaba a medir hasta nueve metros y pesar más de seis toneladas. La docilidad de este animal y la ferocidad con la que fue cazado por los viajeros europeos llevaron a la especie a la extinción menos de 27 años después de su descubrimiento para la ciencia.

 Aunque los sirenios como grupo tienen una distribución amplia en los mares tropicales, en un lugar particular nunca se puede encontrar más de una especie. Los manatíes se encuentran en las costas del Atlántico (dos especies en América, una en África), mientras que el dugongo es característico del océano Índico del Pacífico de Asia y Oceanía. La vaca marina de Steller, por su parte, se restringía a los mares fríos del Pacífico norte. Sin embargo, un estudio reciente ha recalcado el hecho de que en el registro fósil existe evidencia de que en el pasado los sirenios eran más diversos.

La diversidad de sirenios en el pasado. Ilustración de Carl Buell (http://carlbuell.com)

Jorge Vélez-Juarbe y sus colaboradores examinaron el registro fósil de los dugóngidos en los últimos 26 millones de años y analizaron tres casos en los que se puede documentar la co-existencia de especies bien diferenciadas de sirenios. En cada uno de los sitios,  uno del Oligoceno de Florida, uno del Mioceno en la India y otro del Plioceno de México habitaban al menos tres especies de dugongos de diferentes tamaños. El análisis morfológico sugiere que las especies se diferenciaban no sólo por el tamaño sino por la especialización en su alimentación. Estos datos corroboran cómo la baja diversidad de sirenios que vemos en la actualidad en realidad es una excepción en la historia evolutiva del grupo. Las sirenas reales, o mejor dicho los animales del orden Sirenia, fueron mucho más diversos en el pasado.

Referencias
Velez-Juarbe J , Domning DP , Pyenson ND. 2012. Iterative evolution of sympatric seacow (Dugongidae, Sirenia) assemblages during the past ∼26 million yearsPLoS ONE 7(2): e31294.
La página de Carl Buell en Facebook contiene bellas ilustraciones científicas, incluyendo la de los sirenios fósiles.

El pez mulier

“El pez mulier tenía la figura de una mujer de medio cuerpo arriba; y de pescado común, de medio cuerpo abajo”.[1]  Estas palabras, atribuidas por el jesuita Miguel del Barco en su Historia natural y crónica de la antigua California al misionero Victoriano Arnés, describen lo que el propio del Barco describe como “el pez más raro, que en esta misma costa se ha visto”.  La ilustración que acompaña al texto de del Barco llama a la risa tanto por el curioso nombre que se le aplica como por los evidentes errores anatómicos.

El dibujo está inspirado en la descripción que Arnés, misionero del siglo XVIII, hace de un cuerpo que fue hallado, “seco y aplastado, como un bacalao”, en la bahía de Santa María, en lo que ahora es el estado de Baja California.  La ilustración original, sin embargo, es del padre Ignacio Tirsch.[2] En el dibujo se exagera el carácter dual de la bestia: los enormes pechos con erectos pezones contrastan vivamente con la aleta dorsal, las escamas y la cola de pez.  La cara redondeada, los ojos enormes y la velada sonrisa del animal le dan un carácter aún más jocoso (¿se trata acaso de una Mona Lisa del mar?).

        La ilustración en realidad muestra una fuerte dosis de imaginación por parte del dibujante, dado que la descripción original del misionero es poco precisa y recalca, por ejemplo, que el propio misionero no recordaba si había visto los pezones de la misteriosa nereida.  Todos los supuestos avistamientos de sirenas han sido atribuidos a la imaginación desbordada de los marineros al observar manatíes (Trichechus) o dugongos (Dugong), mamíferos clasificados apropiadamente en el orden Sirenia. Existen en la ilustración de del Barco numerosas inconsistencias con la realidad de la anatomía de los sirenios.  Por ejemplo, estos animales carecen de escamas y de aleta dorsal, además de que su cola se mueve de arriba a abajo y no de lado a lado, como se podría inferir del dibujo.  Por supuesto, los sirenios no poseen pechos tan desarrollados ni un rostro tan curioso como el presentado por del Barco.

        Existe una inconsistencia mucho mayor.  La idea de que el pez mulier de del Barco haya sido un sirenio tiene poco sustento en lo que se sabe de la distribución de estos animales.  Las dos especies de manatí en el Nuevo Mundo se distribuyen exclusivamente en las aguas del Atlántico, y una tercera es propia del Africa occidental.  Los dugongos se distribuyen únicamente en el Viejo Mundo.  ¿Fue un sirenio el animal que inspiró la descripción del pez mulier?

        Existe una posibilidad remota.  El único sirenio que en tiempos históricos ha habitado las costas del Pacífico en América del Norte es la vaca marina de Steller (Hydrodamalis gigas).  Hasta donde se tiene conocimiento, esta especie habitó únicamente los helados mares del estrecho de Bering y fue llevada a la extinción a finales del siglo XVIII por la cacería desmedida.  ¿Será posible que la vaca marina de Steller haya habitado las costas de Baja California?  Otra posibilidad sería que el misterioso pez mulier haya sido una vaquita marina (Phocoena sinus) varada accidentalmente en la playa.  Sin embargo, la bahía de Santa María se encuentra en la costa del Pacífico de Baja California, mientras que la vaquita se conoce únicamente del mar de Cortés.

        Es posible que nunca conozcamos la identidad real del pez mulier.  El animal seguirá observándonos desde la ilustración del libro de del Barco, sonriéndose burlonamente de nuestra ignorancia sobre los misterios de la naturaleza.

[Esta nota apareció en 1997 en la revista Ciencias 45:54-56 como parte de un “díptico zoológico”. Se reproduce sin cambios mayores, excepto detalles de formato]

[1] Las citas a del Barco están tomadas de Trabulse, E.  1985.  Historia de la ciencia en MéxicoSiglo XVIII.  Conacyt/Fondo de Cultura Económica.  México.
[2] Se puede encontrar más información sobre las ilustraciones de Ignacio Tirsch en este ensayo de Miguel León Portilla.

Los elefantes del Sultán de Sulu

Elefantes en la corte del rajá de Travancore, India, 1841

A principios de julio de 1521 la expedición originalmente liderada por Fernando de Magallanes arribó a la isla de Borneo. Apenas unas semanas antes, el 27 de abril, el capitán Magallanes había muerto durante una desafortunada escaramuza con los Lapu-Lapu, los habitantes indígenas de la isla de Mactán, que hoy en día es parte de la Filipinas. El 15 de julio, una delegación de los visitantes fue recibida en el palacio de Siripada, el rajá de Burné (Borneo). La corte del rajá, pletórica de oro, perlas, seda y porcelana, llenó de asombro a los europeos que por primera vez llegaban a esas tierras. Se hablaba de la existencia de un par de perlas del tamaño de un huevo y de otras riquezas inimaginables. Antonio Pigafetta, cronista de la expedición, narra la extraordinaria experiencia en su libro Primer viaje en torno del Globo:

Al llegar a la ciudad tuvimos que esperar dos horas en la piragua a que vinieran dos elefantes cubiertos con gualdrapas de seda y doce hombres con sendos vasos de porcelana cubiertos de seda para colocar en ellos los regalos.

La de Pigafetta es la primera mención por un europeo de los elefantes de la isla de Borneo. Resulta un misterio que cronistas posteriores de expediciones europeas no mencionan para nada a los paquidermos de la isla, dado que existe una pequeña población de un poco más de un millar de estos animales en las tierras bajas del noreste de la isla, principalmente en la región malaya de Sabah y en las zonas adyacentes de la región de Kalimantán, Indonesia.

Distribución del elefante asiático. Mapa: IUCN

El elefante asiático se distribuye actualmente en poblaciones aisladas en India, el sureste del continente y en las islas de Sri Lanka, Sumatra y Borneo. Los elefantes de esta última población, por su lejanía del resto de los grupos, ha llamado siempre la atención de los esfuerzos de conservación. Hace unos años, un estudio comparativo de DNA (Fernando et al. 2003) demostró que los elefantes de Borneo representan una línea que se separó de las poblaciones del sureste de Asia y de Sumatra hace unos 300,000 años. Ante esta evidencia, los esfuerzos de conservación en Borneo se incrementaron.

Años más tarde, en 2008, el Conde de Cranbrook, quien es curador honorario en el museo de Historia Natural de Sarawak, Malasia, y sus colaboradores, propusieron una interpretación alternativa a los resultados del estudio molecular. Cranbrook et al. señalaron que en Borneo no hay rastros de elefantes en sitios arqueológicos y que el reporte de material encontrado en una cueva con depósitos de 45,000 años de antigüedad es dudoso. Por el contrario, en la isla de Java, en donde los elefantes desaparecieron poco después de la llegada de los europeos, hay evidencias de la existencia de estos animales tanto en sitios arqueológicos como en depósitos de decenas de miles de años de antigüedad.

Elefante de Borneo. Fernando et al. 2003

Cranbrook y sus colegas proponen que los elefantes de Borneo son descendientes de la población de Java. Según esta hipótesis, los elefantes de Borneo habrían sido importados por los diferentes rajás de Sulu durante el siglo XV, o incluso podrían haber sido parte de ostentosos obsequios por parte del rajá de Java a su contraparte en Sulu. El sultanato de Sulu prosperó en las islas del sur de lo que hoy en día son las Filipinas y en el norte de Borneo. Se sabe por registros históricos como el de Pigafetta que los elefantes eran elementos comunes en las cortes de la región, aunque es claro que este animal no es natural en las islas de Filipinas. De acuerdo con la hipótesis de Cranbrook y sus colegas, los elefantes de Borneo serían descendientes de animales que habrían escapado del cautiverio y serían en realidad descendientes de animales provenientes de Java. Esta explicación es consistente con los resultados del estudio molecular, ya que los elefantes en Java podrían haber evolucionado independientemente de las poblaciones del Asia continental, generando un patrón como el encontrado por ese estudio.

Si Cranbrook y sus colaboradores están en lo correcto, los elefantes de Borneo serían un ejemplo muy curioso de supervivencia de un animal muy particular, el elefante de Java, en un sitio lejano al de su origen. El movimiento habría resultado además como consecuencia de la vanidad de los sultanes de Sulu por poseer estos animales en sus cortes.

Referencias
Cranbrook, Earl of, J. Payne, C. M. U. Leh.. 2008. Origin of the elephants Elephas maximus L. of Borneo. Sarawak Museum Journal.
Fernando P., et al. 2003. DNA Analysis Indicates That Asian Elephants Are Native to Borneo and Are Therefore a High Priority for ConservationPLoS Biol 1 (1): e6.
International Union for Conservation of Nature (IUCN). http://www.iucnredlist.org/. Mapa obtenido el 4 de febrero de 2012.
Pigafetta, A. (1922) Primer viaje en torno del Globo. Traducción de Federico Ruiz Morcuende. Madrid, Calpe. (Edición del cuarto centenario del viaje de Magallanes).

La rata de Américo Vespucio

Américo Vespucio

Una de las figuras más controvertidas en la historia de la exploración del mundo es sin duda la de Américo Vespucio, navegante florentino que trabajó al servicio de las cortes portuguesa y española durante los años del descubrimiento de las tierras del Nuevo Mundo. En 1507, el geógrafo y cartógrafo alemán Martin Waldseemüller publicó un mapa en el que las nuevas tierras localizadas al oeste del Océano Atlántico eran llamadas “América”, haciendo honor a Vespucio, quien supuestamente había sido la primera persona en percatarse de la existencia de un nuevo continente.

La figura de Vespucio se ha visto desde entonces rodeada de dudas sobre la verosimilitud de los relatos que han exaltado su contribución al conocimiento de la geografía del continente que lleva su nombre. Los escritos atribuidos a Vespucio que sobreviven hasta nuestros días no hacen sino alimentar la controversia, ya que están plagados de contradicciones, descripciones confusas y fechas inverosímiles. En años recientes se ha sugerido que extensas secciones de esos escritos corresponden en realidad al trabajo de editores que añadieron material, en muchos casos ficticio, a los escritos originales de Vespucio.

Uno de esos controvertidos relatos corresponde con el llamado cuarto viaje de Vespucio, descrito en la Lettera di Amerigo Vespucci delle isole nuovamente trovate in quattro suoi viaggi o “Carta de Américo Vespucio sobre las nuevas islas descubiertas durante sus cuatro viajes”. El viaje, si es que realmente tuvo lugar, fue encomendado por Manuel I de Portugal y comandado por el capitán Gonzalo Coelho. Después de partir de Lisboa el 10 de mayo de 1503, la expedición pasó por Cabo Verde y por Sierra Leona en la costa Africana, para de ahí enfilar hacia las tierras recién descubiertas por Pedro Alvares Cabral en lo que hoy es Brasil. El 10 de agosto, día de San Lorenzo, estando a tres grados de latitud sur, los viajeros se encontraron con “una isla en la mitad del mar, muy alta y bella en su configuración”, según se narra en la Lettera, que continúa:

Encontramos que la isla estaba desierta, con abundancia de agua dulce, numerosos árboles y llena de aves terrestres y marinas en incontable cantidad. Eran tan mansas que las podíamos tomar con las manos. Cogimos tantas que pudimos llenar una de las lanchas con estos animales. No vimos otra cosa que ratas de gran tamaño, lagartijas con dos colas y algunas serpientes.

Probable ruta del cuarto viaje de A. Vespucio. Mapa Google Earth

La isla a la que se hace alusión es sin duda la mayor del archipiélago de Fernando de Noronha, localizado a unos 350 km de la costa brasileña y a poco menos de cuatro grados de latitud sur. El archipiélago y la isla más grande llevan el nombre de Fernão de Loronha, comerciante de la época que probablemente haya sido el patrocinador de la expedición. Loronha era el principal impulsor de la explotación del palo brasil (Caesalpinia echinata), un árbol del que se extraía una valiosa tintura roja y que dio posteriormente nombre al país.

Existen serias dudas sobre la veracidad del relato en la Lettera. Para empezar, en el mapa de Cantino de 1502 ya aparece la isla de Fernando de Noronha con el nombre Sāo Joāo da Quaresma. Resulta inverosímil que Vespucio, avezado navegante,  no hubiera conocido el dato cuando supuestamente arribó a la isla en 1503 o posteriormente cuando escribió la Lettera. Otro argumento que se esgrimió por mucho tiempo es que los exploradores de los siglos posteriores a Vespucio nunca encontraron señales de las ratas de gran tamaño (topi molti grandi) que menciona la Lettera.

Trachylepis atlantica. Foto: Jim Skea, Wikimedia

A finales del siglo XIX, cuando la isla funcionaba como prisión, los naturalistas John Branner y H. N. Ridley visitaron el archipiélago. Además de las aves, los únicos vertebrados nativos de la isla que se conocían eran una lagartija escíncida (Trachylepis atlantica) y una anfisbena (Amphisbaena ridleyi), que podrían corresponder con las lagartijas y las serpientes mencionadas en la Lettera. Las lagartijas de dos colas probablemente eran individuos que estaban en proceso de regenerar la cola luego de un percance y las anfisbenas tienen un aspecto que semeja a las serpientes, aunque no pertenecen a ese grupo de animales. Branner y Ridley encontraron las islas infestadas de ratas y ratones, pero claramente estas eran ratas comunes (género Rattus) y ratones domésticos (Mus musculus) que habían llegado junto con los primeros colonizadores. Los dos naturalistas mostraron su asombro ante la cantidad de roedores. “Es simplemente imposible visualizar, sin haberlo observado y experimentado, cómo  los ratones pueden existir en tales cantidades”, escribió Branner al describir la plaga de roedores en la isla Rapta. Las ratas de gran tamaño de Vespucio, en cambio, parecían haberse desvanecido sin dejar rastro.

En 1973, Storrs Olson, ornitólogo de la Institución Smithsoniana en Washington, encontró restos óseos de un roedor en la parte noreste de la isla de Fernando Noronha. Años más tarde, en 1999, Michael Carleton y Olson describieron formalmente los huesos como pertenecientes a una nueva especie de rata, a la que llamaron Noronhomys vespuccii (la rata de Noronha de Vespucio). Carleton y Olson ubicaron la nueva especie dentro de un grupo de roedores de Sudamérica que se caracterizan por su gran tamaño; se estima que Noronhomys tenía un peso de unos 250 gramos, siendo entonces bastante más robustas que las ratas comunes, que normalmente pesan unos 150 gramos.  Aunque Noronhomys ya no se encuentra en la isla, es muy probable que en el  momento de la llegada de los europeos existiera todavía una población numerosa que se habría extinguido posteriormente por la introducción de ratas comunes y animales domésticos. Es muy probable que las “ratas de gran tamaño” que observó Vespucio hayan sido, en efecto, de la especie que ahora lleva su nombre.

El re-descubrimiento de las ratas nativas de Fernando de Noronha aporta elementos tanto para el estudio histórico como natural de las islas. Por un lado, muestra que la persona que escribió la Lettera —haya sido éste el propio Vespucio o no– seguramente visitó la isla u obtuvo la información de un testigo de primera mano. Por el lado de las ciencias naturales, el archipiélago de Fernando Noronha sigue siendo una fuente de enigmas. Aunque los parientes más cercanos de las ratas nativas son roedores sudamericanos, los ancestros de las lagartijas parecen tener un origen africano, según estudios recientes. Tanto Vespucio como la isla que supuestamente visitó en 1503 permanecen envueltos en cierto aire de misterio y controversia.

Referencias
Branner JC
. 1888. Notes on the fauna of the islands of Fernando de Noronha. The American Naturalist 22:861-871.
Carleton, MD y SL Olson. 1999. Amerigo Vespucci and the rat of Fernando de Noronha: A new genus and species of Rodentia (Muridae: Sigmodontinae) from a volcanic island off Brazil’s continental shelf. American Museum Novitates 3256:1-59.
Ridley HN. 1890. Notes on the zoology of Fernando Noronha. Journal of the Linnean Society of London, Zoology 20:473-570.