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  • La cueva de Ikim-tzotz

    “Ikim tzotz, ikim tzotz.” Aquellas palabras mayas no dejaban de dar vuelta en mi mente mientras nos preparábamos para otro día de trabajo de campo en las cuevas de Yucatán. “Estaba loco el viejito, ¿no?”, comentó Graciela mientras preparábamos el equipo para entrar a la gruta de Tecoh en busca de murciélagos. Al recordar los pormenores de la tarde anterior con Don Margarito, no pudimos sino sonreír. Aquel anciano realmente nos había entretenido con sus inacabables anécdotas salpicadas con chistes de doble sentido y sus fantásticas historias sobre animales.

    Chrotopterus auritus. Ilustración de G. H. Ford (1861) en Proceedings of the Zoological Society of London.

    La narración de su encuentro cercano con un jaguar en las selvas de Campeche nos había parecido realmente fantasiosa, pero por otro lado su vívida y detallada descripción del felino no dejaba duda de que nuestro locuaz interlocutor realmente conocía estos animales. Haciendo un recuento de sus historias, me percaté de que en todas ellas, sin importar el grado de exageración, el animal protagonista podía ser identificado con alguna especie real de la zona maya. Pero Ikim tzotz, el rey de los murciélagos, no parecía corresponder con la realidad.

    Ikim tzotz, de acuerdo con Don Margarito, era un murciélago enorme, que volaba lenta y silenciosamente y que acostumbraba “llevarse” a los pájaros. Sabíamos que tzotz es la palabra maya para murciélago, pero ¿qué significaba ikim?

    —Es el pájaro de la noche que se come a los otros animales —nos explicó Don Margarito.

    — ¿La lechuza? —se atrevió a preguntar Pablo.

    —Sí, pero es el ave de la mala suerte —sentenció el anciano, susurrando con aire misterioso mientras una sonrisa traviesa se dibujaba en su arrugado rostro.

    —Pero, a ver, a ver —interrumpió Pablo, echando a perder el místico momento—Los murciélagos más grandes comen fruta, no parecen lechuzas.

    —Tst, tst, no, no —respondió el sabio maya con infinita paciencia. —No son los tzots de los amates; esos hacen mucho ruido. Ikim Tzotz es el rey de los murciélagos y vuela despacito y nadie lo oye.

    —No es el vampiro, ¿verdad? —insistió Pablo, el pragmático.  Don Margarito sólo negó con la cabeza. ¿Qué clase de necios éramos nosotros que no entendíamos nada de lo que nos quería decir?

    Ikim tzotz, Ikim tzotz, el murciélago lechuza, seguían las palabras revoloteando en mi cabeza mientras comenzamos a descender hacia las entrañas de la tierra.  Eran apenas las nueve treinta, pero el calor de aquella mañana de agosto presagiaba otro día seco y caliente en la tierra maya. Esa es una ventaja del trabajo en las cuevas: Las grutas como las de Tecoh son siempre más frescas que el exterior durante el día. Comenzamos a avanzar lentamente, apuntando la luz de nuestras lámparas hacia los lados para no asustar a los murciélagos.

    “Yo creo que el viejecillo se inventa todas sus historias”, comentó Pablo.  “¡Shhh!, vas a espantar a los murciélagos”, le recriminó Susana, “y, por cierto, yo sí le creo”.  “Ah, ¿sí?, y entonces, ¿qué especie crees que sea el tal Ikiiiiiiiim tzotz?”, atacó Pablo con tono de burla.  “Chrotopterus auritus”, contestó en voz baja Susana; y todos nos quedamos callados.

    Efectivamente, Chrotopterus, el falso vampiro lanudo, podía corresponder con la descripción del murciélago lechuza.  Es un murciélago muy grande, vuela silenciosamente y de hecho se alimenta de pájaros que captura en sus perchas durante la noche. Además, la distribución de la especie incluye la península de Yucatán. Sólo había un pequeño problema con esta hipótesis: La última vez que se había encontrado este murciélago en el estado de Yucatán había sido a principios de los años 60s y casi treinta años después, durante el año y medio que llevábamos explorando las cuevas de la región no habíamos encontrado ningún indicio de su presencia.

    Peropteryx macrotis

    “¡Eh, chicos!”, advirtió Graciela, “ahí están los ‘peros’”. Se refería a los Peropteryx macrotis, los simpáticos murcielaguitos de saco que se encuentran cerca de las entradas de casi cualquier cueva en Yucatán. En esta gruta habíamos encontrado ocho especies de murciélagos, y de hecho sabíamos ya la localización aproximada de cada una de ellas a lo largo de la cueva. Mientras examinábamos el grupo de los Peropteryx, Pablo regresó al tema del Ikim tzotz. “¿Y de veras crees que el ruco haya visto un Chrotopterus?”, preguntó burlonamente dirigiéndose a Susana. “Y ¿de dónde se sacó esas historias de que se lleva a los pájaros?” Susana musitó alguna maldición y optó por mantener silencio.

    Mientras los demás terminaban de realizar las observaciones del grupo de los Peropteryx, me adelanté en busca de los murciélagos bigotudos (Pteronotus) que normalmente se refugiaban en los hoyos de disolución del techo de la cueva. Extrañamente, esta vez no había uno solo, aunque las pequeñas pilas de guano en el suelo, justo abajo de los huecos del techo, hacían evidente que los murciélagos habían estado ahí recientemente.  “Qué raro está esto”, pensé.

    De pronto, en un hueco somero en el techo, a unos diez metros más adelante, alcancé a ver una sombra.  Me acerqué con sigilo y pude ver tres murciélagos de gran tamaño agazapados en el hueco.  Comprendiendo que se trataba de algo que no habíamos registrado hasta ese momento, sentí que mi pulso se aceleraba al acercarme más. Con mucho cuidado, pero velozmente, alcancé a colocar mi red de mano sobre el hueco. Sentí de inmediato un gran peso en el fondo de la red y alcancé a ver un murciélago de considerable tamaño huyendo hacia la parte interior de la cueva. Me llamó la atención que, a pesar de lo voluminoso del animal y de lo intempestivo de su movimiento, su vuelo era increíblemente silencioso.

    Controlando el temblor de mis manos, abrí un pequeño hueco en la malla de la red hasta poder ver el interior. Y lo que vi me dejó helado. Asomándose por el hueco observé el robusto hocico de un murciélago con una hoja nasal de gran tamaño. Pude observar también unas enormes orejas y, parcialmente ocultos en un pelaje largo y suave, un par de ojos vivaces, muy grandes y redondeados que le daban al animal un aire de sapiencia. “No puede ser”, pensé, “¡es un Chrotopterus!”. En la red tenía yo una hembra adulta y un macho joven. El individuo que había escapado seguramente era un macho adulto, porque estos murciélagos suelen refugiarse formando parejas o pequeñas familias durante la época de reproducción.

    Tratando de ocultar mi emoción, regresé a donde estaban los demás. “¿Qué pasó?”, preguntó Pablo. “Nada”, le contesté, “los Pteronotus”, y puse en sus manos el saco de lona en el que había colocado los murciélagos. Pablo sintió el peso del saquito, pero no mostró sorpresa en el rostro hasta que abrió la bolsa y vio su contenido. “¡Aaaay, güero!, no manches, ¿qué es esto?” Con extremo cuidado, sacó de la bolsa a la hembra, un hermoso murciélago con un cuerpo de casi un palmo de largo, con abundante pelaje café grisáceo. Lo más impresionante del animal era su poderoso hocico armado con afilados dientes capaces de atravesar el cráneo de pequeñas aves, ratones o murciélagos. Susana, una vez repuesta de su propia sorpresa, rió a carcajadas al ver reflejadas las dulces mieles de la revancha en el azorado rostro de Pablo. Regresamos todos al lugar donde había capturado los murciélagos y examinamos el piso. Regados en un corto radio había pedazos de huesos pequeños, algunas plumas y el esqueleto casi completo de un murciélago pequeño semidevorado. Eran los restos de la comida de los Chrotopterus.

    Toma de datos en la cueva de Tecoh

    Aquella tarde, mientras registrábamos en nuestras libretas de campo los datos recopilados durante el día, pudimos finalmente poner en contexto nuestro hallazgo de la mañana. Se trataba del primer reporte de un falso vampiro lanudo en el estado de Yucatán desde que el equipo de J. K. Jones, entonces profesor de la Universidad de Kansas, lo había encontrado hacia 1962. Su presencia en Tecoh, en una zona altamente perturbada por la actividad humana resultaba inusitada, pero recalcaba la posibilidad de que muchas especies raras pueden seguir existiendo en pequeños fragmentos de ecosistemas embebidos en ambientes dominados por el ser humano.

    Además de todo ello, nuestro hallazgo daba crédito a las historias de Don Margarito. Tiempo después pudimos constatar en el diccionario maya que efectivamente ikim se refiere a la lechuza o a alguna “ave nocturna agorera a la que le temen los indios”, aunque la entrada para ikim tzotz dice solamente “murciélago muy grande” ¿Realmente conocía el anciano los hábitos del falso vampiro? ¿O la concordancia de su historia con la realidad era pura coincidencia?

    Estuvimos otros diez días recorriendo otras cuevas en el sur de Yucatán, pero tuvimos oportunidad de pasar por Tecoh en nuestro regreso rumbo a Mérida. Quisimos visitar a Don Margarito para compartirle nuestra experiencia y tal vez aprender algo más de él. “Don Margarito ya no está aquí”, nos dijo la señora que atendió nuestro llamado a la puerta de la casa. ¿Cómo que ya no está?, ¿se mudó?, ¿murió?  “Él está bien, pero ya no está aquí”, fue lo único que acertó a decir la señora antes de cerrar la puerta.

    Nunca supimos más del sabio informante que nos hizo saber de la existencia de Ikim tzotz, el murciélago lechuza de los mayas.

    La hacienda de Xcanchakan, cerca de Tecoh. viaje de Stephens y Catherwood 1842.

    Nota
    Los eventos de esta narración tienen lugar en agosto de 1990. Los datos científicos, incluyendo la presencia de Chrotopterus en la gruta de Tecoh, son verídicos. Los detalles de los eventos descritos son ficticios, pero basados en acontecimientos reales.

    Referencias 
    Arita, H. T. & J. A. Vargas.  1995.  Natural history, interspecific association, and incidence of the cave bats of Yucatan, Mexico.  Southwestern Naturalist 40:29-37.
    Arita, H. T.  1996.  The conservation of the cave bats of Yucatan, Mexico. Biological Conservation 76:177-185.

  • Maní, Gainesville y Fahrenheit 451

    Página de la Relación de las Cosas de Yucatán de Diego de Landa

    Maní es un antiguo pueblo situado en el sur del estado de Yucatán, en México.  Gainesville es una tranquila ciudad del estado de Florida en los Estados Unidos.  ¿Qué tienen en común estos dos lugares?  En primer lugar, los dos son sitios que me traen gratos recuerdos personales.  Cerca del centro de Maní hay una cueva que era uno de los sitios de trabajo de campo durante mis investigaciones sobre los murciélagos de Yucatán.  En Gainesville fue donde realicé  mis estudios de posgrado, donde conocí a algunos de mis mejores amigos y donde nació una de mis hijas.  En segundo lugar, Maní fue el escenario de uno de los episodios de quema de libros más lamentable de la historia y Gainesville estuvo a punto de serlo también.

    En la entrada de la cueva en Maní  hay una gigantesca ceiba que provee de refrescante sombra a la gente que acude a extraer agua del cenote.  Según la tradición, fue justo en este sitio donde el 12 de julio de 1562 el obispo Diego de Landa ejecutó el Auto de fe a través de cual quemó todos los códices mayas conocidos en ese entonces, ya que contenían “puras supersticiones y mentiras del Diablo”.  Paradójicamente, es a través de la Relación de las cosas de Yucatán, un libro escrito por el propio de Landa pocos años después del incidente de Maní, que se han podido reconstruir algunos aspectos de la cultura y la ciencia de los antiguos mayas, entre ellos el sistema de escritura.

    Cada vez que regresaba al lugar no dejaba de imaginar las maravillas que deben haber contenido los más de 40 códices que en instantes se transformaron en humo y cenizas aquel 12 de julio.  Si pensamos que sólo existen tres códices mayas reconocidos (y fragmentos de un cuarto códice cuya autenticidad está aún en disputa), podemos darnos una idea de la magnitud de la pérdida que representó el acto de fe del Obispo de Landa.  ¿Qué tipo de textos contenían esos códices? ¿Habrá habido poesía, ciencia, divagaciones filosóficas?  Tal vez nunca podamos saberlo.

    En estos últimos días, la pacífica ciudad de Gainesville, en Florida, saltó a la vista de la opinión pública cuando el pastor Terry Jones, líder de una pequeña congregación de unas 50 familias, anunció que quemaría públicamente varias copias del Corán en conmemoración del ataque terrorista del 11 de septiembre de 2001 y para apoyar su campaña basada en el lema “el Islam es del Diablo”.  Al leer las noticias me horroricé del paralelismo entre las palabras del fanático pastor de Florida y las del Obispo de Landa, entre la barbaridad del acto de fe de Maní y el evento organizado por Jones.  Por supuesto, el anunciado acto del pastor Jones no habría borrado del mundo las palabras de Mahoma, como el acto de fe del obispo de Landa hizo con la sabiduría maya contenida en los códices de Maní.  Afortunadamente, la presión nacional e internacional logró que Jones cancelara su lunático evento y evitó que Gainesville pasara a la historia como el sitio de un barbárico episodio.

    El tema de la quema de libros como vía para suprimir opiniones o creencias discordantes es probablemente tan antiguo como la escritura misma.  Parece ser que el caso de censura más antiguo en la cultura occidental es la quema por las autoridades atenienses del libro de Protágoras Sobre los dioses, en el que el sabio de Abdera proponía una visión agnóstica al declararse incapaz de saber si los dioses existían o no.  A lo largo de la historia, reyes, líderes religiosos, políticos o simples fanáticos han encabezado célebres quemas de libros.  Ha habido destrucción de textos cristianos por los romanos, quema de libros judíos o musulmanes por los cristianos, eventos públicos de quema de biblias en países del Islam, censura de diferentes versiones de la Biblia por grupos fundamentalistas, etc.  Hay también ejemplos en la historia antigua de China, de India y de Mesoamérica.

    Sello de la Sociedad Neoyorquina para la Supresión del Vicio, ca. 1873. http://www.drugwar.com/inquisition.shtm

    Los horrores de la Inquisición y la destrucción de inumerables textos prohibidos son episodios de la historia que todos desearían olvidar, lo mismo que las quemas de libros organizadas por las juventudes nazis, como la de mayo de 1933 en la Bebelplatz de Berlín, cuando se quemaron cerca de 20,000 libros.   La práctica también ha sido empleada por gobiernos de muy diferentes vertientes políticas, por ejemplo en la Unión Soviética, en la China comunista, en los tiempos del macarthismo en los Estados Unidos y, curiosamente relacionado también con el 11 de septiembre, durante el régimen de Augusto Pinochet en Chile.   En los Estados Unidos ha habido quemas de todo tipo de medios considerados lascivos, «anti-americanos» o contrarios a las buenas costumbres, desde textos extranjeros, arte erótico, libros de Harry Potter o colecciones de comics.  En el siglo XXI la censura es una práctica más difícil debido a la proliferación de internet, pero eso no ha impedido el bloqueo de ciertas páginas y servicios en países como China y Corea del Norte.  En Turquía un excéntrico millonario creacionista ha logrado bloquear las páginas oficiales de Richard Dawkins, el conocido biólogo evolucionista y apologista del ateísmo.

    Para finalizar esta entrega sobre la quema de libros, reproduzco a continuación un miniensayo que escribí bajo condiciones de emergencia para cumplir con una tarea escolar en segundo de Preparatoria.  La emergencia consistió en haber pasado la tarde anterior a la fecha de entrega del trabajo en partidos de futbol y en el cine.  Al regresar en la noche a la casa recordé que había que entregar un reporte de lectura de Fahrenheit 451 de Ray Bradbury.  Dadas las circunstancias, decidí escribir una especie de ensayo en lugar del típico resumen del libro.  Reproduzco ese trabajo tal como fue escrito hace 34 años.

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    CARTA AL CAPITÁN BEATTY (acerca del libro Fahrenheit 451 de Ray Bradbury).  1976

    Capitán Beatty:

    ¿Por qué se queman los libros? Seguramente la mayoría de los bomberos no sabe realmente lo que hace cuando derrama litros y litros de petróleo sobre los libros. Usted argumenta que en los libros se encuentran contenidos sentimientos del autor que producen solo infelicidad en los pocos que se atreven a leerlos; tiene usted razón, Capitán, en cada libro se encuentra latente la forma de pensar de aquel que invirtió gran parte de su tiempo en la realización de una obra que ustedes piensan pueden destruir en unos minutos.

    No dudo que en su cuerpo existan varios bomberos que realicen su trabajo por el solo placer de ver la destrucción, el fin violento; es otra manera de mantener «felices» a la personas, ¿no es así, Capitán?  Sí, hoy en día todos somos felices, al menos todos piensan que lo son.  Sin sentimientos no hay dolor, sin dolor hay felicidad, los que quieren sufrir son exterminados en forma divertida para los demás.  El dolor es cosa del pasado, ¿o no?

    Por medio de esta carta expreso que mi respuesta es NO. ¿Cree usted que quemando un libro puede acabar con los sentimientos que contiene?, seguramente sí.  Pero, ¿Qué es un libro? Solamente un pedazo de papel y tinta; lo verdaderamente valioso no es el libro en sí, sino su contenido, lo que el autor trata de expresar en esa forma, y eso, Capitán, no puede ser destruido.  Ustedes los bomberos no podrán jamás acabar con él, pues estará presente para siempre, si no en forma material, en el corazón y en la mente de millones de personas. Los libros son tan solo un instrumento del que se vale el autor para legarnos sus sentimientos; las personas llegan y se van, pero sus obras se quedan y perduran. Todo hombre deja algo, por pequeño que sea, de su propio ser.

    No, capitán Beatty, convirtiendo los libros en ceniza y humo no lograrán hacer lo mismo con lo verdaderamente valioso de ellos. Cuando usted sopla a un diente de león, si es que alguna vez lo ha hecho, piensa que lo está destruyendo, pero en realidad está usted esparciendo miles de semillas por todas partes, semillas que tarde o temprano germinarán y originarán nuevas flores. De igual forma, ese algo esencial de los libros renacerá de sus cenizas, como el ave Fénix.

    Usted, Capitán, dice que los libros destruyen la felicidad que todas las personas tienen, pero no se da cuenta que esa felicidad es tan solo aparente. Se piensa que al no haber sufrimiento todo el mundo es feliz; sin embargo, el camino a la felicidad, a la auténtica felicidad, está lleno de obstáculos, de sufrimientos sin fin que son los que van preparando a la persona para alcanzar su meta.  Uno de los más grandes errores de nuestra sociedad es pensar de una manera simplista que acabando con el dolor se alcanzará la felicidad.

    Estoy seguro que vendrán tiempos en los que todo esto se acabe. No espero vivir lo suficiente para disfrutarlo, pero al menos sé que mis nietos, o los nietos de mis nietos se verán libres del yugo de la falsa felicidad.

    Firma: «El Joven Ridley»