Categoría: Historia y prehistoria

  • Santa Rosalía, la cabra siciliana y las hienas inglesas

    Santa Rosalía, por Anton van Dick

    En 1624 la peste azotó Palermo, causando miles de muertes.  Los agobiados habitantes de la ciudad siciliana encontraron un rayo de esperanza cuando se escucharon rumores de que un cazador había recibido en sueños la visita de una misteriosa mujer que había vivido en la zona casi 500 años atrás.  Rosalía de Palermo, supuesta descendiente de Carlomagno establecida en Palermo a mediados del siglo XII, decidió a temprana edad retirarse al monte Pellegrino de Sicilia para dedicarse a la adoración de Dios y morir en la soledad.   Nadie supo de ella hasta que el cazador afirmó en 1624 haber recibido instrucciones precisas para buscar los restos de Rosalía en una cueva y llevarlos a Palermo.  De hacerlo así, la peste cedería gracias a la interseción de la mujer ante Dios.

    Según cuenta la tradición, el cazador en efecto halló los restos de Rosalía, los cuales fueron exhibidos en el pueblo.  Sin embargo, no fue hasta que se organizaron procesiones con aquellos vetustos huesos que, milagrosamente, la plaga terminó.  Los habitantes de la ciudad regresaron a la vida normal, no sin antes construir un santuario en Pellegrino para resguardar las reliquias de la prodigiosa mujer.  Hoy en día, Santa Rosalía de Palermo es venerada en todo el mundo católico y es invocada principalmente para la curación de enfermedades infecciosas.

    Ya en el siglo XX, el nombre de Santa Rosalía entró al lexicón de la ecología y la biología evolutiva cuando G. E. Hutchinson publicó en 1959 su famoso ensayo titulado «Homenaje a Santa Rosalía o ¿Por qué hay tantas especies de animales?»  En él, Hutchinson propuso la existencia de una serie de mecanismos que permitían la convivencia de especies similares en el mismo ambiente, desencadenando así la evolución de numerosos tipos de animales.  En el ensayo, Hutchinson explica que la observación de dos especies de insectos en una poza cercana al santuario de Santa Rosalía lo inspiró para plantear su hipótesis, y propuso que Rosalía de Palermo fuese la santa patrona de los estudios ecológicos y evolutivos.

    En los años 1980s, las ideas de Hutchinson sobre los mecanismos de coexistencia de las especies fueron sujeto de un escrutinio pocas veces visto.  En uno de los artículos publicados para refutar a Hutchinson, los autores Daniel Simberloff y William Boecklen incluyeron una referencia al descubrimiento en el siglo XIX de que las supuestas reliquias de Santa Rosalía no podían haber pertenecido a ella porque en realidad eran ¡huesos de cabra!  Un reportaje publicado en la revista Science en 1984 en el que se reseña la controversia entre la escuela de Hutchinson y la de Simberloff lleva el inusual título de «Santa Rosalía era una cabra».  Por supuesto, la propuesta de adoptar a Santa Rosalía como santa patrona del oficio no ha encontrado eco entre los ecólogos y los biólogos evolucionistas.

    William Buckland (1784 – 1856)

    La historia de la cabra y Santa Rosalía es narrada en un libro de 1894 en el que se recopilan las cartas de William Buckland, un pastor protestante y renombrado naturalista inglés de la primera mitad del siglo XIX.  Buckland es recordado por haber escrito la primera descripción completa de un dinosaurio y por sus meticulosos estudios geológicos y paleontológicos.  En 1826, Buckland y su esposa se encontraban en Palermo a la mitad de su viaje de bodas.  Como todos los visitantes, los Buckland acudieron al santuario de Santa Rosalía, en donde los huesos de la santa se exhibían detrás de una reja.  Bastó una simple mirada del avezado naturalista para darse cuenta de la verdad: Aquellas supuestas reliquias de Rosalía no eran restos humanos sino huesos de cabra.  Se dice que los sacerdotes encargados del santuario intentaron descalificar las afirmaciones de Buckland, quien a final de cuentas no era católico.  De todas maneras, desde entonces las reliquias de Santa Rosalía permanecen en un cofre, escondidas de la vista de los visitantes.  Eso no obsta, sin embargo, para que cada 15 de julio se realice una procesión en la que miles de devotos recuerdan los eventos de 1624 y ruegan a Santa Rosalía protección contra las enfermedades.

    El asunto de Santa Rosalía no fue el primer episodio, ni el último, en el que el Reverendo Buckland antepuso la evidencia empírica a las creencias religiosas.  En 1820, el naturalista publicó un libro sobre los métodos y alcances de la geología y sobre cómo esta naciente ciencia podía ayudar a demostrar los episodios bíblicos, como por ejemplo el diluvio universal narrado en el libro del Génesis.  Por aquella época se encontraron en la cueva de Kirkdale, en Yorkshire, numerosos restos óseos que fueron identificados como pertenecientes a animales no existentes en Inglaterra, como hienas, elefantes, hipopótamos, rinocerontes y ciervos gigantescos.  Para muchos, este hallazgo era una prueba de que el diluvio bíblico había llevado los restos de esos animales hasta Inglaterra desde sus hábitats naturales en los trópicos.

    Buckland en la cueva de Kirkdale. Ilustración de W. Conybeare

    Buckland, sin embargo, de inmediato se dio cuenta de un problema con la interpretación bíblica: Los restos óseos se encontraban en una cámara a la que sólo se podía acceder a través de un estrecho túnel.  Claramente, los animales no podían haber sido arrastrados por el agua.  Una observación más detallada mostró que muchos de los huesos mostraban señales de haber sido roídos.  En lo que probablemente haya sido la primera comparación empírica para poner a prueba una hipótesis paleobiológica, Buckland consiguió en el zoológico restos de alimentación de las hienas, y las marcas que encontró en los huesos coincidieron perfectamente con las de los huesos de la cueva de Kirkdale. Buckland llegó a la conclusión de que la cueva había sido en algún momento remoto una guarida de hienas, las cuales habían arrastrado hasta ahí los restos de los otros animales.  No se requería de una gran inundación para explicar la presencia de huesos en Kirkdale.

    A pesar de haber descartado la cueva de Kirkdale como prueba del diluvio, el Reverendo Buckland siguió defendiendo la idea de que las estructuras geológicas podían aportar pruebas de la gran inundación.  Al final de su vida, sin embargo, convencido por el peso de la evidencia empírica, terminó por aceptar la hipótesis de que las glaciaciones del pasado eran las responsables de muchos de los patrones geológicos que una observación ligera podía llevar a interpretar como vestigios del diluvio universal.   Buckland de hecho fue uno de los primeros creyentes de los que hoy en día se llaman «creacionistas de la Tierra antigua» (old earth creationists), que no suscriben una interpretación literal del Génesis y piensan que los episodios bíblicos se refieren a un período de miles de años.  En todo caso, Buckland debe ser recordado por ser un auténtico científico convencido del poder de la evidencia empírica.

    Referencias
    Gordon, E. O. B. y W. Buckland. 1894. The life and correspondence of William Buckland, D.D., F. R. S., sometime Dean of Westminster, twice president of the Geological Society, and first president of the British Association. Cambridge University Press.  (Pp. 95-96).  http://www.archive.org/stream/lifecorresponden00gordrich#page/n13/mode/2up
    Hutchinson, G. E. 1959. Homage to Santa Rosalia ir Why are there so many kinds of animals? The American Naturalist 93:145-159.

  • ¿Vivimos en tiempos violentos?

    Sin artes, sin letras; sin sociedad; y lo que es peor de todo, el miedo perpetuo y el peligro de una muerte violenta; la vida del hombre, solitaria, miserable, cruel, brutal y corta.

    Thomas Hobbes, Leviatán

    Mucha gente podría encontrar en las palabras de Hobbes una nítida descripción de la vida moderna.  En las noticias diarias se ha vuelto ya una costumbre leer o escuchar terroríficas narraciones de actos de guerra, ataques terroristas, brutales asesinatos masivos o de sociedades enteras que viven en el terror y la incertidumbre.  La impactantes imágenes de los últimos minutos de la vida de Muamar El Gadafi son solamente el más reciente ejemplo de la presencia continua de la violencia en los medios masivos de comunicación, y por tanto, en nuestras vidas.  En la televisión, los programas sobre asesinos en serie, laboratorios forenses y sobre los crímenes más atroces gozan de un altísimo rating.  En la vida real, en México los noticieros presentan cada día el recuento de los cadáveres que las bandas del crimen organizado abandonan sin el menor pudor en las calles, haciendo que la población sienta que su vida es cada vez más parecida a la del estado de la naturaleza de Hobbes: solitaria, miserable, cruel, brutal y corta.

    Pero, ¿es verdad que el mundo moderno es la fase más violenta de la historia de la humanidad?  Esta es la primera pregunta que se plantea Steven Pinker, profesor de psicología de la Universidad de Harvard en su nuevo libro, The better angels of our nature: The decline of violence in history and its causes (2011, Viking Adult, 832 pp).  Pinker es claro y veloz en contestar con un rotundo no.  De hecho, argumenta, la segunda mitad del siglo XX fue la época más tranquila en la historia del ser humano, y los últimos 25 años pueden considerarse aún menos violentos.  Esta es una afirmación que va en completa contradicción con la percepción de la mayoría de la gente, pero Pinker utiliza una buena parte de su enciclopédica obra  de 832 páginas para presentar datos y argumentar su punto: cualquier momento de la historia fue mucho más violento que el actual.

    Desde los tiempos de Ötzi el hombre de la Edad del Cobre cuyos restos fueron encontrados en un glaciar de los Alpes hasta la Segunda Guerra Mundial, la historia de la humanidad es una secuencia de eventos violentos y muertes del hombre por el hombre.  Cacsualmente, en el número de noviembre de National Geographic se publica un reportaje sobre un estudio forense que se realizó recientemente a los restos de 5,300 años de antigüedad de Ötzi.  En el estudio se confirmó que la muerte del kilogenario (como lo llama Pinker) se produjo por la ruptura de una arteria causada por una flecha disparada por la espalda.  Parece ser que lo último que hizo Ötzi en su vida fue disfrutar de una abundante comida, apenas unos momentos antes de ser asesinado por sorpresa.

    Caín asesinando a su hermano Abel. Imagen del siglo XV

    Las muertes violentas y la sangre fría son componentes centrales de las narraciones épicas de todos los pueblos.  Pinker nos presenta un recuento detallado y extenso de los episodios violentos que aparecen por ejemplo en los libros clásicos de Homero y en el Antiguo Testamento.  ¿Cuál es el dato más antiguo que se tiene de una tasa de criminalidad?  Bueno, responde Pinker, consideremos que cuando Caín asesinó a su hermano Abel, la población total del mundo era de cuatro personas, de manera que en ese momento la tasa de muertes violentas fue de un 25%.  Los relatos bíblicos de la furia de Yahvé y las numerosas guerras que emprendió su pueblo elegido, las narraciones de las guerras floridas de los Aztecas, las conquistas de Gengis Khan y de Atila el Huno, aquel que donde pisaba su caballo no volvía a crecer la hierba, las épicas de los cruzados, las expediciones de conquista y las interminables guerras de los últimos siglos nos convencen de que en el pasado la muerte violenta, el genocidio, la tortura, los ataques sexuales y otras formas de violencia eran mucho más comunes.

    Entonces, si realmente la violencia ha decrecido, como afirma Pinker, ¿cómo podemos explicar el fenómeno?  Para empezar, nos explica Pinker, el porcentaje de muertes que se producen a raíz de la guerra es mucho menor en sociedades organizadas en estados.  Con datos recopilados de sitios arqueológicos y de estudios antropológicos de grupos tribales modernos, Pinker observa que tal porcentaje puede llegar a ser de más del 50% y que en general es de más del 15%.  En los estados, por el contrario, el porcentaje es mucho menor, incluso si se considera la Segunda Guerra Mundial y los genocidios que durante ella se cometieron.  De hecho, parece ser que la sociedad-estado más violenta, de acuerdo con la métrica de Pinker, fue la de los Aztecas, en donde la probabilidad de ser muerto (y comido) durante una guerra era de hasta un 5%.  En cierta forma, que Pinker es cuidadoso en ponderar, el pacto social de Hobbes, el paso desde la sociedad de la naturaleza hacia la sociedad del estado, ha logrado disminuir la violencia en las sociedades modernas.

    Ahora bien, hay que recordar que Steven Pinker es uno de los proponentes más visibles de la llamada psicología evolutiva, la disciplina que intenta explicar varios de los comportamientos y atributos humanos a la luz de la evolución por selección natural.  Pinker en particular ha defendido la postura de que el lenguaje humano puede explicarse como una adaptación evolutiva en el sentido estricto de la palabra.  En este contexto, algunos lectores de Pinker (y probablemente muchos de sus detractores) esperarían encontrar una explicación evolutiva a la tendencia a la reducción de la violencia.  Pinker, sin embargo, es bastante cuidadoso en discutir que el tiempo en el que se han producido los cambios que él analiza no permite pensar en cambios en las proporciones génicas de las poblaciones humanas que pudieran explicar las tendencias.  Se trata, más bien, de cambios en la actitud y en la percepción de la gente sobre las relaciones personales y los derechos humanos.  Estos cambios están asociados con el desarrollo de las ciencias y las artes y con un incremento detectable en la inteligencia promedio de las personas en los últimos cientos de años.

    De hecho, ese desarrollo intelectual es probablemente la razón de que percibamos nuestros tiempos como los más violentos de la historia.  El hecho de que veamos la violencia como algo aborrecible hace que estemos más atentos a ella y que reprobemos con vehemencia los hechos violentos que parecen ser el pan de cada día.  No es que la tendencia natural  a la violencia haya desaparecido, sino que el funcionamiento de las sociedades modernas ha permitido controlar de alguna manera las tendencias naturales a la violencia.  Probablemente las personas seguirán teniendo los demonios internos que las impulsen a cometer o a disfrutar los actos violentos, pero existirán también los «ángeles más bondadosos», esos que aparecen en el título del libro, que permitirán controlar esos impulsos.

  • Los luchadores mongoles ancestrales

    Luchadores mongoles durante el Naadam. Wikipedia

    El Naadam es el festival cultural más importante en Mongolia.  Durante tres días, cientos de contendientes participan en “los tres juegos de los hombres” que dan vida al festival: arquería, carreras de caballos y la famosa lucha mongola o Bökh, en la que los gladiadores se enfrentan sin más arma que su propio cuerpo hasta encontrar al campeón.  Las reglas y el protocolo asociados a esta competencia son tan básicos que al observar a los contendientes uno puede fácilmente echar a volar la imaginación y evocar las grandes hazañas de los invencibles guerreros mongoles de la era de Gengis Kan, quien promovió el Bökh como una forma de entrenamiento de alto nivel.  Existen platones del siglo III A.C. con representaciones de luchadores mongoles que, con su imagen capturada en el tiempo, parecen querer demostrarnos que la lucha es tan antigua como la propia cultura mongola, o tal vez más antigua.

    Mongolia es también sitio de una de las formaciones geológicas más interesantes desde el punto de vista paleontológico.  En los años 1920s, Roy Chapman Andrews y su equipo del Museo Americano de Historia Natural cautivaron al público estadounidense con los relatos de sus expediciones al desierto de Gobi en busca de fósiles.  Andrews era un científico muy serio y experimentado, pero también era un intrépido aventurero que no se detenía ante nada con tal de conseguir los ejemplares importantes.  Su imagen, que algunos han especulado que podría haber sido la inspiración para el personaje de Indiana Jones, llegó incluso a aparecer en la portada de la revista Time.

    Roy Chapman Andrews (con sombrero y binoculares) en el desierto de Gobi

    Las expediciones de Andrews se concentraron en la formación Djadochta en el sur de Mongolia, que corresponden al Cretácico superior, con una edad de entre 75 y 84 millones de años.  La reconstrucción del sitio indica que en esa época la región era árida, con pequeñas e intermitentes corrientes de agua y con un paisaje dominado por extensos bancos de arena.  El descubrimiento más famoso de la expedición de Andrews fue el de los primeros huevos de dinosaurio que se conocieron, que fueron asignados originalmente a Protoceratops, un pariente de Triceratops, el famoso dinosaurio con tres cuernos.  Hace unos años se demostró que en realidad los huevos descubiertos por Andrews son de Oviraptor, un dinosaurio depredador.

    En los años de la dominación soviética sobre Mongolia, la formación Djadochta siguió siendo explorada por paleontólogos rusos y polacos. En 1971, una expedición conjunta Polonia-Mongolia descubrió una de las piezas fósiles más asombrosas que se conocen.  Se trata de los restos de dos dinosaurios trabados en lo que aparenta ser una última lucha por la vida, en una pose no muy diferente a la de los guerreros del Bökh.  Uno de los animales, un Velociraptor, muestra la garra en forma de hoz de su pata trasera aparentemente clavada en el costado del otro ejemplar, un Protoceratops.  Una de las patas delanteras del velocirraptor parece estar siendo mordida, en actitud defensiva, por su enemigo.

    Reconstrucción de la batalla final entre un Protoceratops y un Velociraptor. Ilustración de Raúl Martín publicada en Chiappe LM (2003)

    A diferencia de muchos otros fósiles, los restos de estos dinosaurios no están comprimidos y permiten incluso apreciar la disposición en tres dimensiones de los cuerpos de estos luchadores ancestrales.  Todo parece indicar que la muerte sorprendió a los dos dinosaurios justo en el momento en el que el velocirraptor atacaba a su posible víctima.  Dadas las características del sedimento y la reconstrucción del ambiente, el escenario más plausible es que los dos animales hayan sido sepultados por el colapso de una duna o por una repentina tormenta de arena.  Según un estudio reciente, los paleobiólogos pueden incluso especular sobre la hora en la que se libró esta singular batalla: Muy probablemente al atardecer o durante la noche.

    Lars Schmitz y Ryosuke Motani, paleobiólogos de la Universidad de California, analizaron la anatomía de las estructuras óseas asociadas con el ojo de varias especies de dinosaurios y otros reptiles para establecer los patrones de actividad diaria de estos animales.  La actividad de un animal puede ser diurna, nocturna, catemeral (con actividad tanto en el día como en la noche), o crepuscular (concentrada en el atardecer o amanecer).  Existe una muy buena correlación entre el patrón de actividad y la capacidad de captación de luz del aparato óptico.  Lógicamente, los animales nocturnos tienden a tener ojos de gran diámetro para formar imágenes más luminosas en la retina, aún en condiciones de baja luz en el ambiente.  Los animales diurnos, en cambio, tienden a tener ojos con diámetros pequeños para formar imágenes más nítidas y con mayor profundidad de enfoque en condiciones de iluminación intensa.  El tamaño del ojo puede inferirse midiendo el diámetro interior del anillo esclerótico, una estructura ósea que da soporte a la esclerótica (“el blanco del ojo”) en la mayoría de los reptiles y aves.

    Esqueleto de un ictiosaurio. Nótese el enorme anillo esclerótico en la región del ojo.

    Schmitz y Motani midieron el diámetro de los anillos escleróticos de 33 especies mesozoicas, a las que clasificaron en tres categorías: fotópicas, con anillos escleróticos pequeños y con actividad diurna; escotópicas, con anillos grandes y actividad nocturna; mesópicas, con anillos de tamaño intermedio y actividad catemeral o crepuscular.  Los investigadores encontraron que la mayoría de las especies voladoras (pterosaurios y aves) eran diurnas.  Por el contrario, varias de las especies de depredadores eran principalmente nocturnas, mientras que muchos herbívoros eran catemerales.

    La gran mayoría de las reconstrucciones de los ambientes en el Mesozoico muestran escenas diurnas de dinosaurios y otros animales.  Tradicionalmente se ha pensado que en el mundo mesozoico existía una separación del nicho temporal, con los dinosaurios siendo activos durante el día y relegando a los mamíferos primitivos a la noche.  Los datos de Schmitz y Motani parecen refutar ese escenario.  De acuerdo con ellos, los herbívoros, particularmente los grandes saurópodos como Diplodocus, habrían estado activos tanto de día como de noche, lo cual es consistente con la idea de que los herbívoros de gran talla necesitan alimentarse en forma continua para poder mantener funcionando sus enormes cuerpos.  Varios depredadores, entre ellos Velociraptor, habrían sido nocturnos, tal como lo son muchos de los carnívoros modernos.

    En el contexto del estudio de Schmitz y Motani, los productores de la serie de películas Parque Jurásico parecen haber acertado en la reconstrucción de algunos de los dinosaurios mostrados en las películas.  Los gigantescos braquiosaurios aparecen en Parque Jurásico alimentándose tanto de día como de noche, en concordancia con lo que se podría esperar de esos saurópodos de peso completo.  Por otro lado, los depredadores en los filmes de la serie parecen estar activos todo el día, pero las escenas más aterradoras son generalmente nocturnas, protagonizadas por tiranosaurios y velocirraptores (Parque Jurásico y El Mundo Perdido) y espinosaurios (Parque Jurásico III).

    También a partir de los resultados de Schmitz y Motani podemos saber más sobre los dinosaurios trabados en lucha mortal.  Los Protoceratops eran catemerales o crepusculares, mientras que los velocirraptores eran principalmente nocturnos.  Entonces podemos deducir que la batalla final de los dos animales capturados en el material fósil de Djadochta ocurrió muy probablemente al atardecer o, con una probabilidad un poco menor, durante la noche.  Echando a volar la imaginación, podemos visualizar a los dos dinosaurios trabados en una lucha ancestral, con sus siluetas dibujadas por los últimos rayos solares de un día normal de hace 80 millones de años.  A la mitad de la tremenda batalla por la subsistencia, los dos animales se ven sorprendidos por la repentina caída de arena sobre sus cuerpos aún trabados en feroz lucha.  Ese instante, esa estampa fugaz de la vida cretácica, quedó atrapado en el maravilloso fósil de Djadochta.

    De regreso al presente, al observar las enconadas batallas de los luchadores del Bökh, al recordar la historia de Gengis Kan y sus temibles guerreros del siglo XIII, y al contemplar la reconstrucción del fósil de la lucha de los dinosaurios cretácicos, no podemos sino pensar en la desértica zona del Gobi como el escenario de una y mil batallas que los diferentes habitantes de lo que ahora es Mongolia han librado desde hace millones de años.

    Referencias

    Chiappe LM (2003) A Field Trip to the Mesozoic. PLoS Biol 1(2): e40. doi:10.1371/journal.pbio.0000040

    Schmitz, L. y R. Motani. 2011. Nocturnality in dinosaurs inferred from scleral ring and orbit morphology. Science 332:705-708.