Categoría: Vida extraterrestre

  • Hachimoji: Las ocho letras del ADN artificial

    Hachimoji («ocho letras» en japonés) es un término que en pocas horas ha dado la vuelta al mundo a través de artículos y notas periodísticas que se refieren a un artículo publicado hoy (22 de febrero de 2019) en la revista Science [1]. Un equipo encabezado por Steven A. Benner, de la Fundación para la Evolución Molecular Aplicada, en Florida, Estados Unidos, reporta haber sintetizado moléculas de ADN con nucleobases no naturales, es decir, diferentes a las cuatro que existen en el ADN de los organismos vivos.

    Las nucleobases (o simplemente bases) son los compuestos químicos que, en parejas,  forman los «peldaños» de la gigantesca «escalera» en forma de hélice que es una molécula de ADN.  El orden en el que aparecen las bases en la secuencia de piezas que forman el ADN es lo que determina la información genética contenida en la molécula. Por analogía se puede decir que el código genético consiste en una serie de «palabras» formadas por diferentes combinaciones de cuatro «letras» —una por cada tipo de nucleobase.

    El equipo de Benner ha logrado crear moléculas de ADN sintético —con cuatro nucleobases artificiales además de las cuatro naturales—  que es capaz de replicarse y de transferir información a secuencias de ARN formadas también con ocho tipos de bases.  Floyd Romesberg, un pionero en el desarrollo de organismos sintéticos [2], afirma que el desarrollo de hachimoji abre la posibilidad de crear organismos vivientes completamente diferentes de los naturales. Asimismo, científicos de la NASA han señalado que el nuevo desarrollo demuestra la posibilidad de que existan formas de vida extraterrestre con códigos genéticos diferentes a los que conocemos en nuestro planeta [3].

    Una de las características del nuevo ADN, al contar con ocho tipos de nucleobases en lugar de cuatro, es que es capaz de almacenar una mayor cantidad de información en menos espacio que el ADN natural. Para entender este punto, veamos primero cómo funciona el lenguaje molecular de la vida.

    El código natural

    La información en la molécula de ADN está codificada con cuatro «letras», cuyo orden en una secuencia dada determina las «palabras» que el ADN puede transferir para dar las instrucciones de ensamblaje de las proteínas. Esas cuatro letras son las bases adenina (A), citosina (C), guanina (G) y timina (T). En el ARN, que es la molécula que transfiere la información del ADN a los centros de síntesis de las proteínas, el uracilo (U) sustituye a la timina, pero la información sigue codificada en cuatro «letras».

    dna seq
    Secuencia de las letras ACGT. Parque jurásico (1993)

    Las «palabras» que se pueden crear con las cuatro bases son los llamados codones, que son grupos de tres bases que determinan la adición de un aminoácido en particular para formar una proteína (las proteínas son largas moléculas formadas por cadenas de aminoácidos). Así, por ejemplo, la secuencia AAA corresponde con el aminoácido lisina y CGC  con la arginina. Es fácil constatar que con cuatro elementos es posible producir sesenta y cuatro palabras diferentes de tres letras. Para empezar, veamos cuántas palabras de dos letras podemos crear con las cuatro bases del ADN:

    AA AC AG AT CA CC CG CT GA GC GG GT TA TC TG TT

    Existen 16 (4×4) posibles pares formados a partir de cuatro elementos. Como a cada uno de estos pares le podemos añadir uno de cuatro posibles elementos para crear una palabra con tres letras, vemos que existen 4×4×4 = 64 posibles tríos:

    AAA
    ACA
    AGA
    ATA
    CAA
    CCA
    CGA
    CTA
    GAA
    GCA
    GGA
    GTA
    TAA
    TCA
    TGA
    TTA
    AAC
    ACC
    AGC
    ATC
    CAC
    CCC
    CGC
    CTC
    GAC
    GCC
    GGC
    GTC
    TAC
    TCC
    TGC
    TTC
    AAG
    ACG
    AGG
    ATG
    CAG
    CCG
    CGG
    CTG
    GAG
    GCG
    GGG
    GTG
    TAG
    TCG
    TGG
    TTG
    AAT
    ACT
    AGT
    ATT
    CAT
    CCT
    CGT
    CTT
    GAT
    GCT
    GGT
    GTT
    TAT
    TCT
    TGT
    TTT

    Existe una veintena de aminoácidos fundamentales, de manera que con un código formado por cuatro letras en grupos de tres tenemos información de sobra para usar una o más palabras para cada aminoácido. Por el contrario, con las dieciséis palabras de dos letras no tendríamos suficiente capacidad para hacerlo [4]. De hecho, existen codones que dan instrucciones especiales, como «iniciar» o «terminar», y el código genético es redundante en el sentido de que dos secuencias diferentes pueden determinar el mismo aminoácido. Por ejemplo, cualquiera de las secuencias que empiezan con CG, independientemente de la base que se encuentre en la tercera posición, produce arginina.

    Un código sintético con ocho letras

    Al sintetizar cuatro tipos de bases que no existen en forma natural e incorporarlos a moléculas de ADN, Benner y su equipo han añadido cuatro nuevas letras al abecedario genético y de esa manera han creado un sistema de almacenamiento y transmisión de información de mayor capacidad, que es justo a lo que han llamado hachimoji. Han llamado a las nuevas bases S, B, P y Z. ¿Cuántos posible tríos podemos formar con ocho letras? Como existen ocho alternativas para llenar cada uno de los tres espacios, el total de combinaciones es de 8×8×8 = 512, que es mucho más de lo que necesitamos para nombrar e identificar veinte aminoácidos. De hecho, nos bastaría con usar pares de esas ocho letras, pues es posible formar 64  (8×8) de ellos:

    AA AC AG AT AS AB AP AZ
    CA CC CG CT CS CB CP CZ
    GA GC GG GT GS GB GP GZ
    TA TC TG TT TS TB TP TZ
    SA SC SG ST SS SB SP SZ
    BA BC BG BT BS BB BP BZ
    PA PC PG PT PS PB PP PZ
    ZA ZC ZG ZT ZS ZB ZP ZZ

     Vemos que con ocho letras se puede construir un sistema de palabras de dos elementos que tendría la misma capacidad de información que el código natural, basado en tríos de cuatro posibles letras. Planteado de otra manera, con tríos de ocho posibles letras es en teoría posible codificar muchos más aminoácidos que los que existen en forma natural, o que existen pero que no son utilizados por los seres vivos. Además del ADN sintético podríamos imaginar un gran conjunto de aminoácidos artificiales que podrían formar tipos de proteínas que no existen, por lo pronto, mas que en teoría.

    Más allá de la capacidad para codificar aminoácidos, hachimoji tiene horizontes de aplicación mucho más amplios en tecnologías futurísticas, como la de usar ADN sintético como medio de almacenamiento de información. Es posible que en el futuro resguardemos nuestra información no en chips de silicio o en medios electromagnéticos, como lo hacemos actualmente, sino en aparatos que almacenen y transmitan información a través de cadenas de ADN sintético. El año pasado se anunció que un grupo de investigación había logrado no solo almacenar información —imágenes, videos y otros documentos— en cadenas de ADN, sino que había sido capaz de copiar y acceder a esa información en puntos particulares de la secuencia, sin necesidad de leer toda la secuencia cada vez. En otras palabras, se logró emular la función de memoria de acceso aleatorio (RAM) que es la base del funcionamiento de los dispositivos de almacenamiento de información actuales. [5]

    DNA

    Si a estos avances tecnológicos le añadimos ahora el hachimoji, un lenguaje con una mucho mayor capacidad de almacenamiento de información, vemos que no es tan descabellada la idea de ver pronto centros de almacenamiento e intercambio de información guardada en moléculas de ADN.

    Por supuesto, como sucede con casi cualquier avance tecnológico, hachimoji abre al mismo tiempo ventanas de oportunidad y grandes portales de grave riesgo. Los propios investigadores se pusieron un límite ético al no intentar poner a prueba la capacidad del ADN sintético de ocho bases de replicarse en células vivas. Es difícil predecir las posibles consecuencias de incorporar  moléculas sintéticas en seres vivos fuera del laboratorio. Este es un tema que habrá de discutirse a profundidad antes de explorar todo el nuevo mundo de información que promete el hachimoji.

    Notas y referencias

    [1] Hoshika, S. et al. (2019). Hachimoji DNA and RNA: A genetic system with eight building blocks. Science, 363:884-887.

    [2] El equipo de Romesberg logró en 2014 insertar ADN sintético, con dos bases no naturales, en células vivas.
    Malyshev, D. A., et al. (2014). A semi-synthetic organism with an expanded genetic alphabet. Nature, 509(7500), 385-388.

    [3] Curiosamente, la entrada Hachimoji en la Wikipedia recalca que el financiamiento para el estudio provino de la NASA y ni siquiera menciona a los investigadores involucrados (excepto en las referencias).  [consultado el 22 de febrero de 2019 a las 18:00, tiempo del centro de México].

    [4] Poco después del descubrimiento de la estructura del ADN en 1953, el físico George Gamow estableció que se necesitaban grupos de al menos tres bases para poder codificar los veinte aminoácidos fundamentales. Francis Crick y sus colaboradores siguieron la sugerencia de Gamov y dieron los primeros pasos para descifrar el lenguaje molecular de la vida.

    [5] El reporte del logro tecnológico se publicó en
    Organick, L., et al. (2018). Random access in large-scale DNA data storage. Nature Biotechnology, 36(3):242-248

  • Vulcano y el nuevo planeta Kepler-10b

    Cualquier aficionado a la serie de televisión Star Trek ha oído hablar del planeta Vulcano.  Se trata por supuesto del planeta natal del Sr. Spock, el frío y calculador compañero de aventuras de la tripulación del Enterprise.  Lo que poca gente sabe es que Vulcano es también el nombre de un supuesto planeta de nuestro sistema solar sobre cuya existencia se especuló con gran entusiasmo a finales del siglo XIX.


    La historia de Vulcano la narró con gran detalle Isaac Asimov en el número de mayo de 1975 de The Magazine of Fantasy and Science Fiction.  En 1843 el astrónomo francés Urbain Jean Joseph Leverrier analizó los datos existentes sobre el movimiento de Mercurio y se dio cuenta de discrepancias en su órbita que no podían ser explicadas por el efecto de otros planetas.  Leverrier propuso la existencia de un planeta, al que llamó Vulcano, en una órbita más cercana al Sol que Mercurio.  En los años siguientes, varios reputados astrónomos reportaron supuestas observaciones de tal planeta, pero nunca se pudo confirmar con certeza su existencia.

    En 1915, Albert Einstein pudo explicar con su teoría general de la relatividad las discrepancias que Leverrier había detectado usando los modelos de la mecánica clásica de Newton.  A raíz de ello la búsqueda del misterioso planeta Vulcano cesó, pero aún hoy en día hay astrónomos serios que consideran plausible la existencia de un planeta, o tal vez un grupo de asteroides, en la zona que se encuentra entre el Sol y Mercurio.  Curiosamente, es posible que la NASA haya encontrado un planeta con características similares al hipotético Vulcano, pero no en las inmediaciones de Mercurio sino en una estrella situada a 500 años luz de nuestro sistema solar.

    Desde su lanzamiento en marzo de 2009, el telescopio orbital Kepler ha obtenido datos muy valiosos en la búsqueda de los llamados exoplanetas.  Una de las estrellas más estudiadas es Kepler-10, un astro semejante al Sol en cuanto a tamaño y radiación que se encuentra a poco más de 500 años luz de distancia.  Hace unas horas, la NASA anunció el descubrimiento de un curioso planeta que orbita a muy poca distancia de Kepler-10 y que por su tamaño y composición es el planeta más parecido a la Tierra que se ha detectado.

    Un equipo de científicos encabezado por Natalie Batalha, del Centro de Investigación Ames de la NASA, ha podido confirmar la existencia del más pequeño de los exoplanetas conocidos hasta ahora.  El método consiste básicamente en observar la estrella y esperar a que algún planeta se interponga entre ella y nosotros (es decir, que se produzca un “tránsito” planetario).  Midiendo los cambios en la intensidad de la radiación de la estrella, es posible calcular el tamaño del planeta.  De esta manera, se ha podido establecer que Kepler-10b, como se conoce el nuevo planeta, tiene un diámetro apenas 40% mayor que el de la Tierra.

    Asimismo, midiendo los cambios que se producen por la interacción gravitacional entre la estrella y el planeta se pudo calcular que la masa de Kepler-10b es 4.6 veces mayor que la de la Tierra.  Estos datos de tamaño y masa permiten a su vez calcular para el nuevo planeta una densidad de 8.8 gramos por centímetro cúbico.  Nuestro planeta es el más denso de nuestro sistema, con una densidad promedio de 5.5 g/cm3.  Los planetas gigantes (Júpiter, Saturno, Urano y Neptuno) tienen densidades menores de 1.7 g/cm3 ya que están constituidos en gran proporción por gases.  Saturno es el menos denso de los planetas y frecuentemente se dice que el planeta podría flotar en agua, ya que su densidad es menor de 1 g/cm3.

    Kepler-10b es entonces un planeta pequeño y sumamente denso.  Por eso los boletines de prensa han hecho énfasis en que el nuevo planeta debe ser rocoso y no constituido por gases, como la gran mayoría de los más de 500 exoplanetas que se han descubierto hasta ahora.  La densidad del nuevo planeta es similar a la de algunos metales (la densidad del cobre es, por ejemplo, de 8.96 g/cm3), y es probable que Kepler-10b esté formado principalmente por rocas y metales fundidos.

    Con el descubrimiento de un planeta relativamente pequeño y rocoso, es decir parecido a la Tierra, se ha especulado nuevamente sobre la posibilidad de la vida extraterrestre.  Sin embargo, Kepler-10b se encuentra fuera de la zona en la que la existencia de vida como la conocemos es posible.  El planeta se localiza apenas a tres millones de kilómetros de su estrella (cincuenta veces más cerca que la Tierra del Sol) y completa su órbita alrededor de la estrella en apenas 20 horas.  Es muy probable que las temperaturas en el planeta estén en los miles de grados y que el cuerpo entero esté formado por rocas y metales fundidos, definitivamente no un ambiente muy propicio para la vida.

    Si existiera en nuestro sistema solar el planeta Vulcano, sería parecido a Kepler-10b, aunque probablemente mucho más pequeño.  Sería un mundo perpetuamente calcinado formado por metales fundidos en ebullición y vapores venenosos, más parecido al taller de Vulcano, el dios romano del fuego y de la herrería que al planeta del Sr. Spock.

    El descubrimiento de Kepler-10b es por supuesto relevante y sumamente interesante, pues demuestra la existencia de planetas similares a la Tierra en sistemas estelares relativamente cercanos.  No es aventurado especular que en pocos años podrían detectarse planetas con el tamaño, composición y localización adecuados para el desarrollo de la vida como la conocemos en la Tierra.

    Figuras
    (1) Representación imaginaria del planeta Kepler-10b, recién descubierto por científicos de la NASA.  Imagen NASA.
    (2) El telescopio orbital Kepler, pieza fundamental en la búsqueda de nuevos planetas.  Imagen NASA.
    (3) Vulcano, dios del fuego, Andrea Mantegna.