Categoría: Biblia

  • ¿Vivimos en tiempos violentos?

    Sin artes, sin letras; sin sociedad; y lo que es peor de todo, el miedo perpetuo y el peligro de una muerte violenta; la vida del hombre, solitaria, miserable, cruel, brutal y corta.

    Thomas Hobbes, Leviatán

    Mucha gente podría encontrar en las palabras de Hobbes una nítida descripción de la vida moderna.  En las noticias diarias se ha vuelto ya una costumbre leer o escuchar terroríficas narraciones de actos de guerra, ataques terroristas, brutales asesinatos masivos o de sociedades enteras que viven en el terror y la incertidumbre.  La impactantes imágenes de los últimos minutos de la vida de Muamar El Gadafi son solamente el más reciente ejemplo de la presencia continua de la violencia en los medios masivos de comunicación, y por tanto, en nuestras vidas.  En la televisión, los programas sobre asesinos en serie, laboratorios forenses y sobre los crímenes más atroces gozan de un altísimo rating.  En la vida real, en México los noticieros presentan cada día el recuento de los cadáveres que las bandas del crimen organizado abandonan sin el menor pudor en las calles, haciendo que la población sienta que su vida es cada vez más parecida a la del estado de la naturaleza de Hobbes: solitaria, miserable, cruel, brutal y corta.

    Pero, ¿es verdad que el mundo moderno es la fase más violenta de la historia de la humanidad?  Esta es la primera pregunta que se plantea Steven Pinker, profesor de psicología de la Universidad de Harvard en su nuevo libro, The better angels of our nature: The decline of violence in history and its causes (2011, Viking Adult, 832 pp).  Pinker es claro y veloz en contestar con un rotundo no.  De hecho, argumenta, la segunda mitad del siglo XX fue la época más tranquila en la historia del ser humano, y los últimos 25 años pueden considerarse aún menos violentos.  Esta es una afirmación que va en completa contradicción con la percepción de la mayoría de la gente, pero Pinker utiliza una buena parte de su enciclopédica obra  de 832 páginas para presentar datos y argumentar su punto: cualquier momento de la historia fue mucho más violento que el actual.

    Desde los tiempos de Ötzi el hombre de la Edad del Cobre cuyos restos fueron encontrados en un glaciar de los Alpes hasta la Segunda Guerra Mundial, la historia de la humanidad es una secuencia de eventos violentos y muertes del hombre por el hombre.  Cacsualmente, en el número de noviembre de National Geographic se publica un reportaje sobre un estudio forense que se realizó recientemente a los restos de 5,300 años de antigüedad de Ötzi.  En el estudio se confirmó que la muerte del kilogenario (como lo llama Pinker) se produjo por la ruptura de una arteria causada por una flecha disparada por la espalda.  Parece ser que lo último que hizo Ötzi en su vida fue disfrutar de una abundante comida, apenas unos momentos antes de ser asesinado por sorpresa.

    Caín asesinando a su hermano Abel. Imagen del siglo XV

    Las muertes violentas y la sangre fría son componentes centrales de las narraciones épicas de todos los pueblos.  Pinker nos presenta un recuento detallado y extenso de los episodios violentos que aparecen por ejemplo en los libros clásicos de Homero y en el Antiguo Testamento.  ¿Cuál es el dato más antiguo que se tiene de una tasa de criminalidad?  Bueno, responde Pinker, consideremos que cuando Caín asesinó a su hermano Abel, la población total del mundo era de cuatro personas, de manera que en ese momento la tasa de muertes violentas fue de un 25%.  Los relatos bíblicos de la furia de Yahvé y las numerosas guerras que emprendió su pueblo elegido, las narraciones de las guerras floridas de los Aztecas, las conquistas de Gengis Khan y de Atila el Huno, aquel que donde pisaba su caballo no volvía a crecer la hierba, las épicas de los cruzados, las expediciones de conquista y las interminables guerras de los últimos siglos nos convencen de que en el pasado la muerte violenta, el genocidio, la tortura, los ataques sexuales y otras formas de violencia eran mucho más comunes.

    Entonces, si realmente la violencia ha decrecido, como afirma Pinker, ¿cómo podemos explicar el fenómeno?  Para empezar, nos explica Pinker, el porcentaje de muertes que se producen a raíz de la guerra es mucho menor en sociedades organizadas en estados.  Con datos recopilados de sitios arqueológicos y de estudios antropológicos de grupos tribales modernos, Pinker observa que tal porcentaje puede llegar a ser de más del 50% y que en general es de más del 15%.  En los estados, por el contrario, el porcentaje es mucho menor, incluso si se considera la Segunda Guerra Mundial y los genocidios que durante ella se cometieron.  De hecho, parece ser que la sociedad-estado más violenta, de acuerdo con la métrica de Pinker, fue la de los Aztecas, en donde la probabilidad de ser muerto (y comido) durante una guerra era de hasta un 5%.  En cierta forma, que Pinker es cuidadoso en ponderar, el pacto social de Hobbes, el paso desde la sociedad de la naturaleza hacia la sociedad del estado, ha logrado disminuir la violencia en las sociedades modernas.

    Ahora bien, hay que recordar que Steven Pinker es uno de los proponentes más visibles de la llamada psicología evolutiva, la disciplina que intenta explicar varios de los comportamientos y atributos humanos a la luz de la evolución por selección natural.  Pinker en particular ha defendido la postura de que el lenguaje humano puede explicarse como una adaptación evolutiva en el sentido estricto de la palabra.  En este contexto, algunos lectores de Pinker (y probablemente muchos de sus detractores) esperarían encontrar una explicación evolutiva a la tendencia a la reducción de la violencia.  Pinker, sin embargo, es bastante cuidadoso en discutir que el tiempo en el que se han producido los cambios que él analiza no permite pensar en cambios en las proporciones génicas de las poblaciones humanas que pudieran explicar las tendencias.  Se trata, más bien, de cambios en la actitud y en la percepción de la gente sobre las relaciones personales y los derechos humanos.  Estos cambios están asociados con el desarrollo de las ciencias y las artes y con un incremento detectable en la inteligencia promedio de las personas en los últimos cientos de años.

    De hecho, ese desarrollo intelectual es probablemente la razón de que percibamos nuestros tiempos como los más violentos de la historia.  El hecho de que veamos la violencia como algo aborrecible hace que estemos más atentos a ella y que reprobemos con vehemencia los hechos violentos que parecen ser el pan de cada día.  No es que la tendencia natural  a la violencia haya desaparecido, sino que el funcionamiento de las sociedades modernas ha permitido controlar de alguna manera las tendencias naturales a la violencia.  Probablemente las personas seguirán teniendo los demonios internos que las impulsen a cometer o a disfrutar los actos violentos, pero existirán también los «ángeles más bondadosos», esos que aparecen en el título del libro, que permitirán controlar esos impulsos.

  • La estrella de Belén: ¿Realidad o ficción?

    Según cuenta la tradición, pasados doce días del nacimiento de Jesús de Nazaret, llegaron a adorarlo tres reyes magos provenientes de Oriente. Guiados por la estrella de Belén, los tres magos, de nombre Melchor, Gaspar y Baltasar, arribaron montados en un caballo, un camello y un elefante hasta donde se encontraba la sagrada familia y ofrecieron al neonato tres obsequios: oro (representando las riquezas terrenales), incienso (como símbolo de lo divino) y mirra (en anticipación a los sufrimientos a los que se enfrentaría el redentor en su vida adulta).

    La gran mayoría de los detalles de la historia son adornos narrativos que se han ido añadiendo a través de los siglos en diferentes culturas cristianas. La narración original en el evangelio de Mateo habla solamente de unos magos de Oriente, sin especificar su número, sus nombres o su medio de transporte, que efectivamente siguieron una estrella que “vino a pararse encima del lugar donde estaba el niño.”

    La naturaleza de la estrella de Belén ha sido desde siempre un misterio. Cabe recordar que el nacimiento de Jesucristo no pudo haber sucedido después 4 a. C., año en que murió Herodes, el gobernante de las provincias romanas de Judea, Galilea y Samaria en tiempos del nacimiento de Jesús, según relatan los evangelios.  Curiosamente, la muerte de Herodes puede localizarse en la línea del tiempo histórica gracias a que coincidió con el eclipse lunar del 13 de marzo del año 4 a. C.

    Se ha especulado que el misterioso astro podría haber sido una supernova, un cometa, un asteroide o simplemente el resultado de la conjunción de dos planetas.  En el otoño de 1604, el astrónomo Johannes Kepler observó una supernova que apareció poco después de la conjunción de dos planetas.  Desconociendo la naturaleza de las supernovas, Kepler dedujo que tal fenómeno podría haber sido provocado por la conjunción. Años después, Kepler calculó que en el año 7 a. C. había ocurrido una conjunción repetida de Júpiter y Saturno y supuso (incorrectamente) que el fenómeno podría haber generado una stella nova (supernova) como la que él había observado.  Esa nova podría haber sido la estrella de Belén, concluyó Kepler.

    Otro posible candidato es el cometa Halley, que se acercó a la Tierra en el año 12 a. C. Otros autores han señalado que existen registros chinos de la aparición de un astro (tal vez un cometa o una nova) hacia el año 5 a. C. También se ha especulado que la estrella de Belén podría tener un significado más astrológico que astronómico y que podría referirse a algún fenómeno inusual, como los dos ocultamientos de Júpiter tras la Luna que sucedieron en el año 6 a. C., de acuerdo con el astrónomo Michael Molnar.

    Por supuesto, es también posible que la estrella de Belén no haya existido. Aun suponiendo que la visita de los magos de Oriente sea verídica, es posible que la historia de la estrella haya sido añadida por el autor del evangelio tradicionalmente atribuido a San Mateo. Se sabe que este evangelio fue escrito después del año 70 d. C., posteriormente a la destrucción del templo de Jerusalén. La aparición en el año 66 de nuestra era del cometa Halley pudo haber inspirado al autor del evangelio para incluir la historia de la estrella de Belén, según especula R. M. Jenkins.


    Es probable que nunca conozcamos con certeza la naturaleza de la estrella de Belén, o simplemente si realmente existió o no.  Ahora bien, hay misterios aún más difíciles de explicar, como la aparición del camello, del caballo y del elefante en las historias tradicionales sobre los reyes magos. Nos ocuparemos de esos misterios en futuras entregas de este blog.

    [Comentario añadido el 6 de enero de 2011: Existe también la postura entre algunos creyentes de que resulta ocioso tratar de encontrar una explicación científica para los eventos que, como la estrella de Belén, pueden considerarse milagrosos.  Este fue más o menos el punto de vista de Agustín de Hipona (San Agustín) en el siglo IV, de Tomás de Aquino (Santo Tomás) en el siglo XIII y es el del papa  Benedicto XVI en pleno siglo XXI.]

    Figuras
    (1) La adoración de los Reyes Magos, Giotto.  La estrella de Belén es representada como un cometa.
    (2) Johannes Kepler en un sello alemán.
    (3) El cometa Halley.  Foto NASA.