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  • Relatos del vanadio. La búsqueda de vida en Marte y la historia de un doble descubrimiento

    Relatos del vanadio. La búsqueda de vida en Marte y la historia de un doble descubrimiento

    Ford T
    Un Ford T de 1910

    El elemento 23 de la tabla periódica es el vanadio, un metal de transición usado en aleaciones para fortalecer el acero y aligerar piezas de algunas máquinas; de hecho, el primer uso sustancial del vanadio fue como parte del chasis de los automóviles Ford T de la década de 1910. Un compuesto de vanadio, el pentóxido vanádico (V2O5) se emplea como catalizador en la producción de ácido sulfúrico. En la mayoría de los seres vivos, el vanadio se encuentra en proporciones minúsculas, pero parece participar en las enzimas de algunos microorganismos, los cuales concentran el elemento para realizar sus funciones vitales.

    Esta capacidad de algunos microorganismos de concentrar vanadio ha llevado al desarrollo de una técnica que permitiría demostrar la presencia de vida (actual o en el pasado) en el planeta Marte.

    ¿Vanadio en microfósiles marcianos?

    Cuando se encuentre evidencia de vida en Marte, si es que se llega a encontrar, no será por el descubrimiento de restos de una civilización perdida o a través del contacto con «hombrecillos verdes». La búsqueda seria de vida en Marte involucra el estudio de posibles rastros de microorganismos que pudieron haber habitado el planeta rojo en tiempos remotos.

    Uno de los grandes retos en esta búsqueda de microorganismos fósiles es el de encontrar una serie de criterios que permitan distinguir sin sombra de duda entre un auténtico resto de microorganismo y una formación similar a un ser vivo pero generado por un proceso abiótico (físico o químico). Ya en pasadas misiones a Marte se han hallado impresiones semejantes en forma y tamaño a huellas de organismos que vivieron en el planeta Tierra hace millones de años. Sin embargo, aún no ha sido posible demostrar que tales muestras realmente provienen de seres vivos que en alguna época hayan habitado nuestro planeta vecino.

    Un equipo de geólogos y químicos encabezado por Craig P. Marshall,  de la Universidad de Kansas, ha propuesto recientemente tres procedimientos que podrían zanjar las dudas sobre la identidad de posibles restos de microorganismos. Primero, la muestra debe tener el aspecto, forma y tamaño que tienen los microfósiles conocidos de la tierra. Segundo, se debe demostrar la presencia de carbono. Finalmente, propone el equipo, se debería demostrar una concentración comparativamente alta de vanadio en las supuestas células fósiles. Por separado, o de dos en dos, estos criterios no son suficientes para demostrar la identidad de los microfósiles, pero si una muestra presenta las tres condiciones, la probabilidad de que su origen sea orgánico es muy alta.

    Los dos primeros criterios no requieren mayor explicación (todos los seres vivos forman células y están construidos con moléculas de carbono), pero ¿por qué el vanadio tendría algo que ver con la detección de microfósiles? Resulta que algunos organismos en la tierra, particularmente seres unicelulares fotosintéticos (las antes llamadas microalgas) tienden a concentrar vanadio en sus células, y hasta se ha sugerido que este elemento químico podría jugar un papel importante como componente de algunas enzimas o incluso como sustituto del magnesio en las moléculas de clorofila. Aún después de la muerte de los organismos se da un proceso de sustitución de magnesio por vanadio, lo que causa una acumulación de este metal en cantidades detectables para los modernos equipos de fluorescencia de rayos X.

    Marshall y su equipo ya han encontrado cantidades mensurables de vanadio en muestras fósiles que se han asignado sin duda a seres unicelulares similares a los dinoflagelados llamados acritarcos, que vivieron en el Devónico, hace unos cuatrocientos millones de años. Con estos resultados, ahora proponen incorporar una prueba de vanadio en los experimentos de detección de microfósiles planeados por la NASA para sus vehículos de exploración de Marte de la misión Mars 20/20,  que está en la agenda de la agencia espacial para partir de la tierra en el año 2020.

    mars rover
    Prototipo virtual del explorador Mars 20/20. NASA 2017, dominio público

    En el siglo XXI el vanadio podría ser un auxiliar indispensable en la búsqueda de vida extraterrestre. Hace doscientos años, en los albores del siglo XIX, los sabios de la época contaban apenas con herramientas rudimentarias para la identificación de los elementos químicos, entre ellos el vanadio. La historia del descubrimiento del vanadio comienza en un pintoresco pueblo del centro de México llamado Zimapán.

    El descubrimiento del vanadio

    El 11 de octubre de 2018 se anunció que Zimapán, un pequeño poblado del estado mexicano de Hidalgo, había sido integrado a la lista de «pueblos mágicos» de la Secretaría de Turismo. Los principales atractivos del municipio de Zimapán, según los comunicados de promoción, son sus escenarios naturales, su gastronomía tradicional y los vestigios históricos dejados por la centenaria actividad minera y metalúrgica de la región.

    Tal actividad comenzó pocos años después de la conquista de México, cuando los exploradores enviados por Hernán Cortés hallaron abundante plata en la región. Zimapán se convirtió pronto en uno de los más ricos veneros de metales preciosos de la Nueva España. Una de las primeras minas de la zona fue La Purísima, localizada en una localidad llamada El Cardonal. Durante siglos, de las vetas argentíferas de La Purísma se extrajeron cantidades ingentes de ricos minerales que abultaron significativamente las arcas españolas. Ya en los últimos años del virreinato, una muestra extraída de esta mina fue protagonista de una historia científica de la mayor importancia: el descubrimiento de un nuevo elemento químico.

    Del_Rio (1)

    En 1801 llegó al Real Seminario de Minería de la ciudad de México un espécimen proveniente de La Purísima, que fue prontamente examinado por Andrés del Río, el joven pero experimentado catedrático de geología y mineralogía del Seminario. Andrés Manuel del Río y Fernández había nacido en Madrid en 1764 y desde muy joven había mostrado dotes intelectuales excepcionales, lo que le permitió graduarse de bachiller de la Universidad de Alcalá de Henares a los 18 años. Posteriormente realizó estudios con los mejores químicos e ingenieros de minas de la época en París, en la Academia de Minas de Frieberg (en Sajonia, hoy parte de Alemania), en Schemnitz (actualmente en Hungría)  y en Londres. A raíz de la revolución francesa, y tras la ejecución de su mentor Antoine Lavoisier en 1794, del Río regresó brevemente a España. para después trasladarse a la Nueva España, en donde se incorporó al recién creado Real Seminario de Minería por invitación del primer director del colegio, Fausto Elhúyar, el co-descubridor del tungsteno o wolframio. 

    Del Río procedió a aplicar en la muestra de La Purísima (aquel «plomo pardo de Zimapán») las pruebas para separar metales que había aprendido en la academia de  química analítica de Schemnitz y no tardó mucho en darse cuenta de que el mineral contenía, además de plomo, algún otro tipo de componente cuyos compuestos presentaban variados colores, por lo que llamó pancromo («todos los colores») al misterioso metal y zimapanio al mineral del que lo había extraído. Semanas después, al obtener cristales de un color rojo muy vivo, del Río llamó eritrono (del griego erythró, rojo) a lo que, cada vez con mayor certeza, parecía ser un elemento químico desconocido.

    Andrés del Río detalló sus observaciones en una carta enviada a sus colegas franceses, pero la misiva se perdió en el naufragio del navío que la transportaba a Europa. La única descripción original del descubrimiento del nuevo elemento que sobrevive hasta nuestros días está escrita como notas en la traducción que del Río hizo de un texto alemán de geología, las Tablas de Kersten.

    HumboldtEn 1803, el barón Alexander von Humboldt arribó a la Nueva España para emprender un viaje de exploración y aprovechó la ocasión para visitar a su amigo Andrés del Río, a quien había conocido en la Academia de Minas de Frieberg.  Cuando del Río comentó a Humboldt sobre sus experimentos con el plomo pardo de Zimapán, el sabio germano replicó que el misterioso componente del zimapanio podría ser el cromo, un elemento descubierto en 1797 por Nicolas-Louis Vauquelin. Del Río se convenció de que el barón tenía razón, y por mucho tiempo pensó que su eritrono no era otra cosa que el cromo. De todas maneras, cuando Humboldt regresó a Europa llevó consigo un manuscrito de del Río en el que se detallaban sus observaciones y  una muestra del «plomo pardo de Zimapán» para que la analizaran los expertos franceses y germanos de la época.

    En 1830, el químico sueco Nils Gabriel Sefström, al estudiar muestras de hierro, logró aislar el cloruro de un metal desconocido, al que llamó vanadio en honor de Vanadis, una deidad escandinava de la belleza y la fertilidad. Sefström envió muestras de pentóxido de vanadio a su compatriota Jöns Jacob Berzelius, quien demostró que el vanadio era diferente del uranio. A su vez, Berzelius envió las muestras de vanadio a Friedrich Wohler, quien estaba reanalizando las muestras de plomo de Zimapán que el barón von Humboldt había llevado a Europa. Wohler mostró sin sombra de duda que el vanadio de Sefström era exactamente el mismo elemento que el eritrono de Andrés del Río. Berzelius escribió en 1831:

    This metal, recently discovered by Professor Sefström…has also been found in a mineral of Zimapán, in Mexico… Del Río had already analyzed this mineral in the year 1801… *

    zimapanioGeorge William Featherstonhaugh, el geólogo inglés considerado el padre de esa disciplina en los Estados Unidos, invitó en 1832 a del Río a publicar en el Monthly American Journal of Geology and Natural Sciences un recuento de su descubrimiento de 1801. En su contribución al Journal, del Río incluyó una traducción al inglés de las notas publicadas en su traducción de las Tablas de Kersten, así como su malestar por la manera en la que Humboldt y otros eruditos europeos parecían menospreciar su trabajo. La respuesta de Featherstonhaugh es una encendida defensa de la prioridad de del Río en el descubrimiento del nuevo elemento y una propuesta para honrar el nombre del mexicano y llamar rionium (rionio) al metal, en lugar del nombre de «una ridícula deidad escandinava que ni siquiera existe».

    A pesar de la demostración de que Andrés del Río era el verdadero descubridor del «vanadio», el nombre propuesto por Sefström se impuso y es con el que se conoce actualmente al elemento 23. Asimismo, el zimapanio se conoce oficialmente como vanadinita, y ahora se sabe que es un clorovanadato de plomo, Pb2Cl(VO4).

    Hoy en día se reconoce universalmente a Andrés Manuel del Río como el descubridor del vanadio, aunque es una lástima que los nombres que él propuso hayan quedado en el olvido. De todas formas, aunque su nombre no haya quedado grabado en la nomenclatura química oficial, Zimapán siempre será recordado, además de por ser un pueblo mágico, por ser el lugar de origen de las muestras que llevaron al descubrimiento del elemento 23.

    Nota

    * La cita es a una traducción al inglés del texto de Berzelius, tal como aparece en Caswell (2003), p. 38.

    Referencias

    Caswell, L. R. 2003. Andrés del Río, Alexander von Humboldt, and the twice-discovered element. Bulletin History Chemistry 28:35-41.

    Cintas, P. 2004. The road to chemical names and eponyms: Discovery, priority, and credit. Angewandte Chemie International Edition 43:5888-5894.

    del Río, A. M. 1832. The Brown lead ore of Zimapan. Monthly Journal of Geology and Natural Sciences, marzo de 1832:438-440.

    Del Río, A. M. 1835. Del zimapanio. Revista Mexicana, Periódico Científico y Literario 2(tomo I): 83-85 [Consultado en Trabulse 1985, pp. 181-184]

    Featherstonhaugh, G. F. 1832. Remarks [respuesta al comunicado de Andrés del Río]. Monthly Journal of Geology and Natural Sciences, marzo de 1832:440-444.

    Marshall, C..P. 2017. Imaging of vanadium in microfossils: A new potential biosignature. Astrobiology 17:1069-1076.

    Trabulse, E. (ed.). 1985. Historia de la ciencia en México. Cuarta Parte. Siglo XIX. Fondo de Cultura Económica. México.

    Uribe Salas, J. A. 2006. Labor de Andrés Manuel del Río en México: Profesor en el Real Seminario de Minería e innovador tecnológico en minas y ferrerías. Asclepio, Revista de Historia de la Medicina y de la Ciencia 58:231-260.

     

     

  • El gusano churro

    Xenoturbella
    Xenoturbella bocki, una de las especies de los mares de Suecia

    Un artículo en el número de hoy de Nature (4 de febrero de 2016) anuncia el descubrimiento de cuatro especies de animales nuevos para la ciencia. Tres de ellos han sido hallados en los mares mexicanos y representan adiciones notables para la fauna del país. De hecho, estas tres nuevas especies son registros para México de un phylum hasta ahora no representado en el catálogo de la biodiversidad del país.

    La noticia, sin embargo, probablemente pasará inadvertida porque no se trata de animales espectaculares o carismáticos, como algún feroz carnívoro, un vistoso reptil o un colorido pájaro. Se trata en cambio de unos modestos gusanos marinos que entre sus características principales se encuentra la ausencia de cerebro, tubo digestivo, sistema excretor, gónadas o, en general, de cualquier tipo de órgano bien diferenciado.

    El artículo describe cuatro nuevas formas del género Xenoturbella, que en conjunto con las dos que se conocían de los mares someros de Suecia forman un grupo que en algunas clasificaciones constituye un phylum, la categoría taxonómica más amplia dentro del reino animal. Si algunos phyla, como el de los artrópodos, los moluscos o los cordados contienen miles o hasta cientos de miles de especies, el phylum de los xenoturbelidos incluye únicamente seis especies.

    Durante las exploraciones en la profundidad de los mares de California y del golfo de Cortés en México, los científicos del Instituto Scripps de Oceanografía observaron unos extraños animales con apariencia de gusanos aplanados. Al no tener certeza de su identidad, los animales fueron bautizados como “calcetas púrpuras”, pues en efecto las imágenes de ellos semejaban calcetines sucios arrojados en el piso de la recámara de algún desaseado adolescente. Cuando finalmente se pudieron obtener ejemplares y correr pruebas para analizar su DNA, se constató que tales calcetines eran especies desconocidas de Xenoturbella.

    Una de las especies, Xenoturbella monstrosa, es mucho más grande que las formas que se conocían hasta ahora, que miden apenas un par de centímetros. La nueva especie mide hasta 20 cm y fue hallada en las costas de California y del golfo de Cortés. Otra de las formas nuevas, Xenoturbella profunda, se encontró a una profundidad de 3,700 metros, en el canal de Pescadero en el sur del golfo de Cortés.

    Una tercera especie, encontrada a 1,722 metros de profundidad en un cañón submarino frente a la costa de Guaymas, Sonora, fue bautizada como Xenoturbella churro, “por su semejanza con la fritura de masa llamada churro”, según se explica en la descripción de la nueva especie. En efecto, en una de las ilustraciones del artículo se puede ver uno de estos gusanos en el fondo del mar, y su apariencia realmente recuerda la de un churro, excepto tal vez por la falta de azúcar espolvoreada.  [Ver galería de fotos del Instituto Scripps]

    El artículo de Nature presenta también un análisis de las relaciones evolutivas de las especies de Xenoturbella basado en las pruebas de DNA, y las conclusiones generales concuerdan con las de otro artículo publicado en el mismo número de la revista. Xenoturbella y otros gusanos emparentados no están en la rama evolutiva directa de los vertebrados y equinodermos, como hasta ahora se pensaba. Tampoco se encuentran en el linaje que incluye a los moluscos, artrópodos y varios grupos de gusanos, como en otro tiempo se pensó. El gusano churro y sus congéneres representan una línea separada dentro del conjunto de animales con simetría bilateral, es decir que sus cuerpos están organizados en dos partes simétricas a los lados de una línea media.

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    Filogenia muy simplificada que muestra la relación de Xenoturbella con otros grupos animales, de acuerdo con los dos artículos recientes en Nature. Anteriormente se incluía a Xenoturbella con los protostomados o con los deuterostomados

    Debido al parentesco de Xenoturbella con otros gusanos, se ha propuesto que el conjunto de las seis especies sea movido de su propio phylum a uno más amplio, que tiene el horrible nombre de Xenacoelomorpha. En cualquier caso, el descubrimiento del gusano churro y del resto de sus parientes con aspecto de calcetín sucio representa un avance de la mayor importancia en el conocimiento de la diversidad biológica no solo de México sino del planeta entero.

    Referencias

    Bourlat, S.J. et al. 2006. Deuterostome phylogeny reveals monophyletic chordates and the new phylum Xenoturbellida. Nature 444:85-88.

    Cannon, J.T. et al. 2016. Xenacoelomorpha is the sister group to Nephrozoa. Nature 530:89-93.

    Rouse, G.W. et al. 2016. New deep-sea species of Xenoturbella and the position of Xenacoelomorpha. Nature 530:94-97.

  • El huracán Patricia, Bartolomé de las Casas y la ciencia de los ciclones tropicales

    Trayectoria del huracán Patricia, octubre 2015. Imagen de Wikipedia
    Trayectoria del huracán Patricia, octubre 2015. Imagen de Wikipedia

    El fin de semana pasado, el huracán Patricia acaparó las noticias en México y en otras partes del mundo. El huracán más poderoso en la historia del hemisferio occidental tocó tierra el viernes 23 de octubre en la costa del Pacífico de México. Aunque los daños resultaron cuantiosos en algunas zonas, la afectación fue mucho menor de lo que se había anticipado. La predicción del surgimiento y efectos de los huracanes es un asunto complicado, incluso con el conocimiento y la tecnología disponibles ahora. La predicción de las grandes tormentas era aún más difícil en 1502, cuando Don Nicolás de Ovando, comendador de Lares y gobernador de la isla de la Española, recibió una carta de Cristóbal Colón, Almirante de la Mar Océano.

    El Gobernador estalló en ira al recibir la carta de Colón. La misiva solicitaba autorización para fondear en el puerto de Santo Domingo y además advertía que Ovando debía detener la partida de su flota de regreso a España, ya que se avecinaba una gran tormenta que podría destruirla por completo. El mes de junio de 1502 llegaba a su fin y Colón, en su cuarto y último viaje al Nuevo Mundo, se había visto obligado a acercarse a Santo Domingo a pesar de la prohibición expresa de sus majestades los Reyes Católicos Isabel y Fernando. Una de las cuatro carabelas de su flota, la Santiago, resultó inadecuada para el viaje de exploración y el Almirante deseaba trocarla en Santo Domingo. Además, Colón lo sabía, se avecinaba una gran tormenta, uno de esos ciclones tropicales que hoy en día llamamos huracanes.

    A sus 51 años, Colón era ya un avejentado explorador, y el dolor en sus articulaciones reumáticas era para él clara señal de la proximidad de una tormenta. Además, el cambio en la presión atmosférica, la marea inusitadamente alta, el viento ligero pero continuo y los cirros en lo alto del cielo eran todos ellos presagios de la borrasca. La impresionante puesta de sol, que cubrió de tonos rosados el firmamento entero, además de las decenas de delfines y focas monje que se pudieron ver en la superficie del mar confirmaron la sospecha: era inminente la llegada de una gran tormenta.

    huracan 1502Colón conocía ya la devastadora potencia de los ciclones tropicales del Atlántico norte. En 1495, un huracán azotó La Isabela, la incipiente colonia que el Almirante había establecido en la costa norte de lo que hoy en día es la República Dominicana. En palabras de Pedro Mártir de Anglería, “hubo inaudito torbellino de Levante, que levantaba hasta el cielo rápidos remolinos, que conmovía las raíces de los más grandes árboles y los volcaba. […] y dicen que aquel año entró el mar tierra adentro más de lo acostumbrado, y que se levantó más de un codo.” Los edificios públicos y la residencia de Colón, edificados con piedra, sufrieron fuertes daños pero subsistieron al meteoro. El resto de las habitaciones, que cada poblador había tenido que construir con madera y hojas de palma, fueron destruidas por completo y La Isabela fue abandonada. Al año siguiente, Bartolomé Colón fundó Santo Domingo de Guzmán, asentamiento en la costa sur que se convirtió en la nueva capital de las Indias.

    Ahora, a finales de junio de 1502, el gobernador Ovando leía en voz alta la carta de Colón a sus subalternos. Los marineros y pilotos de la flota de Ovando, según relata Fray Bartolomé de las Casas, “burlaron dello y quizá dél; otros lo tuvieron por advino; otros, mofando, por profeta, y así no curaron de se detener”. Ovando no solo negó a Colón el permiso para refugiar sus carabelas en Santo Domingo, sino que ordenó la inmediata partida de su flota de una treintena de naves colmadas con oro y otros tesoros rumbo a España. En los primeros días de julio, cuando apenas habían dejado atrás la punta oriental de La Española, los navíos de Ovando se toparon con los violentos vientos del noreste producidos por el movimiento del huracán. Más de una veintena de las naves se perdieron en el mar, otras encallaron en los bajos de la costa y apenas tres o cuatro pudieron regresar a salvo a Santo Domingo. Mientras tanto, Colón fondeó sus cuatro carabelas en una bahía cercana a Santo Domingo y logró salvarlas, a pesar de que los vientos del huracán rompieron las amarras de tres de ellas.

    Bartolomé de las Casas
    Bartolomé de las Casas

    Con la flota de Ovando se perdieron los grandes tesoros que se habían enviado a España, incluyendo la pepita de oro más grande encontrada hasta esa fecha y el equivalente en oro de 200 000 castellanos. La única nave de Ovando que logró llegar a España, la Aguja, era la que transportaba el factor del Almirante, es decir, el porcentaje del tesoro que correspondía a Colón y su familia. Los 4 000 pesos en oro que iban en la Aguja fueron entregados en su totalidad a Diego Colón, el hijo del Almirante. Ante esto, los enemigos de Colón declararon que el Almirante, tal vez usando algún tipo de hechicería, había provocado el huracán.

    Esta acusación, y la idea de fondo de que algunos fenómenos sobrenaturales pueden provocar o detener tormentas, fueron rebatidas unas décadas después por Fray Bartolomé de las Casas. Incluso hace 500 años no era necesario ser hechicero, adivino o profeta para prever la venida de un ciclón tropical o para predecir sus terribles efectos. Fray Bartolomé, comentando sobre el episodio del huracán de 1502, escribió:

    Y para esto, es aquí de saber que no es menester ser el hombre profeta ni adivino para saber algunas cosas por venir, que son efectos de causas naturales, sino basta ser los hombres instruidos y doctos en filosofía natural o en las cosas que por la mayor parte suelen acaecer tener experiencia. De los primeros son los astrólogos, que dicen, antes muchos días que acaezcan, que ha de haber eclipses, porque teniendo ciencia de los cursos y movimientos de los cuerpos celestiales, que son causas naturales de los eclipses, conocen que, de necesidad, de aquellas causas han de proceder aquellos efectos. […] De los segundos son los marineros que han navegado muchas veces, por las señales naturales que por la mar en el ponerse o salir el sol de una o de otra color, en la mudanza de los vientos, en el aspecto de la luna, que vieron y experimentaron muchas veces. […] Y así, como el Almirante destas causas y efectos y señales, de haberlas visto infinitas veces, tuviese larguísima experiencia, pudo conocer y tener por cierta la tormenta.

    Hoy en día, la ciencia y las tecnologías de detección y monitoreo nos permiten conocer con mucha anticipación la aparición y evolución de los ciclones tropicales, así como prever sus posibles efectos. El huracán Patricia fue el ciclón tropical más intenso en la historia del hemisferio occidental, esto basado en la máxima velocidad sostenida de sus vientos (325 kilómetros por hora) y en la muy baja presión barométrica en su ojo (879 milibares o hectopascales). Entró a tierra en Cuixmala, Jalisco, a las 18:15 horas del 23 de octubre de 2015. La población en la costa occidental de México tuvo oportunidad de prepararse gracias a que el fenómeno se monitoreó con gran detalle desde su formación como área de baja presión el 14 de octubre. El seguimiento se hizo más detallado a partir de la transformación del meteoro en tormenta tropical (y su bautizo como “Patricia”) el día 21 y especialmente desde su repentina intensificación en las últimas horas del día 22 hasta alcanzar la categoría 5 en la escala Saffir-Simpson, unas horas antes de su entrada en tierra.

    El huracán Patricia. Imagen: NASA
    El huracán Patricia. Imagen: NASA

    A pesar de que entre el paso a categoría 5 del huracán y su entrada a tierra transcurrieron menos de 24 horas, se tomaron extensas medidas preventivas. Estas, y el hecho de que el ojo del huracán penetró a tierra en una zona comparativamente poco poblada hicieron que las afectaciones fueran muy bajas en comparación con las expectativas que se tenían sobre los posibles efectos catastróficos de un huracán categoría 5. El recuento de los daños está aún en proceso, pero se sabe ya que no hubo muertes directamente atribuibles al fenómeno y que los daños, que ciertamente en algunos casos fueron de gran magnitud, se restringieron a una pequeña área cercana al punto de entrada del huracán.

    En contraste, el llamado “Gran Huracán” o “Huracán México” de 1959 que tomó desprevenida a la población cuando entró de lleno cerca de Manzanillo, Colima, causó alrededor de 1800 muertes y daños en las poblaciones y en las áreas de cultivo que tomaron años en repararse. Los periódicos de la época recalcaron el dato de que 800 de los 1000 habitantes del pequeño poblado de Minatitlán, en Colima, murieron o desaparecieron durante el paso del huracán. También se habló de comunidades que permanecieron semanas enteras completamente incomunicadas por la destrucción de los caminos y el colapso de los servicios de electricidad y comunicaciones. Por los daños ocasionados se piensa que el Gran Huracán de 1959 pudo haber tenido una intensidad equivalente a la de un huracán de categoría 5, pero en la época no existían los instrumentos necesarios para medir ni la velocidad máxima sostenida del viento ni la presión en el ojo del huracán.

    El huracán Patricia es demasiado reciente como para entender todas las razones que hicieron que el fenómeno no tuviera el efecto catastrófico que se esperaba, similar o mayor al del huracán de 1959. La disponibilidad de información y la cultura de prevención de desastres que en años recientes se ha desarrollado en México fueron, sin duda, factores que contribuyeron en forma importante a disminuir los efectos negativos del huracán. Los avances en los estudios científicos sobre el origen y el comportamiento de los huracanes permiten hoy en día contar al menos con unas horas o unos pocos días para que la población pueda prepararse y así disminuir considerablemente la magnitud de las afectaciones y la tasa de pérdida de vidas humanas.

    Hoy en día, igual que en los tiempos de Fray Bartolomé de las Casas, no necesitamos invocar fenómenos sobrenaturales para predecir o aminorar el efecto de los desastres naturales. Gracias a los “hombres [y mujeres] instruidos y doctos en filosofía natural”, es decir, gracias a los científicos, no necesitamos la intervención de adivinos, profetas, hechiceros u otros charlatanes para estar preparados ante los desastres naturales.

    Referencias
    Casas, fray Bartolomé de las. (1965) Historia de las Indias, libro II. México, D.F., Fondo de Cultura Económica.
    Morison, S. E. (1991) El Almirante de la Mar Océano. Vida de Cristóbal Colón, 2 edn. México, D.F.: Fondo de Cultura Económica.