Categoría: Mitología

  • Luna roja: ¿Qué pasa durante un eclipse lunar?

    Desde los comienzos de la historia los eclipses de Luna han sido fuente de misterio y de asombro.  La desaparición paulatina de la Luna tras un velo oscuro y rojizo y su posterior resurgimiento de las tinieblas generaron en las sociedades pre-científicas toda suerte de imágenes e historias maravillosas para explicar tan inusitado y bello fenómeno.  En la antigua China se creía que un prodigioso sapo engullía por completo la Luna durante un eclipse.  En otras partes de Asia era un dragón el responsable de la desaparición de la luminaria nocturna, mientras que en Mesoamérica se trataba de un jaguar o de una serpiente.

    Uno de los mitos más antiguos de Egipto explica que el Sol y la Luna son los ojos de Horus, el dios con rostro de halcón.  El ojo izquierdo, que corresponde con la Luna, es menos brillante porque fue lesionado durante una batalla celestial.  Los eclipses de Luna recrean una de las historias egipcias en la que Set hurta el ojo izquierdo de Horus, sumiendo al universo en oscuridad.  Toth, el sabio dios con aspecto de ibis, logra recuperar el ojo perdido y lo restituye en su lugar, permitiendo el renacimiento de la Luna.  En versiones más recientes del panteón egipcio, Toth aparece como el dios de la Luna.

    Un eclipse lunar se produce cuando la Tierra se interpone entre el Sol y la Luna.  Para que ello suceda, el Sol y la Luna tienen que estar en puntos opuestos con respecto a la Tierra, de manera que los eclipses siempre se producen en luna llena.  Además, el plano de la órbita lunar debe coincidir con el de la Tierra respecto al Sol para que la sombra de nuestro planeta se proyecte sobre el satélite.

    Desde la Luna el tamaño relativo de la Tierra es mayor que el del Sol, de tal suerte que en la mayoría de los casos la Luna es completamente envuelta en la sombra terrestre y el eclipse es total.  Cuando esto sucede, solamente la luz que se refracta en la atmósfera terrestre alcanza el satélite, iluminándolo tenuemente con un color rojo bellamente fantasmal semejante al que se produce durante los amaneceres y los atardeceres.  Esta fase de totalidad perdura normalmente unos 40 o 50 minutos y durante ella se puede gozar la vista de una luna roja de belleza difícilmente descriptible.

    Si la vista desde la Tierra es tan fascinante, tratemos de imaginarnos cómo se debe ver lo que llamamos un eclipse lunar desde la propia Luna.  Desde la perspectiva lunar, un eclipse de este tipo es solar, es decir, es el Sol el que se ve opacado por la sombra de otro cuerpo, en este caso la Tierra.  Como ningún ser humano ha estado en la Luna durante un eclipse, no es posible saber con absoluta certeza cómo se ve la sombra de la Tierra desde nuestro satélite, pero un poco de ciencia y una pizca de imaginación nos permiten visualizar la imagen.

    Lo que veríamos desde la Luna sería sólo un anillo de luz roja rodeando la sombra de la Tierra.  Esta luz atraviesa la atmósfera terrestre, y por efecto de la refracción y la difracción producida por las partículas flotantes en la atmósfera se torna roja.  Tal vez alcancemos a ver un tenue resplandor alrededor del anillo rojo, producido por la luz solar que no es completamente desviada hacia nosotros.  Sobre la superficie lunar veríamos solamente un juego de luces y sombras de color rojo vivo, produciendo un paisaje desolado y espeluznante, literalmente fuera de este mundo.

    Los diferentes pueblos de la Tierra se imaginaron historias fantásticas para explicar los eclipses lunares.  Si existieran civilizaciones en la Luna, ¿Qué clase de mitos hubieran creado para explicar la oscuridad y el enrojecimiento del satélite completo durante un eclipse?

    Figuras

    1. El eclipse de Luna del 20 de diciembre de 2010.  ©H.T. Arita 2010.
    2. El ojo de Horus.
    3. Un eclipse «lunar» como probablemente se vería desde la Luna.  La silueta de la Tierra está enmarcada por la luz solar refractada en la atmósfera terrestre, produciendo la tenue luz roja que ilumina la superficie lunar.  La imagen de la superficie lunar es de una foto de la Agencia Espacial Japonesa (JAXA).

  • ¿Creación vs. evolución?

    Las paredes del Museo de Ciencias Naturales del Colegio de San José de la Salle, en Medellín Colombia están adornados con una interesante serie de murales alusivos.  El mural central, basado en gran medida en las clásicas imágenes de Rudolph F. Zallinger  en el Museo Peabody de la Universidad de Yale, muestra una progresión desde las nebulosas hasta el hombre, pasando por diversas formas marinas, dinosaurios, mamíferos pleistocénicos y primates ancestrales. Según explica el rótulo anexo, las imágenes muestran “la creación, la evolución, el relieve marino y el desarrollo filogenético de los organismos.”

    Es interesante hacer notar la presencia de las palabras «creación» y «evolución» juntas en la descripción de la obra artística.  Debido a los intensos debates que se dan sobre todo en los Estados Unidos, se tiene la idea de que creación y evolución tienen que ser conceptos mutuamente excluyentes.  Los creacionistas americanos son en su mayoría cristianos protestantes que rechazan la teoría de la evolución por considerarla contraria a su interpretación literal del libro del Génesis.  Para ellos, el universo fue creado por Dios hace unos pocos miles de años en exactamente seis días y todos los animales actuales son descendientes de los individuos que sobrevivieron al diluvio universal en el arca de Noé.  En esta visión del cosmos, la mayoría de las teorías científicas que tienen que ver con la cosmología, la formación de las estrellas y de los sistemas planetarios y el origen y evolución de la vida son falsas por contradecir las sagradas escrituras.  Claramente, esta visión fundamentalista es incompatible con la teoría de la evolución biológica.

    Los murales del Colegio de San José, pintados por Salvador Arango Botero en 1956, nos muestran una idea diferente.  En una de las paredes laterales aparece la imagen de Dios, muy al estilo de Miguel Ángel Buonarroti, presidiendo sobre las galaxias y otros objetos del universo.  Esta conciliación entre ciencia y religión, entre creación y evolución puede no resultar del agrado de los fundamentalistas religiosos ni de muchos científicos que preferirían no mezclar la ciencia con la religión.

    Para muchos cristianos devotos, sin embargo, no existe contradicción alguna.  De hecho, la Iglesia Católica acepta que la evolución biológica no es incompatible con la fe cristiana y diversas denominaciones protestantes optan por una interpretación metafórica, alegórica y espiritual del Génesis, e incluso algunas de ellas ven en la evolución el mecanismo usado por Dios para concretar la creación del mundo y del hombre.

    Para entender el contexto de los murales de Arango Botero es necesario conocer algo de la historia del Colegio de San José.  La investigación científica en el Colegio fue iniciada por Nicéforo María, un religioso lasallista, en 1911.  Años antes, en 1904, Apolinar María había iniciado una colección de historia natural en el Colegio La Salle de Bogotá y se pensó que era una buena idea contar con un museo similar especializado en la flora y fauna de Antioquia, el departamento en el que se asienta Medellín.

    En 2006 el municipio de Medellín recibió en comodato el campus del Colegio, junto con el museo y la colección científica, de manera que ambos pertenecen ahora al Instituto Tecnológico Metropolitano (ITM).  La colección cuenta con 15,197 ejemplares, algunos de ellos de gran importancia científica.

    Los murales datan de la década de los 1950s, de manera que algunos de los conceptos biológicos y de las reconstrucciones de los animales representados ahí son ya obsoletos.  Sin embargo, la idea de representar en una sola obra la evolución física, química y biológica del cosmos en el contexto de la idea judeo-cristiana de la creación sigue siendo interesante y, por supuesto, controversial.  Se trata de un tema muy amplio sobre el que cada persona tiene una opinión particular.  En futuras entregas de este blog se discutirán aspectos particulares de la siempre tensa relación entre la ciencia y la religión.

    Figuras

    1.  Panel central del mural de Salvador Arango Botero en el Museo de Ciencias Naturales del Colegio de San José de la Salle, en Medellín Colombia.
    2. Vista panorámica del mural.
    3. Investigadores trabajando en el recinto de la colección científica.  En el mural se ven paisajes típicos de Antioquia y un retrato del Hno. Nicéforo María, fundador del museo.

    Agradezco la hospitalidad de mis colegas colombianos y en particular la de la Biól. Danny Zurc, curadora de la colección del Museo de Ciencias Naturales.

  • Galileo y el rapto de Europa

    Io, Europa, Ganimedes y Calisto son los nombres de los cuatro satélites mayores de Júpiter.  En la mitología clásica, cada uno de ellos corresponde con amantes de Zeus (el equivalente griego de Júpiter) y cada uno tiene historias fascinantes.  Se cuenta que Europa, por ejemplo, era una princesa fenicia que fue seducida por Zeus, quien había tomado la forma de un portentoso toro blanco.  Cuando Europa montó al animal, la bestia emprendió un prodigioso viaje a través del mar para llegar a Creta.  Europa, al parecer complacida por su supuesta abducción, procreó con Zeus varios hijos, entre ellos Minos, futuro rey de Creta.

    La historia verdadera de los satélites de Júpiter es casi tan extraordinaria como la mitológica.  En diciembre de 1609, Galileo Galilei tuvo la genial idea de apuntar su “lente de espía” (un primitivo telescopio) hacia el espacio.  Las observaciones y deducciones que Galileo hizo en los siguientes meses cambiaron para siempre la imagen que de los cuerpos espaciales se tenía.  La Luna, por ejemplo, era considerada en la visión aristotélica como un objeto de total perfección en forma y movimiento.  Galileo observó en cambio un mundo cubierto por enormes cráteres, extensas llanuras y numerosas montañas.  Galileo también observó las fases de Venus, un fenómeno compatible con el modelo heliocéntrico de Copérnico pero difícilmente explicable dentro del modelo geocéntrico de Tolomeo.  Finalmente, probablemente a principios de 1610, Galileo observó unos nuevos cuerpos espaciales cercanos a Júpiter.

    Galileo pensó que estos nuevos cuerpos eran estrellas alineadas en ese momento con Júpiter.  En las semanas subsecuentes, sin embargo, pudo constatar que los cuatro objetos eran en realidad satélites en órbita alrededor del planeta gigante, un hecho tremendamente difícil de explicar con el modelo geocéntrico.  Galileo llamó a los cuatro objetos Medicea Sidera en honor de los cuatro hermanos Medici, aunque propuso también el sistema de llamar a los satélites Júpiter I, II, III y IV de acuerdo con su posición respecto al planeta.

    En 1614, el astrónomo alemán Simon Marius publicó Mundus Iovialis, un tratado sobre Júpiter en el que afirmó haber descubierto los cuatro satélites del planeta gigante con anterioridad a Galileo.  Fue Marius quien llamó a los satélites con los nombres de seres mitológicos asociados con Júpiter/Zeus:

    Io, Europa, Ganimedes puer, atque Calisto lascivo nimium perplacuere Iovi.
    (Io, Europa, el niño Ganimedes y Calisto dieron gran placer a Júpiter el lujurioso).

    El sistema numérico de Galileo se empleó ampliamente hasta mediados del siglo XX cuando el descubrimiento de satélites adicionales lo hizo impráctico (hasta la fecha se han catalogado 63 satélites de Júpiter).  En consecuencia, los nombres mitológicos de Marius son los más utilizados en la actualidad.

    En años recientes, algunas peculiaridades de Europa han llamado la atención de los científicos planetarios.  El satélite es aproximadamente del tamaño de la luna terrestre, pero tiene una superficie mucho más lisa, sin el accidentado relieve que Galileo descubrió en nuestra luna.  Los científicos han interpretado la superficie de Europa como una gruesa costra de hielo y las líneas que aparecen en las imágenes del satélite podrían ser enormes grietas en el hielo.  Lo más interesante es que por debajo de la costra de hielo podrían existir enormes extensiones de agua en estado líquido, formando un ambiente propicio para el desarrollo de la vida.

    Si en efecto existe vida en Europa (el satélite, no el continente), probablemente no estaría basada en un proceso similar a la fotosíntesis.  Después de todo, el sistema joviano se encuentra poco más de cinco veces más lejos del Sol que la Tierra, lo que significa que la luz solar es 25 veces más tenue.  Sin embargo, se conoce en la Tierra la existencia de ecosistemas enteros basados en la síntesis orgánica en lugares totalmente oscuros.  En las ventilas hidrotermales del fondo del mar, ciertas bacterias sintetizan biomoléculas empleando reacciones químicas que aprovechan la energía termal disponible en esos sitios.  Es posible que en Europa existan fuentes de energía similares a las ventilas hidrotermales, por lo que la existencia de vida en el satélite es plausible.  De hecho, Europa es considerado el cuerpo del Sistema Solar con mayores probabilidades de albergar algún tipo de vida extraterrestre.

    La Europa mitológica aceptó su destino de ser consorte de Zeus y procrear algunos de sus hijos.  En el mundo real, el satélite Europa podría ser el lugar donde finalmente encontremos indicios de vida fuera de nuestro planeta.  Como en otros casos, es difícil decidir cuál de las dos historias es más fascinante.

    Referencias

    Hamilton, E. 1942. Mythology.  Back Bay Books.
    International Astronomical Union.  Planet and satellite names and discoverers

    Figuras

    1. El rapto de Europa, por Nöel-Nicolas Coypel (1690–1734).
    2. Europa, satélite de Júpiter.  Foto NASA.
    3. El rapto de Europa, por Fernando Botero (n. 1932).
    4. Io, Europa, Ganimedes y Calisto.  Foto NASA.