Autor: Héctor T. Arita

  • La cueva de Ikim-tzotz

    “Ikim tzotz, ikim tzotz.” Aquellas palabras mayas no dejaban de dar vuelta en mi mente mientras nos preparábamos para otro día de trabajo de campo en las cuevas de Yucatán. “Estaba loco el viejito, ¿no?”, comentó Graciela mientras preparábamos el equipo para entrar a la gruta de Tecoh en busca de murciélagos. Al recordar los pormenores de la tarde anterior con Don Margarito, no pudimos sino sonreír. Aquel anciano realmente nos había entretenido con sus inacabables anécdotas salpicadas con chistes de doble sentido y sus fantásticas historias sobre animales.

    Chrotopterus auritus. Ilustración de G. H. Ford (1861) en Proceedings of the Zoological Society of London.

    La narración de su encuentro cercano con un jaguar en las selvas de Campeche nos había parecido realmente fantasiosa, pero por otro lado su vívida y detallada descripción del felino no dejaba duda de que nuestro locuaz interlocutor realmente conocía estos animales. Haciendo un recuento de sus historias, me percaté de que en todas ellas, sin importar el grado de exageración, el animal protagonista podía ser identificado con alguna especie real de la zona maya. Pero Ikim tzotz, el rey de los murciélagos, no parecía corresponder con la realidad.

    Ikim tzotz, de acuerdo con Don Margarito, era un murciélago enorme, que volaba lenta y silenciosamente y que acostumbraba “llevarse” a los pájaros. Sabíamos que tzotz es la palabra maya para murciélago, pero ¿qué significaba ikim?

    —Es el pájaro de la noche que se come a los otros animales —nos explicó Don Margarito.

    — ¿La lechuza? —se atrevió a preguntar Pablo.

    —Sí, pero es el ave de la mala suerte —sentenció el anciano, susurrando con aire misterioso mientras una sonrisa traviesa se dibujaba en su arrugado rostro.

    —Pero, a ver, a ver —interrumpió Pablo, echando a perder el místico momento—Los murciélagos más grandes comen fruta, no parecen lechuzas.

    —Tst, tst, no, no —respondió el sabio maya con infinita paciencia. —No son los tzots de los amates; esos hacen mucho ruido. Ikim Tzotz es el rey de los murciélagos y vuela despacito y nadie lo oye.

    —No es el vampiro, ¿verdad? —insistió Pablo, el pragmático.  Don Margarito sólo negó con la cabeza. ¿Qué clase de necios éramos nosotros que no entendíamos nada de lo que nos quería decir?

    Ikim tzotz, Ikim tzotz, el murciélago lechuza, seguían las palabras revoloteando en mi cabeza mientras comenzamos a descender hacia las entrañas de la tierra.  Eran apenas las nueve treinta, pero el calor de aquella mañana de agosto presagiaba otro día seco y caliente en la tierra maya. Esa es una ventaja del trabajo en las cuevas: Las grutas como las de Tecoh son siempre más frescas que el exterior durante el día. Comenzamos a avanzar lentamente, apuntando la luz de nuestras lámparas hacia los lados para no asustar a los murciélagos.

    “Yo creo que el viejecillo se inventa todas sus historias”, comentó Pablo.  “¡Shhh!, vas a espantar a los murciélagos”, le recriminó Susana, “y, por cierto, yo sí le creo”.  “Ah, ¿sí?, y entonces, ¿qué especie crees que sea el tal Ikiiiiiiiim tzotz?”, atacó Pablo con tono de burla.  “Chrotopterus auritus”, contestó en voz baja Susana; y todos nos quedamos callados.

    Efectivamente, Chrotopterus, el falso vampiro lanudo, podía corresponder con la descripción del murciélago lechuza.  Es un murciélago muy grande, vuela silenciosamente y de hecho se alimenta de pájaros que captura en sus perchas durante la noche. Además, la distribución de la especie incluye la península de Yucatán. Sólo había un pequeño problema con esta hipótesis: La última vez que se había encontrado este murciélago en el estado de Yucatán había sido a principios de los años 60s y casi treinta años después, durante el año y medio que llevábamos explorando las cuevas de la región no habíamos encontrado ningún indicio de su presencia.

    Peropteryx macrotis

    “¡Eh, chicos!”, advirtió Graciela, “ahí están los ‘peros’”. Se refería a los Peropteryx macrotis, los simpáticos murcielaguitos de saco que se encuentran cerca de las entradas de casi cualquier cueva en Yucatán. En esta gruta habíamos encontrado ocho especies de murciélagos, y de hecho sabíamos ya la localización aproximada de cada una de ellas a lo largo de la cueva. Mientras examinábamos el grupo de los Peropteryx, Pablo regresó al tema del Ikim tzotz. “¿Y de veras crees que el ruco haya visto un Chrotopterus?”, preguntó burlonamente dirigiéndose a Susana. “Y ¿de dónde se sacó esas historias de que se lleva a los pájaros?” Susana musitó alguna maldición y optó por mantener silencio.

    Mientras los demás terminaban de realizar las observaciones del grupo de los Peropteryx, me adelanté en busca de los murciélagos bigotudos (Pteronotus) que normalmente se refugiaban en los hoyos de disolución del techo de la cueva. Extrañamente, esta vez no había uno solo, aunque las pequeñas pilas de guano en el suelo, justo abajo de los huecos del techo, hacían evidente que los murciélagos habían estado ahí recientemente.  “Qué raro está esto”, pensé.

    De pronto, en un hueco somero en el techo, a unos diez metros más adelante, alcancé a ver una sombra.  Me acerqué con sigilo y pude ver tres murciélagos de gran tamaño agazapados en el hueco.  Comprendiendo que se trataba de algo que no habíamos registrado hasta ese momento, sentí que mi pulso se aceleraba al acercarme más. Con mucho cuidado, pero velozmente, alcancé a colocar mi red de mano sobre el hueco. Sentí de inmediato un gran peso en el fondo de la red y alcancé a ver un murciélago de considerable tamaño huyendo hacia la parte interior de la cueva. Me llamó la atención que, a pesar de lo voluminoso del animal y de lo intempestivo de su movimiento, su vuelo era increíblemente silencioso.

    Controlando el temblor de mis manos, abrí un pequeño hueco en la malla de la red hasta poder ver el interior. Y lo que vi me dejó helado. Asomándose por el hueco observé el robusto hocico de un murciélago con una hoja nasal de gran tamaño. Pude observar también unas enormes orejas y, parcialmente ocultos en un pelaje largo y suave, un par de ojos vivaces, muy grandes y redondeados que le daban al animal un aire de sapiencia. “No puede ser”, pensé, “¡es un Chrotopterus!”. En la red tenía yo una hembra adulta y un macho joven. El individuo que había escapado seguramente era un macho adulto, porque estos murciélagos suelen refugiarse formando parejas o pequeñas familias durante la época de reproducción.

    Tratando de ocultar mi emoción, regresé a donde estaban los demás. “¿Qué pasó?”, preguntó Pablo. “Nada”, le contesté, “los Pteronotus”, y puse en sus manos el saco de lona en el que había colocado los murciélagos. Pablo sintió el peso del saquito, pero no mostró sorpresa en el rostro hasta que abrió la bolsa y vio su contenido. “¡Aaaay, güero!, no manches, ¿qué es esto?” Con extremo cuidado, sacó de la bolsa a la hembra, un hermoso murciélago con un cuerpo de casi un palmo de largo, con abundante pelaje café grisáceo. Lo más impresionante del animal era su poderoso hocico armado con afilados dientes capaces de atravesar el cráneo de pequeñas aves, ratones o murciélagos. Susana, una vez repuesta de su propia sorpresa, rió a carcajadas al ver reflejadas las dulces mieles de la revancha en el azorado rostro de Pablo. Regresamos todos al lugar donde había capturado los murciélagos y examinamos el piso. Regados en un corto radio había pedazos de huesos pequeños, algunas plumas y el esqueleto casi completo de un murciélago pequeño semidevorado. Eran los restos de la comida de los Chrotopterus.

    Toma de datos en la cueva de Tecoh

    Aquella tarde, mientras registrábamos en nuestras libretas de campo los datos recopilados durante el día, pudimos finalmente poner en contexto nuestro hallazgo de la mañana. Se trataba del primer reporte de un falso vampiro lanudo en el estado de Yucatán desde que el equipo de J. K. Jones, entonces profesor de la Universidad de Kansas, lo había encontrado hacia 1962. Su presencia en Tecoh, en una zona altamente perturbada por la actividad humana resultaba inusitada, pero recalcaba la posibilidad de que muchas especies raras pueden seguir existiendo en pequeños fragmentos de ecosistemas embebidos en ambientes dominados por el ser humano.

    Además de todo ello, nuestro hallazgo daba crédito a las historias de Don Margarito. Tiempo después pudimos constatar en el diccionario maya que efectivamente ikim se refiere a la lechuza o a alguna “ave nocturna agorera a la que le temen los indios”, aunque la entrada para ikim tzotz dice solamente “murciélago muy grande” ¿Realmente conocía el anciano los hábitos del falso vampiro? ¿O la concordancia de su historia con la realidad era pura coincidencia?

    Estuvimos otros diez días recorriendo otras cuevas en el sur de Yucatán, pero tuvimos oportunidad de pasar por Tecoh en nuestro regreso rumbo a Mérida. Quisimos visitar a Don Margarito para compartirle nuestra experiencia y tal vez aprender algo más de él. “Don Margarito ya no está aquí”, nos dijo la señora que atendió nuestro llamado a la puerta de la casa. ¿Cómo que ya no está?, ¿se mudó?, ¿murió?  “Él está bien, pero ya no está aquí”, fue lo único que acertó a decir la señora antes de cerrar la puerta.

    Nunca supimos más del sabio informante que nos hizo saber de la existencia de Ikim tzotz, el murciélago lechuza de los mayas.

    La hacienda de Xcanchakan, cerca de Tecoh. viaje de Stephens y Catherwood 1842.

    Nota
    Los eventos de esta narración tienen lugar en agosto de 1990. Los datos científicos, incluyendo la presencia de Chrotopterus en la gruta de Tecoh, son verídicos. Los detalles de los eventos descritos son ficticios, pero basados en acontecimientos reales.

    Referencias 
    Arita, H. T. & J. A. Vargas.  1995.  Natural history, interspecific association, and incidence of the cave bats of Yucatan, Mexico.  Southwestern Naturalist 40:29-37.
    Arita, H. T.  1996.  The conservation of the cave bats of Yucatan, Mexico. Biological Conservation 76:177-185.

  • La muela gigante de San Agustín y los elefantes extintos de Cuvier

    Yo mismo vi, y no solo, sino algunos otros conmigo, en la costa de Útica o Biserta, un diente molar de un hombre, tan grande que si le partieran por medio e hicieran otros del tamaño de los nuestros, me parece que pudieran hacerse ciento de ellos; pero creo que aquél fuese de algún gigante.
    San Agustín
    , La Ciudad de Dios, libro XV, capítulo IX

    San Agustín, por Sandro Boticelli

    Agustín de Hipona, o San Agustín, es uno de los más importantes padres de la Iglesia.  En La Ciudad de Dios, Agustín presenta una serie de reflexiones sobre lo humano y sobre lo divino en el contexto de los turbulentos tiempos del siglo V que vieron el final del otrora poderoso Imperio Romano.  ¿Por qué un sabio de la estatura de San Agustín, en un libro eminentemente religioso, discute el hallazgo de un diente molar gigantesco?  En el libro XV de su libro, Agustín discute la existencia en el pasado de seres humanos de gran talla, tal como lo señala la Biblia.  “Existían entonces los gigantes en la tierra”, nos explica el libro del Génesis, “y también después, cuando los hijos de Dios se unieron con las hijas de los hombres y les engendraron hijos.  Estos son los héroes famosos muy de antiguo.”

    El molar que Agustín vio en la costa de lo que entonces era el proconsulado africano del Imperio Romano era para el sabio cristiano una prueba tangible de los gigantes antediluvianos mencionados en la Biblia.  Invocando los escritos de Plinio el Viejo, Agustín argumenta que los hombres se han ido haciendo paulatinamente más pequeños y menos longevos desde los tiempos del Antiguo Testamento.  El molar hallado en Útica era, en la visión de Agustín, una prueba irrefutable de la existencia de los gigantes del Génesis.  Hoy en día sabemos que el diente gigantesco que observó San Agustín perteneció muy probablemente a un mamut, un tipo de elefante extinto del que se han encontrado restos fósiles en diversas partes de América del Norte, Eurasia y el Norte de África, incluyendo el área donde antiguamente se encontraba el puerto de Útica, en lo que hoy es Túnez.  Específicamente, el mamut africano vivió en el norte de África en el Plioceno, hace más de dos millones de años.

    Cortés, la Malinche y un noble tlaxcalteca (tal vez Xicoténcatl). Lienzo de Tlaxcala

    Los fósiles de mamut y otros parientes extintos de los elefantes son relativamente comunes en muchos sitios, y diferentes culturas han tratado de explicar la existencia de huesos y dientes gigantescos de estos animales dentro de su propia cosmovisión.  Por ejemplo, Los tlaxcaltecas prehispánicos del centro de México, acérrimos rivales de los aztecas, contaban la historia de que sus ancestros habían logrado vencer a una raza de gigantes que eran los pobladores originales de sus tierras.  Cuando los españoles de Hernán Cortés llegaron a la Tlaxcala de principios del siglo XVI, el orgulloso líder Xicoténcatl ordenó mostrar a los conquistadores, como prueba de estas historias, un gigantesco hueso que, en palabras de Bernal Díaz del Castillo, “era muy grueso, el altor tamaño como un hombre de razonable estatura, y aquel zancarrón era desde la rodilla hasta la cadera.”  El hueso en cuestión en realidad seguramente perteneció a un mamut o a un mastodonte, otra especie de elefante extinto relativamente común en México hasta el final del Pleistoceno, hace unos 11,000 años.

    Cráneo de elefante. Imagen: California Academy of Sciences

    En varias islas del Mediterráneo se pueden encontrar huesos fósiles de pequeños elefantes que se extinguieron hace unos cuantos miles de años.  Los cráneos de estos animales son de todas maneras mucho más grandes que los de los humanos, y presentan en su centro la peculiar cavidad nasal, que es un orificio de gran tamaño en el que se inserta la trompa.  Como las órbitas de los ojos son muy pequeñas en los elefantes, los cráneos dan la impresión de tener un único hueco, de gran tamaño, justo en la parte media.  Othenio Abel, un paleontólogo de principios del siglo XX, especuló que el hallazgo de estos cráneos en las islas mediterráneas podía haber inspirado en los griegos clásicos la leyenda de los cíclopes, la raza de gigantes con un solo ojo.

    El estudio científico de los fósiles de mamut en Europa avanzó muy lentamente, debido precisamente a las ideas preconcebidas basadas en las creencias religiosas.  Todavía en 1613, Nicholas Habicot, un médico y anatomista francés, escribió un ensayo llamado Gigantostologie en el que se describen unos huesos hallados en el sureste de Francia como los restos de un gigante humano antediluviano.  Al poco tiempo, Jean Riolan, un botánico, escribió en forma anónima una crítica a Habicot, llamada Gigantologie, en la que sugiere que los huesos de gran tamaño podrían ser de elefante.

    Molares de elefante asiático (izquierda) y africano (derecha). Flower y Lydekker 1891

    Finalmente, en 1796, Georges Cuvier mostró con contundencia científica que los huesos y dientes de gran tamaño que la mayoría consideraba evidencia de los gigantes bíblicos eran en realidad restos de elefantes extintos.  En su Memoria sobre las especies de elefantes, vivientes y fósiles, leída ante el Instituto Nacional de Francia, Cuvier mostró que las diferencias entre un elefante asiático y uno africano eran suficientes como para considerarlos especies separadas. Más aún, el sabio francés concluyó, refiriéndose al mamut siberiano y al “animal de Ohio” (el mastodonte) que:

    Estos animales [fósiles] por tanto difieren del elefante tanto como, o aún más, que lo que un perro difiere de un chacal o una hiena.

    Con sus detalladas observaciones, Cuvier no solo mostró que los huesos de supuestos gigantes del pasado no eran sino restos de elefantes, sino que además llegó a la inescapable conclusión de que estos elefantes pertenecían a especies que se extinguieron en un pasado remoto.  En la época, la idea de que un animal pudiera extinguirse iba en contra de la concepción, también basada en principios religiosos, de que existía un orden divino en la naturaleza que impediría que uno de sus elementos desapareciera. La idea de la extinción de especies era, por tanto, revolucionaria.  Sin embargo, las pruebas presentadas por Cuvier fueron bien recibidas por la comunidad científica, en particular en el ambiente que imperaba en Francia a los pocos años de la Revolución.

    Cuvier. Retrato por François-André Vincent

    Curiosamente, Cuvier nunca aceptó las ideas que sobre la evolución de las especies habían discutido sus compatriotas Jean-Baptiste Lamarck y Étienne Geoffroy Saint-Hilaire. Desde la perspectiva de Cuvier, era imposible que una especie de animal pudiera transformarse en otra. Además,. argumentaba,   resultaba sumamente difícil imaginar cómo podría sobrevivir.una forma intermedia entre dos especies existentes.   Las especies podían desaparecer, pensaba Cuvier, pero no parecía existir un proceso que pudiera permitir la aparición de especies nuevas a partir de las existentes.

    De todas maneras, se puede decir con toda justicia que la idea de la extinción como un concepto científico nació el 4 de abril de 1796 con la lectura del ensayo de Cuvier. La muela gigante descrita por San Agustín casi mil cuatrocientos años antes finalmente encontró su lugar en la ciencia.

    Referencias
    Rudwick, M. J. S. 1997. Georges Cuvier, fossil bones, and geological catastrophes: New translations and interpretations of the primary texts. University of Chicago Press. (Incluye el texto, en inglés, de la Memoria sobre las especies de elefantes de Cuvier).
    Mayor, A. 2000. The first fossil hunters: Dinosaurs, mammoths, and myth in Greek and Roman times. Princeton University Press.

    [Actualización, 9 de mayo de 2012] Un artículo de Victoria Herridge y Adrian Lister identifica los restos de proboscídeos de la isla de Creta, en el Mediterráneo, no como elefantes enanos sino como mamuts diminutos (Mammuthus creticus) de apenas 1.15 metros de altura a los hombros y de unos 300 kilogramos de peso. Ver nota en Nature.

  • Las extinciones pleistocénicas y el verdadero descubrimiento de América

    Los libros de historia nos dan una fecha precisa para el descubrimiento de América. Es más, las narraciones de Cristóbal Colón recogen incluso el nombre del primer español en avistar tierra del Nuevo Mundo. En la madrugada del 12 de octubre de 1492, Rodrigo de Triana, desde el puesto de vigía de La Pinta, logró divisar la costa de una de las islas de las Bahamas a la que los exploradores llamaron San Salvador. Posteriormente, el propio almirante Colón se adjudicó la primicia del descubrimiento, argumentando que la noche anterior él había observado brillos en el horizonte que le sugirieron, según él mismo relata, la presencia de tierra. En realidad, ni Colón ni De Triana fueron los primeros europeos en observar América: siglos atrás, los vikingos ya habían construido colonias en Groenlandia y habían explorado las tierras de lo que ahora es el norte de Canadá.

    En cualquier caso, si se trata de adjudicar a alguien el título de «descubridor de América», la distinción tendría que ser otorgada a alguno de los inmigrantes provenientes de Asia que hace más de diez mil años comenzaron la colonización del Nuevo Mundo. Hay que recordar que buena parte de la evolución temprana del género Homo se dio en África y, posteriormente, en Asia y Europa. Los primeros seres humanos en Australia llegaron ahí hace unos 40,000 años, pero América fue un territorio inexplorado por varios miles de años más.

    Punta tipo Clovis. Virginia Dept. of Historic Resources

    Existe controversia respecto al tiempo en el que se produjo este auténtico descubrimiento de América. Según una de la hipótesis, los primeros pobladores humanos habrían sido los grupos que desarrollaron la llamada tecnología Clovis y que habrían llegado a América hace unos 13,000 años. Las herramientas Clovis son llamadas así por un sitio en Arizona en donde se encontraron las piezas usadas en la primera descripción. Se trata de puntas de piedra talladas siguiendo un patrón particular en el que se logra un instrumento puntiagudo y afilado en los lados que se podía colocar en el extremo de una lanza de madera. Estas piezas constituyen auténticos trabajos de alta tecnología si se les compara con las rudimentarias piezas de piedra o hueso talladas rústicamente que se encuentran en sitios arqueológicos más antiguos.

    Según la hipótesis que propone a los Clovis como los primeros pobladores de América, estas puntas habrían dado a sus poseedores la capacidad de cazar animales de gran talla, incluyendo los mamuts. La extinción de la llamada megafauna (mamíferos con un peso superior a 50 kg) se habría dado en gran medida, según esta hipótesis, por la intensa cacería de los grupos humanos con la tecnología Clovis. La extinción de unos quince géneros de mamíferos de gran tamaño se produjo al final del Pleistoceno, unos cuantos cientos de años después de la aparición de la tecnología Clovis. Entre los mamíferos extintos en este periodo destacan los mamuts y mastodontes, varias especies de caballos, camellos, ciervos, antílopes y perezosos, además de diversos carnívoros como lobos, felinos dientes de sable y osos de rostro chato.

    Cacería de mamut. Museo Nacional de Antropología, México

    Otras hipótesis hablan de colonizaciones anteriores a la cultura clovis, hace 20, 30 o incluso 50 mil años. Un par de artículos en la revista Science en mayo de 2008 presentaron evidencia sólida de la presencia humana con anterioridad a la tecnología Clovis. Tom Dillehay, de la Universidad Vanderbilt, y sus colaboradores fecharon fragmentos de algas marinas halladas en Monte Verde, en el sur de Chile, en más de 14,500 años antes del presente. Esto no sólo demuestra la presencia humana a 15 mil km del estrecho de Bering mil quinientos años antes de la aparición de los Clovis, sino que sugiere que en la dieta de los grupos humanos que se asentaron ahí el alimento marino era un componente fundamental. En el otro artículo de Science, Thomas Gilbert, de la Universidad de Copenhage, y sus colaboradores, encontraron en un sitio en Oregon, Estados Unidos, heces fecales humanas con restos de semillas y otros productos vegetales para las que establecieron una antigüedad de 14,400 años.

    Más recientemente, el grupo de investigación de Michael Waters de la Universidad de Texas A&M ha acumulado evidencia de grupos humanos que colonizaron la costa de lo que ahora es Estados Unidos hace más de 15 mil años. En un artículo publicado en octubre pasado, Waters y sus colegas presentaron evidencia de la cacería de un mastodonte por un grupo pre-Clovis hace 13,800 años. En el sitio denominado Manis, el grupo de Waters encontró un pedazo de hueso de mastodonte incrustado en la costilla de otro mastodonte. La única explicación plausible para este hallazgo es que el pedazo de hueso extraño haya sido parte de un proyectil fabricado por una cultura que antecedió a la Clovis.

    Toda esta evidencia apoya la idea de una o más colonizaciones de América con anterioridad a la aparición de la tecnología Clovis. Más aún, se está acumulando cada vez más evidencia de una posible ruta marina que permitió a estos primeros colonizadores llegar hasta los confines de Sudamérica en relativamente poco tiempo, mucho antes de lo que hubiera sido posible mediante una dispersión por vía terrestre. Algunos investigadores han propuesto antigüedades de 30 mil o más años para algunos sitios en México y América del Sur, pero estos datos requieren aún de verificación.

    Lo que sí es un hecho es que la teoría que afirma que la extinción masiva de la megafauna a finales del Pleistoceno coincidió con la aparición de la tecnología que permitió a los grupos humanos cazar los grandes herbívoros ha sufrido importantes reveses en los últimos años. Es más probable que la desaparición de los grandes mamíferos pleistocénicos se haya debido a una combinación de factores naturales (como cambios en el clima y fluctuaciones en la distribución de los glaciares) y causados por el ser humano (como la cacería y la modificación de microambientes).

    Referencias
    Dillehay, T. D. et al. 2008. Monte Verde: Seaweed, food, medicine, and the peopling of South America. Science 320:784-786.
    Gilbert, M. T. P. et al. 2008. DNA from pre-Clovis human coprolites in Oregon, North America. Science 320:786-789.
    Waters, M. R. et al. 2011. Pre-clovis mastodon hunting 13,800 years ago at the Manis Site, Washington. Science 33:351-353.

    Nota agregada el 5 de marzo 2012. Un artículo de Isabel Israde-Alcántara, de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, y colaboradores presenta evidencia de la colisión de un objeto espacial contra la Tierra hace 12,900 años. Los investigadores encontraron en sedimentos del lago Cuitzeo, en Michoacán, México, una capa con estructuras minerales que sólo pueden ser explicadas como productos de una colisión espacial que dejó marcas similares en otras partes de la Tierra. Como la antigüedad de la capa coincide con las extinciones de la megafauna pleistocénica, los autores sugieren que sus datos apoyan la hipótesis de que el choque de un cuerpo espacial pudo haber desencadenado cambios en el clima que condujeron a la extinción de los grandes mamíferos de la época.

    Israde-Alcántara, I. et al. 2012. Evidence from central Mexico supporting the Younger Dryas extraterrestrial impact hypothesis. Proceedings of the National Academy of Sciences of the US, early edition, 10 pp. (publicado en línea el 5 de marzo de 2012).