Categoría: Viajeros

  • ¿Es la ballena un pez?

    “¿Es la ballena un pez?” se preguntaba retóricamente William Sampson en el título de su Reporte fidedigno sobre el caso de James Maurice contra Samuel Judd. El “reporte fidedigno” se refería a un sonado caso que se ventiló en una corte neoyorquina sobre un incidente aparentemente intrascendente. El inspector del muelle James Maurice había levantado una demanda en contra de Samuel Judd, dueño de la New-York Spermaceti Oil & Candle Factory, una fábrica de cera y velas, por haberse negado a pagar 75 dólares en comisiones por la revisión de tres barriles de aceite de ballena. Corría el año de 1818 y un reglamento del estado de Nueva York obligaba la inspección rutinaria de cualquier embarque de aceite de pescado. La razón aludida por Judd para no pagar la tarifa sonaría muy razonable hoy en día: Las ballenas no son peces, por lo tanto el aceite de ballena no puede considerarse como aceite de pescado.

    El espermaceti, llamado también aceite de ballena, es en realidad una cera que utilizan algunas ballenas en los órganos asociados con la flotación. En particular, los cachalotes (Physeter macrocephalus) pueden acumular hasta tres toneladas de espermaceti en los enormes órganos especializados que poseen en sus cabezas. En el siglo XIX se empleaba regularmente el espermaceti en la industria cosmética, como lubricante o en la elaboración de velas. Judd estaba en lo correcto al negarse a pagar la tarifa pues la sustancia que había adquirido no era un “aceite” y mucho menos de pescado.

    A principios del siglo XIX, sin embargo, la percepción del común de la gente sobre la taxonomía animal era muy distinta a la actual. Para la mayoría de las personas, incluyendo muchas mentes ilustradas, la división bíblica de los animales en tres categorías era clarísima e incuestionable. Existían criaturas del mar (peces), de la tierra (bestias) y del aire (aves). Claramente las ballenas debían clasificarse con los peces y no con las bestias de la tierra.

    Ya Aristóteles había dejado en claro que las ballenas debían considerarse mamíferos. Sin embargo, naturalistas posteriores, como Plinio el Viejo, olvidaron las enseñanzas de Aristóteles y perpetuaron la imagen de los cetáceos como un tipo de pez, usada esta palabra en un sentido muy amplio que incluía todo tipo de vida marina. Incluso Carlos Linneo, el padre de la taxonomía, clasificó las ballenas con los peces en la primera edición de su Systema Naturae (1734), aunque para la décima edición de la obra (1758) incluyó ya los cetáceos dentro del grupo de los mamíferos.

    La imagen generalizada de las ballenas como peces aparece magistralmente ilustrada en Moby Dick, la celebrada novela de Herman Melville (1851). En ella, en voz de Ismael, podemos darnos una idea de la percepción que tenían los balleneros del siglo XIX sobre los gigantescos seres que perseguían en sus frágiles embarcaciones. Aunque Melville cita a naturalistas como el propio Linneo y Cuvier (“la ballena es un animal mamífero carente de patas traseras”), nos presenta esta interpretación de Ismael:

    Así que quede claro que, dejando a un lado toda discusión, parto de la antigua y buena base de que la ballena es un pez, y acudo al sagrado Jonás para que me respalde.

    Y remata Ismael: “Para resumir, una ballena es un pez que lanza agua y que tiene una cola horizontal”.

    El contexto y desarrollo del juicio Maurice v. Judd están vívidamente detallados en el libro de D. Graham Burnett Trying Leviathan: The Nineteenth-Century New York case that put a whale on trial and challenged the order of nature (Princeton University Press, 2007). No podemos confiar demasiado en la fidelidad del reporte de Sampson, pues fue él el abogado del demandante que usó como argumentos la percepción común del concepto de “pescado” y la visión bíblica de la naturaleza.

    Por parte de la defensa, el testigo principal fue el naturalista Samuel Latham Mitchill, autor de una monografía sobre los peces de Nueva York y quien literalmente llevó lo último de la ciencia a la corte. Usando argumentos tomados de Linneo y de Cuvier, Mitchill defendió la postura de que las ballenas no son peces sino mamíferos y que por tanto el cobro de un impuesto sobre el aceite de pescado a un cargamento de espermaceti era injustificado. “Una ballena no es más pez que un hombre”, sentenció.

    El veredicto final fue a favor del demandante. De acuerdo con la reglamentación vigente en el momento, cualquier “aceite” proveniente del mar debía considerarse “aceite de pescado” y pagar la tarifa establecida. Judd se vio obligado a pagar los 75 dólares que debía y otros $72.27 en multas. Sin embargo, a raíz del sonado caso, las autoridades se dieron cuenta del agujero legal que representaba el considerar la cera de ballena como aceite de pescado. Poco después el reglamento fue enmendado y el espermaceti fue eximido del pago de las tarifas correspondientes al aceite de pescado.

    Muy pocas personas podrían dudar en el siglo XXI que las ballenas no son peces. En el contexto de Maurice v. Judd, sin embargo, desde un punto de vista estrictamente legal, el veredicto fue probablemente correcto. De todas maneras, con el paso del tiempo el uso de productos derivados de las ballenas cayó en desuso y la percepción actual sobre esos animales es completamente diferente a la del siglo XIX.

    Años más tarde, en un caso similar, Nix v. Hedden (1883), la Suprema Corte de los Estados Unidos determinó que los tomates son verduras y no frutas para zanjar un caso en el que unos comerciantes de tomates se negaban a pagar un impuesto establecido para la importación de verduras, aduciendo que el tomate es, en el sentido botánico, una fruta. La corte determinó que los términos “fruta” y “verdura” debían entenderse en un sentido legal y gastronómico y no en términos botánicos.

    ¿Pez o mamífero?, ¿Fruta o verdura? La confrontación de los conceptos científicos con las ideas religiosas y con las definiciones legales será siempre un tema interesante y debatido. Las historias de la ballena y del tomate son sólo dos capítulos en esa inacabable saga de contradicciones.

    Figuras
    (1) Ilustración del siglo XIX de una edición de Moby Dick, de Herman Melville.
    (2) Cacería de un cachalote, ilustración de Currier & Ives, ca. 1850.
    (3) Rótulo de un producto del siglo XIX del espermaceti, el Jonah Sperm Oil .

    Notas y referencias
    Arita, H. T.  2000.  Moby Dick y sus ancestros. Ciencias 59:8-10.

    Burnett, D. G. 2007. Trying Leviathan: The Nineteenth-Century New York case that put a whale on trial and challenged the order of nature. Princeton University Press.

    Sampson, W. 1819. Is a whale a fish? An accurate report of the case of James Maurice against Samuel Judd. Van Winkle, Nueva York (citado y discutido por Burnett 2007).

     

  • NUESTROS ANTÍPODAS EXTINTOS

    Antes de llegar al País de las Maravillas, mientras caía a través del hoyo del conejo, Alicia comenzó a imaginarse lo que sucedería si atravesara la Tierra y apareciera en el otro lado del planeta.  «¡Qué divertido sería salir entre esas gentes que andan con la cabeza abajo, y que son los antipatas, creo…!»  [antipathies en el original en inglés].  Antípodas son personas que habitan en lados opuestos de la Tierra, aunque el término también puede emplearse para referirse a dos sitios localizados en lugares opuestos del mundo.  Si imaginamos la Tierra como una esfera, la ruta imaginaria más corta entre un par de antípodas pasaría por el centro del planeta y la geodésica (la distancia más corta entre ellos sobre la superficie curva de la Tierra) mediría 20,000 kilómetros.

    Alicia puede haber tenido mal el nombre de los antípodas, pero estaba en lo correcto cuando se imaginó emergiendo en algún lugar de Nueva Zelanda, ya que ese país está bastante cerca del lado opuesto del mundo desde Inglaterra, e incluso comprende el archipiélago de los Antípodas, localizado al sureste de las islas principales.  Más precisamente,  los antípodas de los neozelandeses son los españoles, como podemos ver en el mapa a la izquierda.  Para encontrar el lugar donde viven nuestros antípodas debemos cambiar el signo de la latitud (siendo la latitud sur negativa y la latitud norte positiva) y sumar o restar 180 grados a nuestra longitud.  De esta manera, podemos constatar que si cayéramos por el hoyo del conejo de Alicia desde la ciudad de México, apareceríamos en un lugar del Océano Índico localizado a 19° 25′ 48″ S y 80° 51′ 46″ E.  Desafortunadamente para nosotros, nos encontraríamos en la mitad del mar, sin tierra alguna a la vista.

    El accidente geográfico más cercano a nosotros sería la depresión de Langseth (Langseth Trough), una especie de cañón submarino con una profundidad máxima de poco más de cinco kilómetros localizado a unos 100 kilómetros al noroeste de nuestro punto de emergencia.  Curiosamente, si iniciáramos nuestro viaje a través del centro de la Tierra en la depresión de Langseth, emergeríamos del otro lado de la Tierra a unos 34 kilómetros de Zihuatanejo, en el estado mexicano de Guerrero.

    Sin contar algunos picos volcánicos que apenas asoman del mar, la tierra firme más cercana a la antípoda de la ciudad de México es la isla de Rodrigues, en el archipiélago de las Mascareñas que forman la nación de Mauricio.  Los antípodas de los mexicanos son, entonces, los 40,000 habitantes de Rodrigues, en su mayoría de ascendencia francesa y africana y que hablan un tipo de lengua criolla basada en el francés.  La isla toma su nombre de Diogo Rodrigues, un explorador portugués que avistó las islas Mascareñas a principios del siglo XVI.

    Si por alguna razón nos interesaran nuestros antípodas no humanos, nos llevaríamos una enorme decepción.  La gran mayoría de las especies de animales nativos de la isla, todos ellos endémicos (es decir, que no se encontraban en ningún otro sitio) se extinguieron pocos años después de la colonización europea.  El más curioso de ellos era sin duda el solitario de Rodrigues, un ave no voladora cercanamente emparentada con el dodo de la isla Mauricio.  El solitario fue visto por primera vez por los europeos en 1691 y para 1755 había ya desaparecido de la isla.  Según los relatos de la época, los colonizadores gustaban de la carne de estas aves, particularmente la de los polluelos.

    Junto con los solitarios desaparecieron varias otras especies de aves: palomas, lechuzas, pericos, gallaretas, etc.  Actualmente solo persisten dos especies de aves paseriformes.  También desaparecieron dos especies de lagartijas y dos de tortugas terrestres gigantes.  El único mamífero originario de la isla, el murciélago de la fruta de Rodrigues, aún existe pero se considera en peligro de extinción.

    Este impresionante proceso de extinción es, desafortunadamente, típico de islas como la de Rodrigues.  La fragilidad de estos ecosistemas y la ausencia de adaptación de las especies nativas a depredadores tan feroces como el ser humano y sus animales domésticos hacen que la extirpación de faunas enteras en las islas sea la norma y no la excepción.  ¿Debemos lamentarnos o preocuparnos por los sucesos que han tenido lugar literalmente al otro lado del mundo?  Tal vez debemos aprender alguna lección en la historia de nuestros antípodas extintos y evitar en la medida de lo posible un futuro similar para nuestros propios animales.

     

    Referencias y notas

    Carroll, L. 2002. Aventuras de Alicia en el País de las Maravillas / Al otro lado del espejo. Valdemar. Madrid [Traducción de Mauro Armiño].
    Day, D. 1989. Vanished species.  Gallery Books.  Nueva York.
    Se puede encontrar fácilmente la antípoda de cualquier sitio de la Tierra usando wolframalpha.
    Un mapa más detallado de los antípodas puede consultarse en el sitio de National Geographic.

    Figuras

    1. Ilustración de John Tenniel para Alicia en el País de las Maravillas.
    2. Mapa de los antípodas.  Un habitante de un continente marcado en magenta debe buscar su antípoda en los continentes dibujados en azul y viceversa. El color oscuro denota pares de sitios en tierra firme que son antípodas.   Tomado de Wikipedia.
    3. El solitario de la isla Rodrigues, ilustrado por Frederick William Frohawk.
    4. La tortuga terrestre gigante de Rodrigues.

  • PANGLOSS, COLÓN Y LA SÍFILIS

    Enfermo de sífilis. Atribuido a Durero

    En Cándido, o el Optimismo, Voltaire[1] satiriza a los idealistas y nos presenta a Pangloss, un optimista empedernido que siempre encuentra una causa positiva a las peores desgracias.  Al hablar sobre la sífilis que lo aqueja, Pangloss empieza por describir cómo adquirió “los tormentos del infierno” por haber gustado “las delicias del paraíso” en brazos de una bella doncella y de cómo el germen a su vez provenía en sucesión de un franciscano, una condesa, un capitán, una marquesa, un paje, un jesuita y finalmente, “en línea directa, de uno de los compañeros de Cristóbal Colón.»  A pesar de su sufrimiento, Pangloss afirma que la enfermedad es un elemento indispensable en el mejor de los mundos, porque “si Colón no hubiera atrapado en una isla de América esa enfermedad que emponzoña la fuente de la generación, […] no tendríamos ni el chocolate ni la cochinilla.”

    Tradicionalmente se ha atribuido a la sífilis un origen americano, porque la primera epidemia importante de la enfermedad en Europa se produjo poco después del regreso de Colón, en 1494 durante el sitio de Nápoles por las tropas francesas.  Debido a su naturaleza venérea y la propensión a aparecer en puertos y otros lugares llenos de viajeros, no tardó la enfermedad en ganar nombres peyorativos y llenos de xenofobia.  En Italia se le llamó “la enfermedad francesa”; en reciprocidad, los franceses la conocieron como “la enfermedad italiana”, pero era “la enfermedad española” en Holanda, “la enfermedad polaca” en Rusia y “la enfermedad cristiana” en Turquía.

    Para apoyar la hipótesis de que Treponema pallidum, la bacteria de la sífilis, entró en Europa con los primeros viajeros al Nuevo Mundo, Jared Diamond[2] señala la agudeza con la que la enfermedad azotaba a los europeos a finales del siglo XV, cuando las pústulas los cubrían de cabeza a pies, la carne literalmente se caía a pedazos y la muerte sobrevenía en cosa de unos cuantos meses.  Ya a mediados del siglo XVI la enfermedad había evolucionado hacia una forma un poco más benigna, más parecida a la actual.

    Tratamiento con mercurio (ca. 1496)

    Sin embargo, desde hace mucho tiempo se ha remarcado también que algunos escritos europeos antiguos describen padecimientos con síntomas muy similares a los de la sífilis.  Algunos escritos de Hipócrates, por ejemplo, parecen describir los chancros genitales característicos de la infección por Treponema.  Se ha especulado también que “la lepra” que aparece innumerables veces en la Biblia podría en realidad corresponder a la sífilis.  Por ejemplo, uno de los suplicios que tuvo que soportar Job fue el quedar cubierto “con una úlcera maligna desde la planta de los pies hasta la coronilla de la cabeza.”  También algunos escritos medievales describen pústulas semejantes a las de la sífilis, y recomiendan el uso de mercurio para su tratamiento.

    Dadas las evidencias a favor y en contra, y aunque la mayoría de los expertos considera que un origen americano de la enfermedad es el escenario más probable, no existe certeza completa al respecto.

    Hace unos días circuló en los medios masivos de comunicación una nota en la que se anunció el descubrimiento de pruebas, en apariencia irrefutables, de la presencia de la sífilis en Europa antes de Colón[3].  Brian Connell y su equipo, del Museo de Londres analizaron más de cinco mil restos óseos de personas enterradas en el Hospital de Santa María, en Londres, en los siglos XIII y XIV.  De acuerdo con las notas periodísticas, en al menos 25 de los esqueletos se encontraron lesiones que inequívocamente se pueden identificar como signos de sífilis.

    Si estos resultados se confirman, se refutaría la hipótesis del origen americano de la sífilis y de su introducción a Europa por los hombres de mar de Cristóbal Colón.  Sin embargo, es necesario aguardar a que Connell y su equipo sometan sus resultados al escrutinio de alguna revista científica antes de emitir un juicio a favor o en contra del almirante genovés.

    La moral es una enfermedad venérea.  Su primera fase se llama virtud.  Su segunda fase aburrimiento y la tercera, sífilis.

    Karl Kraus (1874-19 36).  Escritor y periodista austriaco.

    Actualización, octubre de 2015. El artículo de B. Connell y sus colaboradores se publicó este año [4]. Las conclusiones de este artículo científico son más cautas que las noticias que aparecieron en 2010: se habla de que los datos sugieren la presencia de sífilis en Europa antes de 1492.

    [1] Voltaire.  2006.  Cuentos completos en prosa y verso.  Traducción de M. Armiño y M. Domínguez.  Ediciones Siruela/Fondo de Cultura Económica, México.

    [2] Diamond, J. D. 1997. Guns, germs, and steel. The fates of human societies. W. W. Norton, Nueva York.

    [3] Por ejemplo, esta nota del Discovery Channel

    [4] Walker, D., Powers, N., Connell, B. et al. (2015) Evidence of skeletal treponematosis from the medieval burial ground of St. Mary Spital, London, and implications for the origins of the disease in Europe. American Journal of Physical Anthropology, 156, 90-101.