Una leyenda de Santa Fe de la Laguna

por DARÍO BALLESTEROS

En Santa Fe de la Laguna nadie se daba cuenta que enfrente de ellos había un volcán. Cuando hizo erupción, todos gritaron tanto del susto que les cambió la lengua y por eso hablan purépecha. FIN.

Darío Ballesteros, 8 años
Morelia, Michoacán, México

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La cueva de Ikim-tzotz

“Ikim tzotz, ikim tzotz.” Aquellas palabras mayas no dejaban de dar vuelta en mi mente mientras nos preparábamos para otro día de trabajo de campo en las cuevas de Yucatán. “Estaba loco el viejito, ¿no?”, comentó Graciela mientras preparábamos el equipo para entrar a la gruta de Tecoh en busca de murciélagos. Al recordar los pormenores de la tarde anterior con Don Margarito, no pudimos sino sonreír. Aquel anciano realmente nos había entretenido con sus inacabables anécdotas salpicadas con chistes de doble sentido y sus fantásticas historias sobre animales.

Chrotopterus auritus. Ilustración de G. H. Ford (1861) en Proceedings of the Zoological Society of London.

La narración de su encuentro cercano con un jaguar en las selvas de Campeche nos había parecido realmente fantasiosa, pero por otro lado su vívida y detallada descripción del felino no dejaba duda de que nuestro locuaz interlocutor realmente conocía estos animales. Haciendo un recuento de sus historias, me percaté de que en todas ellas, sin importar el grado de exageración, el animal protagonista podía ser identificado con alguna especie real de la zona maya. Pero Ikim tzotz, el rey de los murciélagos, no parecía corresponder con la realidad.

Ikim tzotz, de acuerdo con Don Margarito, era un murciélago enorme, que volaba lenta y silenciosamente y que acostumbraba “llevarse” a los pájaros. Sabíamos que tzotz es la palabra maya para murciélago, pero ¿qué significaba ikim?

—Es el pájaro de la noche que se come a los otros animales —nos explicó Don Margarito.

— ¿La lechuza? —se atrevió a preguntar Pablo.

—Sí, pero es el ave de la mala suerte —sentenció el anciano, susurrando con aire misterioso mientras una sonrisa traviesa se dibujaba en su arrugado rostro.

—Pero, a ver, a ver —interrumpió Pablo, echando a perder el místico momento—Los murciélagos más grandes comen fruta, no parecen lechuzas.

—Tst, tst, no, no —respondió el sabio maya con infinita paciencia. —No son los tzots de los amates; esos hacen mucho ruido. Ikim Tzotz es el rey de los murciélagos y vuela despacito y nadie lo oye.

—No es el vampiro, ¿verdad? —insistió Pablo, el pragmático.  Don Margarito sólo negó con la cabeza. ¿Qué clase de necios éramos nosotros que no entendíamos nada de lo que nos quería decir?

Ikim tzotz, Ikim tzotz, el murciélago lechuza, seguían las palabras revoloteando en mi cabeza mientras comenzamos a descender hacia las entrañas de la tierra.  Eran apenas las nueve treinta, pero el calor de aquella mañana de agosto presagiaba otro día seco y caliente en la tierra maya. Esa es una ventaja del trabajo en las cuevas: Las grutas como las de Tecoh son siempre más frescas que el exterior durante el día. Comenzamos a avanzar lentamente, apuntando la luz de nuestras lámparas hacia los lados para no asustar a los murciélagos.

“Yo creo que el viejecillo se inventa todas sus historias”, comentó Pablo.  “¡Shhh!, vas a espantar a los murciélagos”, le recriminó Susana, “y, por cierto, yo sí le creo”.  “Ah, ¿sí?, y entonces, ¿qué especie crees que sea el tal Ikiiiiiiiim tzotz?”, atacó Pablo con tono de burla.  “Chrotopterus auritus”, contestó en voz baja Susana; y todos nos quedamos callados.

Efectivamente, Chrotopterus, el falso vampiro lanudo, podía corresponder con la descripción del murciélago lechuza.  Es un murciélago muy grande, vuela silenciosamente y de hecho se alimenta de pájaros que captura en sus perchas durante la noche. Además, la distribución de la especie incluye la península de Yucatán. Sólo había un pequeño problema con esta hipótesis: La última vez que se había encontrado este murciélago en el estado de Yucatán había sido a principios de los años 60s y casi treinta años después, durante el año y medio que llevábamos explorando las cuevas de la región no habíamos encontrado ningún indicio de su presencia.

Peropteryx macrotis

“¡Eh, chicos!”, advirtió Graciela, “ahí están los ‘peros’”. Se refería a los Peropteryx macrotis, los simpáticos murcielaguitos de saco que se encuentran cerca de las entradas de casi cualquier cueva en Yucatán. En esta gruta habíamos encontrado ocho especies de murciélagos, y de hecho sabíamos ya la localización aproximada de cada una de ellas a lo largo de la cueva. Mientras examinábamos el grupo de los Peropteryx, Pablo regresó al tema del Ikim tzotz. “¿Y de veras crees que el ruco haya visto un Chrotopterus?”, preguntó burlonamente dirigiéndose a Susana. “Y ¿de dónde se sacó esas historias de que se lleva a los pájaros?” Susana musitó alguna maldición y optó por mantener silencio.

Mientras los demás terminaban de realizar las observaciones del grupo de los Peropteryx, me adelanté en busca de los murciélagos bigotudos (Pteronotus) que normalmente se refugiaban en los hoyos de disolución del techo de la cueva. Extrañamente, esta vez no había uno solo, aunque las pequeñas pilas de guano en el suelo, justo abajo de los huecos del techo, hacían evidente que los murciélagos habían estado ahí recientemente.  “Qué raro está esto”, pensé.

De pronto, en un hueco somero en el techo, a unos diez metros más adelante, alcancé a ver una sombra.  Me acerqué con sigilo y pude ver tres murciélagos de gran tamaño agazapados en el hueco.  Comprendiendo que se trataba de algo que no habíamos registrado hasta ese momento, sentí que mi pulso se aceleraba al acercarme más. Con mucho cuidado, pero velozmente, alcancé a colocar mi red de mano sobre el hueco. Sentí de inmediato un gran peso en el fondo de la red y alcancé a ver un murciélago de considerable tamaño huyendo hacia la parte interior de la cueva. Me llamó la atención que, a pesar de lo voluminoso del animal y de lo intempestivo de su movimiento, su vuelo era increíblemente silencioso.

Controlando el temblor de mis manos, abrí un pequeño hueco en la malla de la red hasta poder ver el interior. Y lo que vi me dejó helado. Asomándose por el hueco observé el robusto hocico de un murciélago con una hoja nasal de gran tamaño. Pude observar también unas enormes orejas y, parcialmente ocultos en un pelaje largo y suave, un par de ojos vivaces, muy grandes y redondeados que le daban al animal un aire de sapiencia. “No puede ser”, pensé, “¡es un Chrotopterus!”. En la red tenía yo una hembra adulta y un macho joven. El individuo que había escapado seguramente era un macho adulto, porque estos murciélagos suelen refugiarse formando parejas o pequeñas familias durante la época de reproducción.

Tratando de ocultar mi emoción, regresé a donde estaban los demás. “¿Qué pasó?”, preguntó Pablo. “Nada”, le contesté, “los Pteronotus”, y puse en sus manos el saco de lona en el que había colocado los murciélagos. Pablo sintió el peso del saquito, pero no mostró sorpresa en el rostro hasta que abrió la bolsa y vio su contenido. “¡Aaaay, güero!, no manches, ¿qué es esto?” Con extremo cuidado, sacó de la bolsa a la hembra, un hermoso murciélago con un cuerpo de casi un palmo de largo, con abundante pelaje café grisáceo. Lo más impresionante del animal era su poderoso hocico armado con afilados dientes capaces de atravesar el cráneo de pequeñas aves, ratones o murciélagos. Susana, una vez repuesta de su propia sorpresa, rió a carcajadas al ver reflejadas las dulces mieles de la revancha en el azorado rostro de Pablo. Regresamos todos al lugar donde había capturado los murciélagos y examinamos el piso. Regados en un corto radio había pedazos de huesos pequeños, algunas plumas y el esqueleto casi completo de un murciélago pequeño semidevorado. Eran los restos de la comida de los Chrotopterus.

Toma de datos en la cueva de Tecoh

Aquella tarde, mientras registrábamos en nuestras libretas de campo los datos recopilados durante el día, pudimos finalmente poner en contexto nuestro hallazgo de la mañana. Se trataba del primer reporte de un falso vampiro lanudo en el estado de Yucatán desde que el equipo de J. K. Jones, entonces profesor de la Universidad de Kansas, lo había encontrado hacia 1962. Su presencia en Tecoh, en una zona altamente perturbada por la actividad humana resultaba inusitada, pero recalcaba la posibilidad de que muchas especies raras pueden seguir existiendo en pequeños fragmentos de ecosistemas embebidos en ambientes dominados por el ser humano.

Además de todo ello, nuestro hallazgo daba crédito a las historias de Don Margarito. Tiempo después pudimos constatar en el diccionario maya que efectivamente ikim se refiere a la lechuza o a alguna “ave nocturna agorera a la que le temen los indios”, aunque la entrada para ikim tzotz dice solamente “murciélago muy grande” ¿Realmente conocía el anciano los hábitos del falso vampiro? ¿O la concordancia de su historia con la realidad era pura coincidencia?

Estuvimos otros diez días recorriendo otras cuevas en el sur de Yucatán, pero tuvimos oportunidad de pasar por Tecoh en nuestro regreso rumbo a Mérida. Quisimos visitar a Don Margarito para compartirle nuestra experiencia y tal vez aprender algo más de él. “Don Margarito ya no está aquí”, nos dijo la señora que atendió nuestro llamado a la puerta de la casa. ¿Cómo que ya no está?, ¿se mudó?, ¿murió?  “Él está bien, pero ya no está aquí”, fue lo único que acertó a decir la señora antes de cerrar la puerta.

Nunca supimos más del sabio informante que nos hizo saber de la existencia de Ikim tzotz, el murciélago lechuza de los mayas.

La hacienda de Xcanchakan, cerca de Tecoh. viaje de Stephens y Catherwood 1842.

Nota
Los eventos de esta narración tienen lugar en agosto de 1990. Los datos científicos, incluyendo la presencia de Chrotopterus en la gruta de Tecoh, son verídicos. Los detalles de los eventos descritos son ficticios, pero basados en acontecimientos reales.

Referencias 
Arita, H. T. & J. A. Vargas.  1995.  Natural history, interspecific association, and incidence of the cave bats of Yucatan, Mexico.  Southwestern Naturalist 40:29-37.
Arita, H. T.  1996.  The conservation of the cave bats of Yucatan, Mexico. Biological Conservation 76:177-185.

La muela gigante de San Agustín y los elefantes extintos de Cuvier

Yo mismo vi, y no solo, sino algunos otros conmigo, en la costa de Útica o Biserta, un diente molar de un hombre, tan grande que si le partieran por medio e hicieran otros del tamaño de los nuestros, me parece que pudieran hacerse ciento de ellos; pero creo que aquél fuese de algún gigante.
San Agustín
, La Ciudad de Dios, libro XV, capítulo IX

San Agustín, por Sandro Boticelli

Agustín de Hipona, o San Agustín, es uno de los más importantes padres de la Iglesia.  En La Ciudad de Dios, Agustín presenta una serie de reflexiones sobre lo humano y sobre lo divino en el contexto de los turbulentos tiempos del siglo V que vieron el final del otrora poderoso Imperio Romano.  ¿Por qué un sabio de la estatura de San Agustín, en un libro eminentemente religioso, discute el hallazgo de un diente molar gigantesco?  En el libro XV de su libro, Agustín discute la existencia en el pasado de seres humanos de gran talla, tal como lo señala la Biblia.  “Existían entonces los gigantes en la tierra”, nos explica el libro del Génesis, “y también después, cuando los hijos de Dios se unieron con las hijas de los hombres y les engendraron hijos.  Estos son los héroes famosos muy de antiguo.”

El molar que Agustín vio en la costa de lo que entonces era el proconsulado africano del Imperio Romano era para el sabio cristiano una prueba tangible de los gigantes antediluvianos mencionados en la Biblia.  Invocando los escritos de Plinio el Viejo, Agustín argumenta que los hombres se han ido haciendo paulatinamente más pequeños y menos longevos desde los tiempos del Antiguo Testamento.  El molar hallado en Útica era, en la visión de Agustín, una prueba irrefutable de la existencia de los gigantes del Génesis.  Hoy en día sabemos que el diente gigantesco que observó San Agustín perteneció muy probablemente a un mamut, un tipo de elefante extinto del que se han encontrado restos fósiles en diversas partes de América del Norte, Eurasia y el Norte de África, incluyendo el área donde antiguamente se encontraba el puerto de Útica, en lo que hoy es Túnez.  Específicamente, el mamut africano vivió en el norte de África en el Plioceno, hace más de dos millones de años.

Cortés, la Malinche y un noble tlaxcalteca (tal vez Xicoténcatl). Lienzo de Tlaxcala

Los fósiles de mamut y otros parientes extintos de los elefantes son relativamente comunes en muchos sitios, y diferentes culturas han tratado de explicar la existencia de huesos y dientes gigantescos de estos animales dentro de su propia cosmovisión.  Por ejemplo, Los tlaxcaltecas prehispánicos del centro de México, acérrimos rivales de los aztecas, contaban la historia de que sus ancestros habían logrado vencer a una raza de gigantes que eran los pobladores originales de sus tierras.  Cuando los españoles de Hernán Cortés llegaron a la Tlaxcala de principios del siglo XVI, el orgulloso líder Xicoténcatl ordenó mostrar a los conquistadores, como prueba de estas historias, un gigantesco hueso que, en palabras de Bernal Díaz del Castillo, “era muy grueso, el altor tamaño como un hombre de razonable estatura, y aquel zancarrón era desde la rodilla hasta la cadera.”  El hueso en cuestión en realidad seguramente perteneció a un mamut o a un mastodonte, otra especie de elefante extinto relativamente común en México hasta el final del Pleistoceno, hace unos 11,000 años.

Cráneo de elefante. Imagen: California Academy of Sciences

En varias islas del Mediterráneo se pueden encontrar huesos fósiles de pequeños elefantes que se extinguieron hace unos cuantos miles de años.  Los cráneos de estos animales son de todas maneras mucho más grandes que los de los humanos, y presentan en su centro la peculiar cavidad nasal, que es un orificio de gran tamaño en el que se inserta la trompa.  Como las órbitas de los ojos son muy pequeñas en los elefantes, los cráneos dan la impresión de tener un único hueco, de gran tamaño, justo en la parte media.  Othenio Abel, un paleontólogo de principios del siglo XX, especuló que el hallazgo de estos cráneos en las islas mediterráneas podía haber inspirado en los griegos clásicos la leyenda de los cíclopes, la raza de gigantes con un solo ojo.

El estudio científico de los fósiles de mamut en Europa avanzó muy lentamente, debido precisamente a las ideas preconcebidas basadas en las creencias religiosas.  Todavía en 1613, Nicholas Habicot, un médico y anatomista francés, escribió un ensayo llamado Gigantostologie en el que se describen unos huesos hallados en el sureste de Francia como los restos de un gigante humano antediluviano.  Al poco tiempo, Jean Riolan, un botánico, escribió en forma anónima una crítica a Habicot, llamada Gigantologie, en la que sugiere que los huesos de gran tamaño podrían ser de elefante.

Molares de elefante asiático (izquierda) y africano (derecha). Flower y Lydekker 1891

Finalmente, en 1796, Georges Cuvier mostró con contundencia científica que los huesos y dientes de gran tamaño que la mayoría consideraba evidencia de los gigantes bíblicos eran en realidad restos de elefantes extintos.  En su Memoria sobre las especies de elefantes, vivientes y fósiles, leída ante el Instituto Nacional de Francia, Cuvier mostró que las diferencias entre un elefante asiático y uno africano eran suficientes como para considerarlos especies separadas. Más aún, el sabio francés concluyó, refiriéndose al mamut siberiano y al “animal de Ohio” (el mastodonte) que:

Estos animales [fósiles] por tanto difieren del elefante tanto como, o aún más, que lo que un perro difiere de un chacal o una hiena.

Con sus detalladas observaciones, Cuvier no solo mostró que los huesos de supuestos gigantes del pasado no eran sino restos de elefantes, sino que además llegó a la inescapable conclusión de que estos elefantes pertenecían a especies que se extinguieron en un pasado remoto.  En la época, la idea de que un animal pudiera extinguirse iba en contra de la concepción, también basada en principios religiosos, de que existía un orden divino en la naturaleza que impediría que uno de sus elementos desapareciera. La idea de la extinción de especies era, por tanto, revolucionaria.  Sin embargo, las pruebas presentadas por Cuvier fueron bien recibidas por la comunidad científica, en particular en el ambiente que imperaba en Francia a los pocos años de la Revolución.

Cuvier. Retrato por François-André Vincent

Curiosamente, Cuvier nunca aceptó las ideas que sobre la evolución de las especies habían discutido sus compatriotas Jean-Baptiste Lamarck y Étienne Geoffroy Saint-Hilaire. Desde la perspectiva de Cuvier, era imposible que una especie de animal pudiera transformarse en otra. Además,. argumentaba,   resultaba sumamente difícil imaginar cómo podría sobrevivir.una forma intermedia entre dos especies existentes.   Las especies podían desaparecer, pensaba Cuvier, pero no parecía existir un proceso que pudiera permitir la aparición de especies nuevas a partir de las existentes.

De todas maneras, se puede decir con toda justicia que la idea de la extinción como un concepto científico nació el 4 de abril de 1796 con la lectura del ensayo de Cuvier. La muela gigante descrita por San Agustín casi mil cuatrocientos años antes finalmente encontró su lugar en la ciencia.

Referencias
Rudwick, M. J. S. 1997. Georges Cuvier, fossil bones, and geological catastrophes: New translations and interpretations of the primary texts. University of Chicago Press. (Incluye el texto, en inglés, de la Memoria sobre las especies de elefantes de Cuvier).
Mayor, A. 2000. The first fossil hunters: Dinosaurs, mammoths, and myth in Greek and Roman times. Princeton University Press.

[Actualización, 9 de mayo de 2012] Un artículo de Victoria Herridge y Adrian Lister identifica los restos de proboscídeos de la isla de Creta, en el Mediterráneo, no como elefantes enanos sino como mamuts diminutos (Mammuthus creticus) de apenas 1.15 metros de altura a los hombros y de unos 300 kilogramos de peso. Ver nota en Nature.

Las extinciones pleistocénicas y el verdadero descubrimiento de América

Los libros de historia nos dan una fecha precisa para el descubrimiento de América. Es más, las narraciones de Cristóbal Colón recogen incluso el nombre del primer español en avistar tierra del Nuevo Mundo. En la madrugada del 12 de octubre de 1492, Rodrigo de Triana, desde el puesto de vigía de La Pinta, logró divisar la costa de una de las islas de las Bahamas a la que los exploradores llamaron San Salvador. Posteriormente, el propio almirante Colón se adjudicó la primicia del descubrimiento, argumentando que la noche anterior él había observado brillos en el horizonte que le sugirieron, según él mismo relata, la presencia de tierra. En realidad, ni Colón ni De Triana fueron los primeros europeos en observar América: siglos atrás, los vikingos ya habían construido colonias en Groenlandia y habían explorado las tierras de lo que ahora es el norte de Canadá.

En cualquier caso, si se trata de adjudicar a alguien el título de “descubridor de América”, la distinción tendría que ser otorgada a alguno de los inmigrantes provenientes de Asia que hace más de diez mil años comenzaron la colonización del Nuevo Mundo. Hay que recordar que buena parte de la evolución temprana del género Homo se dio en África y, posteriormente, en Asia y Europa. Los primeros seres humanos en Australia llegaron ahí hace unos 40,000 años, pero América fue un territorio inexplorado por varios miles de años más.

Punta tipo Clovis. Virginia Dept. of Historic Resources

Existe controversia respecto al tiempo en el que se produjo este auténtico descubrimiento de América. Según una de la hipótesis, los primeros pobladores humanos habrían sido los grupos que desarrollaron la llamada tecnología Clovis y que habrían llegado a América hace unos 13,000 años. Las herramientas Clovis son llamadas así por un sitio en Arizona en donde se encontraron las piezas usadas en la primera descripción. Se trata de puntas de piedra talladas siguiendo un patrón particular en el que se logra un instrumento puntiagudo y afilado en los lados que se podía colocar en el extremo de una lanza de madera. Estas piezas constituyen auténticos trabajos de alta tecnología si se les compara con las rudimentarias piezas de piedra o hueso talladas rústicamente que se encuentran en sitios arqueológicos más antiguos.

Según la hipótesis que propone a los Clovis como los primeros pobladores de América, estas puntas habrían dado a sus poseedores la capacidad de cazar animales de gran talla, incluyendo los mamuts. La extinción de la llamada megafauna (mamíferos con un peso superior a 50 kg) se habría dado en gran medida, según esta hipótesis, por la intensa cacería de los grupos humanos con la tecnología Clovis. La extinción de unos quince géneros de mamíferos de gran tamaño se produjo al final del Pleistoceno, unos cuantos cientos de años después de la aparición de la tecnología Clovis. Entre los mamíferos extintos en este periodo destacan los mamuts y mastodontes, varias especies de caballos, camellos, ciervos, antílopes y perezosos, además de diversos carnívoros como lobos, felinos dientes de sable y osos de rostro chato.

Cacería de mamut. Museo Nacional de Antropología, México

Otras hipótesis hablan de colonizaciones anteriores a la cultura clovis, hace 20, 30 o incluso 50 mil años. Un par de artículos en la revista Science en mayo de 2008 presentaron evidencia sólida de la presencia humana con anterioridad a la tecnología Clovis. Tom Dillehay, de la Universidad Vanderbilt, y sus colaboradores fecharon fragmentos de algas marinas halladas en Monte Verde, en el sur de Chile, en más de 14,500 años antes del presente. Esto no sólo demuestra la presencia humana a 15 mil km del estrecho de Bering mil quinientos años antes de la aparición de los Clovis, sino que sugiere que en la dieta de los grupos humanos que se asentaron ahí el alimento marino era un componente fundamental. En el otro artículo de Science, Thomas Gilbert, de la Universidad de Copenhage, y sus colaboradores, encontraron en un sitio en Oregon, Estados Unidos, heces fecales humanas con restos de semillas y otros productos vegetales para las que establecieron una antigüedad de 14,400 años.

Más recientemente, el grupo de investigación de Michael Waters de la Universidad de Texas A&M ha acumulado evidencia de grupos humanos que colonizaron la costa de lo que ahora es Estados Unidos hace más de 15 mil años. En un artículo publicado en octubre pasado, Waters y sus colegas presentaron evidencia de la cacería de un mastodonte por un grupo pre-Clovis hace 13,800 años. En el sitio denominado Manis, el grupo de Waters encontró un pedazo de hueso de mastodonte incrustado en la costilla de otro mastodonte. La única explicación plausible para este hallazgo es que el pedazo de hueso extraño haya sido parte de un proyectil fabricado por una cultura que antecedió a la Clovis.

Toda esta evidencia apoya la idea de una o más colonizaciones de América con anterioridad a la aparición de la tecnología Clovis. Más aún, se está acumulando cada vez más evidencia de una posible ruta marina que permitió a estos primeros colonizadores llegar hasta los confines de Sudamérica en relativamente poco tiempo, mucho antes de lo que hubiera sido posible mediante una dispersión por vía terrestre. Algunos investigadores han propuesto antigüedades de 30 mil o más años para algunos sitios en México y América del Sur, pero estos datos requieren aún de verificación.

Lo que sí es un hecho es que la teoría que afirma que la extinción masiva de la megafauna a finales del Pleistoceno coincidió con la aparición de la tecnología que permitió a los grupos humanos cazar los grandes herbívoros ha sufrido importantes reveses en los últimos años. Es más probable que la desaparición de los grandes mamíferos pleistocénicos se haya debido a una combinación de factores naturales (como cambios en el clima y fluctuaciones en la distribución de los glaciares) y causados por el ser humano (como la cacería y la modificación de microambientes).

Referencias
Dillehay, T. D. et al. 2008. Monte Verde: Seaweed, food, medicine, and the peopling of South America. Science 320:784-786.
Gilbert, M. T. P. et al. 2008. DNA from pre-Clovis human coprolites in Oregon, North America. Science 320:786-789.
Waters, M. R. et al. 2011. Pre-clovis mastodon hunting 13,800 years ago at the Manis Site, Washington. Science 33:351-353.

Nota agregada el 5 de marzo 2012. Un artículo de Isabel Israde-Alcántara, de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, y colaboradores presenta evidencia de la colisión de un objeto espacial contra la Tierra hace 12,900 años. Los investigadores encontraron en sedimentos del lago Cuitzeo, en Michoacán, México, una capa con estructuras minerales que sólo pueden ser explicadas como productos de una colisión espacial que dejó marcas similares en otras partes de la Tierra. Como la antigüedad de la capa coincide con las extinciones de la megafauna pleistocénica, los autores sugieren que sus datos apoyan la hipótesis de que el choque de un cuerpo espacial pudo haber desencadenado cambios en el clima que condujeron a la extinción de los grandes mamíferos de la época.

Israde-Alcántara, I. et al. 2012. Evidence from central Mexico supporting the Younger Dryas extraterrestrial impact hypothesis. Proceedings of the National Academy of Sciences of the US, early edition, 10 pp. (publicado en línea el 5 de marzo de 2012).


El bisabuelo del tatarabuelo de Dawkins

Richard Dawkins. Foto: Shane Pope, Wikimedia Commons

Richard Dawkins es una de las figuras más controvertidas en las ciencias biológicas y su intersección con las religiones. En biología evolutiva, Dawkins es conocido principalmente por su libro El gen egoísta (1976) en el que se propugna un papel preponderante de los genes, más que de los individuos, en los procesos evolutivos. Como consecuencia, según Dawkins, las relaciones entre los individuos estarían dictadas en gran medida por el grado de parentesco, y por ende la proporción de genes en común, entre ellos. Además de ser conocido por su labor en la comunicación y la comprensión de la ciencia, Dawkins es famoso por su extrema postura antirreligiosa, expresada claramente en su obra El espejismo de Dios (2006), en el que describe lo que él llama un delirio de la gente religiosa que se aferra a sus creencias a pesar de las múltiples facetas negativas de la religión que Dawkins se asegura de describir con profusión.

Debido a estos antecedentes llamó mucho la atención del público una nota periodística publicada en la edición dominical de The Telegraph en la que se habla de un ancestro de Dawkins. Según la nota de Adam Lusher, Henry Dawkins, el bisabuelo del tatarabuelo de Richard Dawkins, amasó una considerable fortuna aprovechándose del tráfico de esclavos en Jamaica durante la primera mitad del siglo XVIII. Según se insinúa en el artículo, el Dawkins de nuestra época debería sentirse culpable por el origen de su riqueza heredada. 

Según relata Dawkins en la página de la fundación que lleva su nombre, en algún momento de la entrevista Lusher le preguntó a Dawkins si pensaba que la selección darwiniana tenía mucho que ver con los genes. Al recibir una respuesta positiva, Lusher habría dicho “Bueno, algunas personas dirían que usted podría haber heredado un gen esclavista de Henry Dawkins.” La exasperada respuesta de Dawkins fue “Usted claramente necesita una clase de genética; Henry Dawkins fue el bisabuelo de mi tatarabuelo, de manera que solo uno de cada 128 de mis genes podría proceder de él.”

Aquí Dawkins aplica la conocida fórmula de genética de poblaciones que muestra que con nuestros parientes más cercanos (nuestros padres o nuestros hermanos) compartimos aproximadamente la mitad de nuestros genes. Con cada uno de nuestros abuelos compartimos una cuarta parte de los genes, con los bisabuelos una octava parte, etc. Así, Dawkins comparte aproximadamente 1/128 de sus genes con Henry, su ancestro de séptima generación.

Lo que no rebate Dawkins es la posibilidad de un supuesto “gen del esclavismo”, un pedazo de información genética que haría a Dawkins, según la insinuación del periodista,  propenso a practicar la esclavitud. En cambio, Dawkins señaló que entre sus ancestros directos también se pueden encontrar religiosos anglicanos de los que claramente no habría heredado ningún gen de propensión a la religión.

Para muchos biólogos evolucionistas, toda esta discusión sobre los genes del esclavismo o los genes de la religión sería absurda. Las facetas del comportamiento humano son tan complejas y dependen de tantos factores que es ocioso pensar que atributos particulares, y mucho menos las propensiones sociales, puedan estar determinadas por un gen en especial. Sin embargo, algunos practicantes de la llamada psicología evolutiva defienden la idea de que varios de nuestros comportamientos fundamentales están determinados directamente por genes, y que algunos de estos genes son copias de aquellos que fueron seleccionados desde la prehistoria. Pienso que ningún científico defendería en un debate académico la idea de un gen en particular que tuviera que ver con la propensión a dedicarse a la trata de esclavos, pero esa fue la línea de argumentación del propio Dawkins, al menos para defenderse de los ataques del periodista de The Telegraph.

Parece ser que Dawkins fue también el que sacó a colación una implicación religiosa de la acusación de Lusher. Dawkins citó uno de los libros del Antiguo Testamento (Números 14:18) para dar un ejemplo de lo que él llama la moral torcida de los libros bíblicos. La referencia aparece también en el Éxodo 20:5-6, de donde la reproduzco en la versión de Nácar y Colunga:

[…] yo soy Yavé, tu Dios, un Dios celoso, que castiga en los hijos las iniquidades de los padres hasta la tercera y cuarta generación de los que me odian, y hago misericordia hasta mil generaciones de los que me aman y guardan mis mandamientos.

Sello conmemorativo de la abolición de la esclavitud en Jamaica

¿Es Richard Dawkins responsable de las acciones de un ancestro de séptima generación? ¿O en general somos nosotros responsables por las acciones de nuestros abuelos o padres? Supongo que ningún abogado serio entablaría un juicio en contra del Dawkins de nuestra era por posibles crímenes de su ancestro cometidos hace 300 años, sobre todo considerando que tales acciones no eran consideradas inmorales ni ilegales en ese tiempo. Empero, el reportero parece sugerir que algunos pobladores de Jamaica merecerían algún tipo de retribución por el trato denigrante que sus antepasados pudieran haber sufrido a manos del Dawkins del siglo XVIII.

Una discusión más profunda de la responsabilidad que podemos tener por las acciones de nuestros parientes o ancestros tiene ramificaciones importantes para los cristianos. A final de cuentas, la manera en la que las diferentes escuelas filosóficas del cristianismo interpretan el pecado original tiene que ver con esa posible heredabilidad de las responsabilidades y las culpas. Según Agustín de Hipona (San Agustín), todos los seres humanos debemos responder por la caída en tentación de Adán y Eva y somos tan culpables de su desacato como ellos mismos. Varias de las sectas cristianas más conservadoras reconocen como cierta la interpretación de San Agustín. La Iglesia Católica ofrece una visión diferente en la que el pecado original es más bien un “estado” (un estado de pecado) y no tanto una acción que merezca castigo o genere responsabilidad a perpetuidad a todos los descendientes de Adán y Eva.

Por supuesto, para los seculares todo el debate cristiano acerca del pecado original es tan bizantino e irrelevante como la discusión bizantina primordial sobre el sexo de los ángeles. Lo interesante del caso de Henry Dawkins es el uso de supuestos argumentos genéticos del reportero para provocar a Dawkins y la utilización de argumentos religiosos de Dawkins para defenderse de Lusher. Usados fuera de contexto, los dos tipos de argumentos pueden convertirse en peligrosas falacias.

[Nota]
Henry Dawkins es tanto el bisabuelo del tatarabuelo de Richard Dawkins como el tatarabuelo de su bisabuelo, es decir, el ancestro de séptima generación del Dawkins actual. No parece haber en español una palabra para describir esa relación; rebisabuelo, transbisabuelo y tresabuelo son sinónimos de tatarabuelo (según María Moliner). El padre del tatarabuelo podría ser el transtatarabuelo, de manera que Henry podría ser descrito como el trans-trans-transtatarabuelo o trans-tatara-tatarabuelo de Richard.
Por cierto, contrariamente a lo que piensan algunos, un chozno no es el padre de un tatarabuelo, sino el hijo de un tataranieto.

Sirenas míticas, vivas y extintas

Sirenas y el arca de Noé. Biblia de Nurenberg 1483. Nótese el perro sirena.

Si en tierra firme los unicornios son los seres míticos por excelencia, en los mares ese papel sin duda pertenece a las sirenas. En las mitologías de todo el mundo aparecen criaturas parcialmente humanas que son capaces de vivir bajo el agua y que generalmente libran extraordinarias aventuras submarinas.

Curiosamente, las sirenas de la mitología griega, como las que asediaron a los hombres de Ulises en su viaje de retorno de Troya, se representaban más bien con forma humana pero con alas y su atributo principal era su irresistible canto. En inglés y otros idiomas se distingue entre este tipo de sirenas (sirens) y las más conocidas que son mitad mujer y mitad pez (mermaids). Existen historias de sirenas o seres similares en relatos asirios de casi tres mil años de antigüedad, en algunos cuentos de Las mil y una noches, en escritos chinos e indios, en leyendas medievales europeas y en las tradiciones de varias culturas de América y de África.

"Manatus latirostris" Johann Andreas Fleischmann

Cuando los viajeros europeos comenzaron a explorar los mares tropicales de África y de Asia, se toparon con animales reales que les recordaban en todos sentidos a las sirenas sobre las que habían escuchado en los relatos de la época. Se trataba de los dugongos de los océanos Índico y Pacífico y de los manatíes del Atlántico africano. Estos mamíferos marinos son clasificados en el orden Sirenia, un nombre que hace alusión a su semejanza con las sirenas de las leyendas. Los sirenios tienen un cuerpo rechoncho de varios cientos de kilogramos, carecen de extremidades posteriores y su cola está transformada en una poderosa aleta. Se trata de mamíferos que se alimentan exclusivamente de pastos marinos, por lo que están restringidos a las aguas someras cercanas a los continentes en donde pueden encontrar alimento. No es difícil imaginar la sorpresa con la que los marinos del siglo XV habrían observado a estos dóciles animales, tomándolos sin la menor duda como auténticas sirenas.

Después del descubrimiento de América, los viajeros europeos se toparon con una tercera especie de sirenio, el manatí del Caribe, que se distribuye en la costa atlántica de América, desde Brasil hasta el sur de los Estados Unidos. De hecho, Cristóbal Colón observó tres de estos animales en enero de 1493 cuando navegaba en las cercanías de la isla Española. El almirante genovés describió los animales como sirenas, aunque comentó que “no eran ni la mitad de bellas de lo que las pintan.” Los exploradores portugueses descubrieron posteriormente otra especie de manatí habitando las aguas del río Amazonas.

En 1741, la expedición de Vitus Bering a los mares del Ártico descubrió –para la ciencia europea– un tipo de sirenio muy especial. La vaca marina de Steller, llamada así en honor del naturalista que acompañó a Bering en sus viajes, era un gigante entre los sirenios pues llegaba a medir hasta nueve metros y pesar más de seis toneladas. La docilidad de este animal y la ferocidad con la que fue cazado por los viajeros europeos llevaron a la especie a la extinción menos de 27 años después de su descubrimiento para la ciencia.

 Aunque los sirenios como grupo tienen una distribución amplia en los mares tropicales, en un lugar particular nunca se puede encontrar más de una especie. Los manatíes se encuentran en las costas del Atlántico (dos especies en América, una en África), mientras que el dugongo es característico del océano Índico del Pacífico de Asia y Oceanía. La vaca marina de Steller, por su parte, se restringía a los mares fríos del Pacífico norte. Sin embargo, un estudio reciente ha recalcado el hecho de que en el registro fósil existe evidencia de que en el pasado los sirenios eran más diversos.

La diversidad de sirenios en el pasado. Ilustración de Carl Buell (http://carlbuell.com)

Jorge Vélez-Juarbe y sus colaboradores examinaron el registro fósil de los dugóngidos en los últimos 26 millones de años y analizaron tres casos en los que se puede documentar la co-existencia de especies bien diferenciadas de sirenios. En cada uno de los sitios,  uno del Oligoceno de Florida, uno del Mioceno en la India y otro del Plioceno de México habitaban al menos tres especies de dugongos de diferentes tamaños. El análisis morfológico sugiere que las especies se diferenciaban no sólo por el tamaño sino por la especialización en su alimentación. Estos datos corroboran cómo la baja diversidad de sirenios que vemos en la actualidad en realidad es una excepción en la historia evolutiva del grupo. Las sirenas reales, o mejor dicho los animales del orden Sirenia, fueron mucho más diversos en el pasado.

Referencias
Velez-Juarbe J , Domning DP , Pyenson ND. 2012. Iterative evolution of sympatric seacow (Dugongidae, Sirenia) assemblages during the past ∼26 million yearsPLoS ONE 7(2): e31294.
La página de Carl Buell en Facebook contiene bellas ilustraciones científicas, incluyendo la de los sirenios fósiles.

El pez mulier

“El pez mulier tenía la figura de una mujer de medio cuerpo arriba; y de pescado común, de medio cuerpo abajo”.[1]  Estas palabras, atribuidas por el jesuita Miguel del Barco en su Historia natural y crónica de la antigua California al misionero Victoriano Arnés, describen lo que el propio del Barco describe como “el pez más raro, que en esta misma costa se ha visto”.  La ilustración que acompaña al texto de del Barco llama a la risa tanto por el curioso nombre que se le aplica como por los evidentes errores anatómicos.

El dibujo está inspirado en la descripción que Arnés, misionero del siglo XVIII, hace de un cuerpo que fue hallado, “seco y aplastado, como un bacalao”, en la bahía de Santa María, en lo que ahora es el estado de Baja California.  La ilustración original, sin embargo, es del padre Ignacio Tirsch.[2] En el dibujo se exagera el carácter dual de la bestia: los enormes pechos con erectos pezones contrastan vivamente con la aleta dorsal, las escamas y la cola de pez.  La cara redondeada, los ojos enormes y la velada sonrisa del animal le dan un carácter aún más jocoso (¿se trata acaso de una Mona Lisa del mar?).

        La ilustración en realidad muestra una fuerte dosis de imaginación por parte del dibujante, dado que la descripción original del misionero es poco precisa y recalca, por ejemplo, que el propio misionero no recordaba si había visto los pezones de la misteriosa nereida.  Todos los supuestos avistamientos de sirenas han sido atribuidos a la imaginación desbordada de los marineros al observar manatíes (Trichechus) o dugongos (Dugong), mamíferos clasificados apropiadamente en el orden Sirenia. Existen en la ilustración de del Barco numerosas inconsistencias con la realidad de la anatomía de los sirenios.  Por ejemplo, estos animales carecen de escamas y de aleta dorsal, además de que su cola se mueve de arriba a abajo y no de lado a lado, como se podría inferir del dibujo.  Por supuesto, los sirenios no poseen pechos tan desarrollados ni un rostro tan curioso como el presentado por del Barco.

        Existe una inconsistencia mucho mayor.  La idea de que el pez mulier de del Barco haya sido un sirenio tiene poco sustento en lo que se sabe de la distribución de estos animales.  Las dos especies de manatí en el Nuevo Mundo se distribuyen exclusivamente en las aguas del Atlántico, y una tercera es propia del Africa occidental.  Los dugongos se distribuyen únicamente en el Viejo Mundo.  ¿Fue un sirenio el animal que inspiró la descripción del pez mulier?

        Existe una posibilidad remota.  El único sirenio que en tiempos históricos ha habitado las costas del Pacífico en América del Norte es la vaca marina de Steller (Hydrodamalis gigas).  Hasta donde se tiene conocimiento, esta especie habitó únicamente los helados mares del estrecho de Bering y fue llevada a la extinción a finales del siglo XVIII por la cacería desmedida.  ¿Será posible que la vaca marina de Steller haya habitado las costas de Baja California?  Otra posibilidad sería que el misterioso pez mulier haya sido una vaquita marina (Phocoena sinus) varada accidentalmente en la playa.  Sin embargo, la bahía de Santa María se encuentra en la costa del Pacífico de Baja California, mientras que la vaquita se conoce únicamente del mar de Cortés.

        Es posible que nunca conozcamos la identidad real del pez mulier.  El animal seguirá observándonos desde la ilustración del libro de del Barco, sonriéndose burlonamente de nuestra ignorancia sobre los misterios de la naturaleza.

[Esta nota apareció en 1997 en la revista Ciencias 45:54-56 como parte de un “díptico zoológico”. Se reproduce sin cambios mayores, excepto detalles de formato]

[1] Las citas a del Barco están tomadas de Trabulse, E.  1985.  Historia de la ciencia en MéxicoSiglo XVIII.  Conacyt/Fondo de Cultura Económica.  México.
[2] Se puede encontrar más información sobre las ilustraciones de Ignacio Tirsch en este ensayo de Miguel León Portilla.